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“Ramón Vázquez”: el cine como cicatriz: cómo un hombre que se desmayó en la calle se volvió película

En el marco del FICPBA, Gustavo Fontán estrena a nivel nacional su nueva película: este sábado, en el Cinema Paradiso
Marcelo Subiotto viaja hacia córdoba en busca de su padre en “Ramón Vázquez”
Gustavo Fontán, director

pgaray@eldia.com

Hace dos años, el cineasta Gustavo Fontán estrenó “La terminal”: una cámara opaca y soñadora captaba las luces y sombras de una pequeña estación de autobuses en el interior de Córdoba, y como melancólica banda sonora de esos paisajes de tránsito, los pasajeros que fugazmente pasaban por allí contaban sus historias de amor, trabajo, esperanza y cansancio. Relatos de viajantes, al margen del sistema o aferrados a su borde: su nueva película, “Ramón Vázquez” (se verá este sábado a las 21.30 en el Cinema Paradiso, en el marco del FICPBA), podría ser una especie de continuación espiritual de aquella, “uno podría pensar que Ramón Vázquez es uno de los personajes de esa terminal”, acepta el cineasta.

Aquella, sin embargo, estaba más cerca del registro documental, mientras que en “Ramón Vázquez” el dispositivo es la ficción: la película, escrita por Fontán y Gloria Peirano y protagonizada por Marcelo Subiotto y Luis Ziembrowski, es la historia de un hombre que viaja hacia Córdoba para ver a su padre, al que no ve hace 30 años. En el camino, hace changas para seguir viaje, conoce a otros que, como él, están en el borde, escucha sus historias, que son como aquellas de “La terminal”. Apenas come, se desmaya a menudo, y las visiones que presencia, los retazos memoria y la realidad se van entrelazando a medida que el viaje avanza.

Fontán suele trabajar con las fronteras porosas entre lo real y lo ficticio, entre ficción y documental, entre ensueño y escena, en su cine, pero en este caso, cuenta, tenía pensada una ficción “con mayor control de escena, un equipo grande para tener control de la puesta”. Pero cuando llegó el nuevo Gobierno “y rompió todos los sistemas de producción”, se reunieron con el equipo de producción “y decidimos hacer una película con un equipo muy pequeño, como si fuera un documental: permanecía el dispositivo ficcional, pero iba a entrar en contacto con elementos de la realidad. No teníamos plata, filmábamos una vez al mes y en el medio, con cuidado, buscábamos las locaciones: la parrilla del inicio es la parrilla real, el personaje que atiende es quien atiende la parrilla… Subiotto tenía ciertos pasos de lo que tenía que hacer en la escena, pero todo eso iba a ser llenado por lo que el mundo que estaba allí ofreciera. Y de hecho, aparecen varios personajes que no estaban escritos, que alimentan ese dispositivo ficcional. Entonces, es una ficción, muy alimentadas por lo que el mundo ofrece”.

El proceso, plasmado en el diario de rodaje de “Ramón Vázquez” (“Pastizales para la espera”, Cielo invertido), tuvo su origen hace varios años, relata Fontán: “Hace algunos años, estaba en la calle, a la tarde, no había mucha gente. Y vi a un hombre, a la distancia, debajo de un árbol, y ese hombre, de repente, cayó al suelo. Nos acercamos dos o tres personas, él se repuso al minuto, le preguntamos si necesitaba algo, dijo que no… Pero nos contó que iba hacia Córdoba a ver a su padre después de 30 años”.

“Esa escena me quedó mucho tiempo”, sigue. “Hay experiencias de la vida que tiene una doble condición, perduran en la memoria, dejan una especie de cicatriz, pero dejan esa cicatriz porque están llenas de interrogantes. Había algo en ese hombre que no parecía tener ninguna especulación en lo que contaba, no esperaba nada, pero había un grado de verdad casi santo. Y esto era muy potente, estuvo en mí mucho tiempo y a partir de ahí empecé a escribir la película”.

