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Alejo Moguillansky ha sido durante su carrera como director, principalmente, un director de comedias, o al menos la comedia y el juego eran parte de su materia prima, incluso cuando lidiaba con la supervivencia de los artistas, la pérdida o la falta de rumbo (o quizás, justamente, porque lidiaba con esas cuestiones). “Pin de Fartie”, que llega a La Plata por primera vez esta noche (desde las 20.30 en el Pasaje Dardo Rocha) tiene comedia y juego, está empapada del absurdo beckettiano que inspira su nombre y su esencia (es una especie de reescritura, muy libre, de “Final de partida”), pero es, reconoce el mismo director en diálogo con EL DIA, una película triste, que mira a un pasado que se va, “y que mira a un futuro y no ve demasiado”.
Es que la nueva película del director de “El escarabajo de oro” y “Por el dinero” es una película de adioses. La trama se articula en distintas historias entrelazadas, relatos de duplas de personajes: dos actores (Laura Paredes y Marcos Ferrante) se reúnen semanalmente en un departamento frente a la Plaza del Congreso en Buenos Aires para ensayar “Final de partida”, lidiando en simultáneo con su propia y tentativa historia de amor; una eximia pianista ciega (Margarita Fernández) pasa sus últimos días condenada a tocar “Claro de Luna” de Beethoven, la única melodía que recuerda, mientras su hijo (interpretado por el propio Moguillansky) prepara su despedida; una chica (Cleo, la hija de Moguillansky) y un hombre ciego (Santiago Gobernori) discuten por nimiedades, un amo y un sirviente hartos el uno del otro. Una locutora y un músico (Luciana Acuña y Maxi Prietto) hacen las veces de coro griego. Estos relatos entrelazados reflejan un estado de final, de final de la vida, de la patria, del cine.
Beckett es apenas un punto de partida sobre el que se tejen una serie de variaciones. Aunque, en realidad, tampoco exactamente eso, dice Moguillansky: “Trabajar con Beckett no fue una cosa culturosa, “literatosa”: fue una sensación visceral”, cuenta. Y explica que estaba trabajando como profesor de cine en Lausana, Suiza, donde se filmó buena parte de la película, y lo habían alojado en un departamento frente al lago Leman. “Era invierno, y es un lugar muy pictórico. Y casi como a un pintor se le viene una imagen y necesita salir a pintar algo, me pasó un poco eso: estás en un lago, en ese lago, en ese invierno, con esa luz en particular… si sos cineasta y no filmás algo ahí sos un irresponsable”.
“Yo no soy una persona que escriba guiones por si acaso: más bien siempre empiezo por un lugar ajeno al guión”, cuenta. Y entonces, dado a filmar, “se me ocurrió ‘Final de partida’ porque es una obra que conozco de memoria, que me gusta mucho. Y que tenía algo de la sensación que yo tenía en ese momento: acababan de elegir el gobierno actual, y me sentía absolutamente extranjero tanto en mi país como en el lugar donde estaba viviendo. Como si fuera el hombre de ninguna parte del que hablaban Los Beatles”.
“Llegar a Suiza el día que el gobierno actual fue electo… fue rarísimo: un argentino llega al lago Leman, donde había muerto Godard hace muy poco, al pueblo donde está la tumba de Chaplin… Un cinéfilo como soy yo, llegando a ese lugar, ese día, con la edad que uno tiene, con los padres con la edad que uno tiene, con una hija saliendo de la infancia… Todo hablaba de algo que se estaba terminando, desde lo político, a nivel patria, hasta algo absolutamente personal”, sigue Moguillansky.
Y también, agrega, sentía esa misma sensación respecto al cine: “Mi generación nació mirando el cine clásico con la sensación de que se estaba muriendo: desde que tengo uso de la razón el cine se está muriendo. Nunca muere. Pero yo tengo mucha relación con el cine, y es insólitamente parecido a lo que pasa a nivel país”.
