Hay una paradoja que todo cinéfilo conoce: las obras maestras —esas películas desafiantes, premiadas, inolvidables— suelen verse un par de veces en la vida. Nadie propone, un domingo a la noche, revisitar Tarkovski. En cambio, hay títulos que la crítica fulminó sin piedad, formulaicos, genéricos, y que, cada vez que aparecen en el zapping o en YouTube, nos retienen hasta los créditos. Son las “tan malas que son buenas”: efectos berretas, diálogos de cartón, sobreactuaciones heroicas que, por pura audacia, terminan jugando a favor. La pregunta es por qué. Y la ciencia, últimamente, se la tomó en serio. Más en serio, incluso, que los responsables de esas películas.
Un estudio publicado en el Journal of Consumer Psychology por investigadores de la Universidad de Colorado demostró, a través de doce experimentos, algo contraintuitivo: puestos a elegir, muchos consumidores prefieren la peor opción disponible antes que una mediocre. La explicación del profesor Amit Bhattacharjee es simple: lo peor tiene virtudes que lo mediocre no tiene. Es más gracioso, más absurdo, más ridículo. Además, mirar una película mala se siente casi gratis: no gastamos plata, solo tiempo, y con el tiempo somos mucho más indulgentes. A eso se suma una “fascinación por el fracaso” que atraviesa toda la cultura, y hasta un componente de estatus: declarar que algo es “tan malo que es bueno” exige cierta “expertise”, nos hace sentir críticos profesionales sin la obligación de haber visto todo Bergman.
La dimensión social es clave. El psicólogo Eric Wesselmann, de la Universidad Estatal de Illinois, sostiene que el verdadero atractivo está en compartir la experiencia: la hilaridad colectiva de tirarle comentarios filosos a la pantalla genera lazos, y la risa —está probado— nos une a quienes nos rodean. No es casual que “The Room” (2003), consagrada como “el Ciudadano Kane de las películas malas”, llene funciones de medianoche donde el público recita los diálogos con más entusiasmo que el elenco, ni que “Sharknado” haya hecho de la conciencia de su propia estupidez un modelo de negocios. Su colega británico Adam Galpin agrega el factor incredulidad: nos resulta cómico que alguien haya filmado eso, lo haya mirado y haya dicho “queda”. Y James Cutting, de Cornell, suma el placer de la predictibilidad: son películas tan formulaicas que anticipar cada giro se vuelve un juego, “un subidón de azúcar”.
El filósofo Matthew Strohl fue más lejos y les dedicó un libro entero, “Why It’s OK to Love Bad Movies”, donde distingue entre burlarse de una película mala y amarla, que es más o menos la diferencia entre el bullying y el matrimonio. Para Strohl, estas películas rompen las reglas del cine sin la solemnidad de la vanguardia, y esa transgresión involuntaria abre espacios de goce genuino, comunidades de fans y hasta una vida estética más plena.
En Argentina no necesitábamos que la academia lo confirmara: lo sabíamos desde los videoclubes. El ejemplo fundacional es “Los extraterrestres” (1983), el “E.T. criollo” de Enrique Carreras con Olmedo y Porcel, inmortal gracias a Monguito, un muñeco que apenas movía los ojos —obra de John Carl Buechler, futuro director de una “Martes 13”— y que igual se robó la película: hoy es ícono del culto local, número musical de Pimpinela incluido.
Lo peor tiene virtudes que lo mediocre no: es más absurdo, más ridículo
Y la saga mayor: “Los Extermineitors” (1989), la parodia de acción de Carlos Galettini con Emilio Disi y Guillermo Francella, furor de taquilla con tres secuelas, patadas voladoras de Héctor Echavarría y villanos como El Dragón. Puro cartón pintado y, sin embargo, un imán generacional. La lista sigue con “Rambito y Rambón”, “Los bañeros más locos del mundo” o “Las locuras del extraterrestre”, con Glut, el Alf cuartetero.
La película considerada la peor de la historia local, sin embargo, es “Un buen día”: nuestra “The Room”, dirigida por Nicolás del Boca, tuvo una recepción brutal. Y se convirtió, con el tiempo, en una especie de clásico de culto, entre el consumo irónico y el disfrute. El encanto que se desprendió de este romance entre un hombre de Villa Pueyrredón y una mujer de Longchamps —la distancia más heroica jamás filmada por el cine nacional— fue tan importante que, recientemente, el director Néstor Frenkel le dedicó un documental.
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