Pulp es un objeto de culto: una colección de inadaptados liderados por un andrógino larguirucho con anteojos de Elvis Costello, alcanzaron el éxito por accidente, casi dos décadas después de su fundación, y su regreso a los escenarios no generó la conmoción mundial de los Oasis. Pero sí un fervor particular, intenso y obsesivo, de un grupúsculo de segregados, los “misfits” que abren su disco cumbre, “Different Class”, para quienes Pulp fue la banda sonora de su marginalidad.
Quizás producto del lugar que ocuparon en la historia musical reciente, un poco al costado de los furores masivos del britpop, es que no tuvieron su “biografía oficial”, su documental o libro definitivo, institucional. Había dos documentales (“Vida, muerte y supermercados” y “The Beat Is The Law”, más sobre Sheffield que sobre Pulp), y también varios libros: Jarvis Cocker, el líder de los anteojos de marco grueso, escribió dos libros, y dos miembros actuales, Nick Banks y Mark Webber, también escribieron sobre sus experiencias en la banda, al igual que Russell Senior, figura clave que dejó la banda en 1997. Ahora hay un tercer documental: se acaba de estrenar en Mubi “Pulp: ¿Qué harías por una canción más?”, película de Garth Jennings. Tampoco es esta una biografía oficial, pero es algo bastante parecido: una obra autorizada, con voz en off de Cocker guiando el relato, y con un procedimiento narrativo que es puro Pulp.
Jennings filma uno de los recitales de la banda en su reciente gira, que los trajo hace un par de meses al país, pero intercala entre números musicales la historia de la banda; solo que esa historia se cuenta a partir de objetos perdidos, recortes de noticieros, recuerdos difusos. De la basura, la obra, como si esa pila de descartes fuera en realidad una isla de juguetes perdidos. Así construyó Jarvis las diversas alineaciones de Pulp: en tiempos donde el éxito parecía imposible, sumaba al proyecto a cualquiera que quisiera entrar. Nick Banks se unió tras una audición que no realizó: llegó con un perro que había encontrado en la calle y pasaron todo el tiempo intentando encontrar al dueño.
Así, también, construyó Pulp su particular sonido, reciclando estilos caídos en desgracia, estéticas televisivas, colores y sabores olvidados; y también, claro, sus letras, historias descartadas, las historias mínimas de la Inglaterra profunda. Jarvis canta siempre sobre su barrio, el hombre y la mujer comunes, sus vidas cotidianas. Casi siempre, además, están calientes: no hay demasiado para hacer más que bailar, beber y… bueno, ya saben, entrar en habitaciones de bellas personas con poca ropa y con intenciones bien definidas. O, al menos, fantasear hasta la obsesión con ello.
El desván de los juguetes rotos
Ese procedimiento que utiliza la película, ese rescatar y reciclar, es el que usó Cocker en su libro “Buen pop, mal pop”: abrió un desván y a partir de los distintos suvenires que había guardado para no volver a ver se puso a recordar historias de su vida, que es en gran medida la historia informal de Pulp, una serie de eventos, muchos fortuitos, que terminaron configurando una banda, sus fracasos múltiples, su éxito tardío. Todas las historias de las bandas son un poco así: más que destino o esfuerzo (que, bueno, también), una colección de eventos fortuitos que marcan una trayectoria caótica, al borde del sinsentido, ordenada luego para la historia oficial.
Ahora, en “Buen pop, mal pop”, uno de esos eventos tiene un lugar central, relevante, pero en la película es apenas una anécdota: la caída de Jarvis de un edificio. Intentando impresionar a una chica, decidió caminar por la cornisa para pasar de una ventana a otra. No se pudo. Hoy una placa conmemora la caída que rompió la cadera de Cocker y lo mandó al hospital un buen rato. Tuvo que dar conciertos en silla de ruedas, pero mientras convalecía redescubrió a Barry White, cambió su forma de cantar y decidió abandonar un estilo lírico más abstracto para cantar al hombre común.
Pulp, para muchos, empieza allí, en 1985. Con Jarvis rodeado de gente rota y descartada en el hospital, y entendiendo que esa era su gente, que su material eran los descartes, los juguetes rotos de otros. Eran años thatcheristas, y el norte inglés había sido profundamente golpeado por el proceso de desindustrialización. Jarvis habitaba por esos años una Sheffield deprimida, posapocalíptica: vivió en una fábrica abandonada varios años, mientras intentaba hacerse un camino en el arte sin demasiada esperanza. Era la generación que vivía el futuro del “no future” del punk de fines de los 70, y no quedaba demasiado por hacer más que bailar, tomar y lo demás. Es probable que ese hastío, y no la conquista del sexo opuesto, lo haya llevado, de hecho, a pasar de una ventana a otra colgado de un edificio.
No es la única caída significativa en la historia de Pulp, sin embargo: la otra es metafórica. Jarvis y su pandilla superaron los oscuros 80, y en los 90 estalló el britpop, una etiqueta marketinera que encapsulaba todo y nada a la vez, pero que sirvió para generar interés global en la música británica. Pulp subió algo involuntariamente a esa ola. No eran parte de la generación de los chicos que estaban apareciendo en aquella Inglaterra, pero terminaron en la cresta: en 1995, “Different Class” y su hit “Common People” le dieron a Jarvis la fama que anhelaba desde que dibujaba atuendos glam en sus cuadernos de la escuela secundaria (de aparición breve pero estelar en la película). Pero, se sabe, el éxito nunca es lo que se piensa: a Pulp no le gustó nada ese fervor de recitales, drogas y falsedad, Jarvis se apagó compositivamente, y tres años más tarde vomitó un febril álbum sobre el lado B de la fama, a la que compara con la industria pornográfica.
Era, dicen en el documental, un suicidio creativo. Un salto al vacío: todos esperaban estética pop, humor e ironía, himnos bailables; Jarvis les dio un disco denso, de tempo lento e historias sobre angustia, depresión y vejez.
El salto vital
Pero si en la primera caída había hastío, desesperanza, en la segunda aparece lo contrario: había una rebeldía, un deseo de romper y empezar de nuevo. “El futuro empieza ahora”, decía por entonces un Cocker desafiante. Desde entonces, Jarvis escribe en tiempo presente: “More”, el último disco de Pulp, es, al igual que el documental casi oficial, una reflexión sobre el paso del tiempo. Un disco menos cachondo, y con más achaques.
La paradoja es que así, escribiendo menos sobre las obsesiones pop de siempre y más sobre la conciencia de la finitud, Pulp mantiene su vitalidad: su reunión, que incluye a una tecladista con artritis, Candida Doyle, a un bajista fallecido, Steve Mackey, y a un frontman de 63 años que está a un salto mal calculado de un nuevo reemplazo de cadera, no es una de esas giras de despedida, el partido homenaje donde te regalan el penal. Es una reunión creativa, con un gran disco ya editado, otro por venir, y un documental que es testimonio de esa vitalidad. Cocker y Jennings no hurgan en el pasado por nostalgia, sino para, a partir de esos despojos, crear algo nuevo. Diga lo que diga el título de la película, esto no es solamente una ronda de bises. Parece algo más: un desafío musical al paso del tiempo.
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