Se dio, entonces, “una sincronización de todos estos aspectos”, donde Beckett “se convirtió en una especie de gurú, con esa idea beckettiana de algo que se está terminando pero nunca termina de morirse, está condenado a no morirse. Esa sensación es, en su esencia, Final de partida y Pin de Fartie. Hoy la veo como una película que anticipó algo: mi padre murió hace tres meses, y la película se estrenó en el Malba una semana antes de que muriera. Había algo que la película estaba premeditando, se anticipó a una sensación que iba a llegar, a ese capítulo que estaba relacionado a algo que se terminaba: el cine siempre es capaz de anticiparse. Es algo que le pasa a Argentina, de alguna manera: tiene más relación con algo que se está terminando, y muy poca relación con algo que está naciendo. En ese sentido, es una película absolutamente contemporánea”
- La idea de final, de crisis, ha sobrevolado siempre tus películas, siempre el arte está en peligro, pero frente a ese pesimismo tus películas aparecen como espacios de resistencia, tienen esa idea inscrita.
- Siempre está en mi cine esa idea de resistencia, de seguir haciendo a pesar de, de que la única posible salvación es el hacer. La muerte no es la solución, como le dice Fritz Lang en “El desprecio” a Piccoli. Esta película sabe eso, pero también es una película que está levemente más triste que las otras, una película que dudó de esa frase de Lang. Es una película levemente triste, una película que mira a un pasado, y que mira a un futuro y no ve demasiado. Lo sé, lo reconozco, y me parece bien: es una forma de madurez, quizás también es una forma de volver a un estadío anterior, o llegar a uno nuevo.
“Beckett fue una especie de gurú, con esa idea beckettiana de algo que se está terminando pero nunca termina de morirse, está condenado a no morirse. Esa sensación es, en su esencia, Pin de Fartie”
Alejo Moguillansky, director de “Pin de Fartie”
- “Pin de Fartie” pasó por festivales y se estrenó en el Malba, y ahora llega a La Plata, pero tiene que ir buscando sus pantallas, en un momento donde muchas voces señalan al cine nacional independiente como aburrido. ¿Cómo es esa pelea por conseguir llegar al espectador en este momento?
- Bueno, es un momento raro. El cine argentino ya no es uno solo, hay un montón de cines argentinos, y hay un montón de Pampero Cines (el colectivo cineasta al que pertenece Moguillansky). Pero desde El Pampero siempre nos ha interesado exhibir las películas de un modo independiente, buscando siempre medios de exhibición alternativos: esta película confía en que existe algún tipo de puente entre una producción muy experimental, particular, personal, y una posible complicidad con un público, por más grande o chico que sea. Y de la misma forma que buscamos un tipo de producción independiente, a veces con mayor control, a veces con menor control. Esta no es la excepción: “Pin de Fartie” se hizo de un modo atípico, excéntrico. Después del tipo de producción que tuvo, haberla estrenado en Venecia, ahora en Nueva York, bueno, somos afortunados.
- Mencionabas el aspecto experimental de la películas: todas tus películas tienen juego, pero siento que “Pin de Fartie” es particularmente osada.
- Concuerdo en que el lenguaje tiene cierta osadía, cierta radicalidad, pero, honestamente, siento que es mi película más “madura”. No es una película que esté buscando algún tipo de ruptura, de transgresión. Es una película de una densidad poética menos pretenciosa. Al mismo tiempo, me parece que tiene una ambición de ser experimental, casi como el cine clásico puede ser pensada como experimental, como Buster Keaton o Lubitsch pueden ser pensados como experimentales, porque no hacían otra cosa que experimentar. A mi no me ocurre gente más experimental que esa, más allá del tamaño, de cierta industrialización de su cine. La película piensa en esa línea: ser experimental pero no en el sentido de ser una rara avis. O sí, ser una rara avis, pero para generar un puente amable con quien la mire.
- Decís que “Pin de Fartie” es una película “menos pretenciosa”. En alguna de tus películas has bromeado al respecto, como si fuera una preocupación tuya no serlo…
- Bueno, soy consciente de que en muchas de mis películas se hacen presentes ciertos gustos, ciertos horizontes afectivos, que van desde Beethoven a Stevenson o Beckett, presente en varias de mis películas. Pero al mismo tiempo me siento el director menos “cultureta” posible: me gusta ser levemente chabacano, irresponsable, incorrecto. Me gusta más el punk rock que el cine culto. Son intereses que coexisten, y de repente aparece cierta grieta, que tiene que ver con un gusto más convencional, más televisivo, no tan cinéfilo, lo puede ligar a una cosa medio snob. Y yo no siento que pertenezca a esa raza.
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