Fronteras porosas

Una imagen similar había sido el punto de partida de su película “Los ríos”, que comienza con un hombre golpeando la puerta de una casa y que luego no sabe responder por qué está allí, parado en el umbral. “Aprender a mirar fue estar en un estado de alerta frente al mundo. No lo hago voluntariamente, no me levanto y veo a ver qué encuentro: generalmente, cuando uno se puso a buscar no encuentra nada. Pero sí, atento a eso que de pronto aparece y deja una marca: una atención a eso. No es algo deliberado, sí una consciencia de esa necesidad, un grado de contacto con las cosas del mundo sensible, en la medida de lo posible”, dice Fontán. “No todo lo que aparece deja un interrogante que reclame escritura, pero algunas cosas dejan una marca, un interrogante que reclama escritura”.

Si el punto de partida fue aquella escena en la calle, la escritura de Fontán y Periano comenzó a contaminarse, “de manera inconsciente”, de otros elementos: la muerte de su propio padre, y una serie de sueños de Fontán, ingresaron en el relato del viajero Ramón Vázquez. Por ello, explica, decidieron filmar en blanco y negro: “Hay una zona de la narración que tiene que ver con construir la percepción de Ramón, sus desmayos, sus visiones. Es una zona frágil, donde la realidad y sus visiones tienen lugares de intersección… Y creíamos que el blanco y negro, y el uso de ciertos lentes, colaboraba para crear ese estado que buscaba romper el naturalismo, romper la transparencia naturalista del digital color”.

Hay experiencias de la vida que tiene una doble condición, perduran en la memoria, dejan una especie de cicatriz, pero dejan esa cicatriz porque están llenas de interrogantes”

Gustavo Fontán, director

Esas imágenes en blanco y negro, sumadas al carácter del solitario Ramón Vázquez, un hombre de pocas y justas palabras en medio de un viaje en busca de un padre, un destino, dan al relato un carácter casi fuera de tiempo, casi mitológico. “Alejarnos del naturalismo es entrar en una zona de cierta abstracción”, dice al respecto Fontán. “Y si una narración entra en una zona de abstracción, entra en un estado más simbólico, más mítico”.

- “Ramón Vázquez” tiene ese carácter mítico, o místico, pero también es una ficción al ras del piso, sigue a estos personajes en el borde del sistema. Y lo que se ve son personas que están muy solas.

- Hablamos mucho con Marcelo sobre el personaje. Y lo que Marcelo decía todo el tiempo es que Ramón tenía cierto estado de santidad, que propiciaba que otros caídos como él hablaran. Son todos seres rotos, de un modo u otro, seres solos, y la presencia de Ramón Vázquez propicia que esas personas se manifiesten. Lo ayudan como pueden, y su presencia ayuda a que hagan catarsis.

- Las condiciones materiales, la plata, encontrar la forma de sobrevivir, aparecen en el relato aunque sea de manera sutil, y también aparecen en otras obras tuyas. ¿No concebís hacer hoy una película, contar un relato, sin tener en cuenta esa cuestión material?

- Sí… Los personajes son seres rotos, este mundo ha dejado una cantidad de rotos en todo sentido, y estamos muy cerca de ellos: es una rotura económica, pero también en términos de la soledad de la que hablábamos, en términos de las aspiraciones y sentidos. Se han roto muchos de los horizontes simbólicos que teníamos. Entonces, deambulamos como podemos, con lo que tenemos, y vamos como Ramón, que va juntando una especie de collar de caídos. Todo eso habla de la actualidad no solo en términos económicos, sino en términos simbólicos.

- ¿Y cómo es hacer cine en ese contexto, no solo desde las dificultades económicas, sino también desde las simbólicas, anímicas?

- Fue maravilloso. Estábamos todos embarcados con un entusiasmo increíble, haciendo cine con nada, con nuestra energía, con nuestras convicciones… Pero esto fue en el primer año del gobierno de MIlei. ¿Podríamos hacer eso igual, hoy, en el tercer año? En ese momento teníamos la energía de la resistencia: no digo que la perdimos, pero estamos un poco más cansados. De todos modos, estamos vivos. No van a poder cegar tantos ojos acostumbrados a mirar, y desde ese lugar seguiremos haciendo cine.

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