Desde que el podcast “Serial” (2014) y series como “Making a Murderer” convirtieron a la crónica policial en entretenimiento de consumo masivo, el “true crime” dejó de ser un subgénero para volverse un formato dominante. Las plataformas descubrieron que un buen expediente rinde más que un guion original: ya está escrito, ya tiene protagonistas, ya lo conoce el público.
En la Argentina el fenómeno llegó hace rato, pero recién ahora alcanzó escala industrial. Netflix tiene “Carmel: ¿quién mató a María Marta?”, “El fotógrafo y el cartero: el crimen de Cabezas”, “Las mil muertes de Nora Dalmasso”, “50 segundos: el caso Fernando Báez Sosa” y “Yiya Murano: muerte a la hora del té”. Prime Video sumó “Nahir” y “El patrón, radiografía de un crimen”. Pablo Trapero había abierto la puerta en 2015 con “El clan”, sobre los Puccio; Luis Ortega la ensanchó en 2018 con “El Ángel”, sobre Robledo Puch.
De hecho, el viernes pasado desembarcó en Prime Video “Barreda”, de Daniela Goggi, sobre el cuádruple femicidio de La Plata de 1992, y este jueves llega a las salas “Pepita La Pistolera”. Dos crímenes argentinos, dos directoras, cinco días de diferencia. Y una coincidencia que no es casual: las dos películas corren el foco del monstruo o de la fiera para preguntar qué sociedad los fabricó.
MARGA, LA MUJER QUE DETESTABA SU APODO
La historia real es la siguiente. Margarita Graziana Di Tullio nació en el puerto marplatense en 1948. Su padre, Antonio, un inmigrante italiano que esperaba un varón, la vistió de nene, la mandó a boxear. A los siete robaba las limosnas de una gruta; a los diez ya sabía disparar. De adolescente asaltaba parejas que buscaban intimidad en los autos de la costa, y esas correrías la llevaron primero a las páginas policiales y después a la cárcel de Dolores. Cuando salió, fue copera, y con Guillermo “El Negro” Schelling levantó el cabaret Neisis Drinks, en el puerto.
Todo cambió el 20 de agosto de 1985. Tres hombres armados entraron al departamento donde dormía con Schelling a reclamar una deuda de trescientos dólares. Margarita sacó un revólver calibre 38 y disparó. Fue condenada, apeló y terminó con tres años en suspenso por exceso en la legítima defensa. En medio del revuelo, el periodista Heberto Calabrese, de La Capital, la confundió con otra delincuente y le colgó el mote de una canción mexicana de 1959: Pepita La Pistolera.
Después vino todo lo demás: la mesa de Mirtha Legrand, el detector de mentiras de Chiche Gelblung, los 77 días presa como chivo expiatorio en el caso Cabezas, y su rol como voz pública reclamando justicia por las trabajadoras sexuales asesinadas por el “Loco de la Ruta”. Murió en 2009, a los 61. La velaron a cajón abierto, con anteojos negros, música de Sandro, champán y un loro llamado Lorenzo cantando la marcha peronista. Sobre ella pesaron siempre denuncias por proxenetismo y explotación: en 2012, un allanamiento a Neisis derivó en una causa por trata. Ni víctima pura ni villana de manual: ahí está la incomodidad que la película tiene que administrar.
PUENZO FILMA, LOPILATO SE TRANSFORMA
Lucía Puenzo (”XXY”, “El niño pez”, “Wakolda”) vuelve al cine para llevar esa historia a la pantalla. Elige el invierno brutal de Mar del Plata en 1985 y una decisión narrativa clave: fusiona el tiroteo del 85 con la lucha contra el asesino de prostitutas, hechos separados en el tiempo, para darle potencia épica a su protagonista. Es ficción, y lo asume.
El resultado es una película de gángsters de puerto, con juez corrupto (excelente Marcelo Subiotto), proxeneta sin matices (Alberto Ajaka) y un capitán enamorado que le pone humanidad al asunto (Claudio Tolcachir). Diego Batlle, en Otros Cines, señaló que hay ecos de “Zodíaco” y de “Bonnie y Clyde”, y un montaje vertiginoso a lo “Casino” sobre “La Bestia Pop”; también que la épica feminista suena a veces algo forzada. La banda de sonido, además, guarda una perla local: “Lanzallamas”, de los platenses Míster América.
Y está Lopilato. Con dentadura postiza y prótesis de embarazada, entrega lo que muchos consideran la mejor actuación de su carrera, en un registro que no se parece a nada de lo que hizo antes. También produce: es su debut en ese rubro. La película trabaja bien con lo que no muestra y entre tanto producto algorítmico armado con cadáveres reales, esta rareza tiene la ambición suficiente como para pedir pantalla grande.
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