Veinticuatro años después de que la película pusiera a las favelas de Río de Janeiro en el mapa del cine mundial, “Ciudad de Dios” sigue en pie de guerra. La segunda temporada de “La lucha no para”, la serie que en 2024 retomó la historia dos décadas más tarde, arranca este domingo por HBO Max tras la muerte del capo narco Curió, con una guerra por el control del territorio. Pero el gran cambio es otro: esta vez, la trama sale de la favela y se mete en los despachos.
“Hay un nuevo núcleo dramático en la historia: el universo político, donde empezamos a comprender cómo lo que ocurre en el microcosmos de la comunidad muchas veces es reflejo de lo que se trama en los despachos, de lo que también se construye en los pasillos del poder”, explicó el director Aly Muritiba. La serie sigue siendo una favela movie, “pero ahora, en la segunda temporada, tenemos un thriller político muy potente”. Detalle de peso: la sala de guionistas la codirige Paulo Lins, autor de la novela que dio origen a todo.
Ese frente lo abre Berenice (Roberta Rodrigues), recién electa concejala, que se enfrenta a la corrupción política y a las milicias. “Es una mujer que dice: ‘Ya que luchamos por cambiar la vida en la comunidad, luchemos ahora usando las armas de ellos. Luchemos en el terreno del adversario’”, la definió Muritiba. Rodrigues, que debutó con ese personaje en la película, sumó otra capa: “Ella es una mujer negra en ese espacio. Ya sabemos cuál es la realidad de las mujeres negras en ese espacio de la política”.
En ese tablero reaparece un viejo conocido: Reginaldo, el policía corrupto que en la película era apenas Cabeção. “Cuando lo leí, dije: ‘¡Dios mío! Se convirtió en el secretario de Seguridad Pública de Río de Janeiro’”, contó Kiko Marques, que ya lo había interpretado en el film. “¿Quién diría? Solo en la ficción”, ironizó, sin ahorrarle calificativos a su criatura: “Es la persona más odiosa, porque se alimenta del crimen, a pesar de estar fuera del crimen”.
En ese cruce se mueve también Jerusa (Andréia Horta), una abogada con un pasado oscuro que busca venganza contra quienes destruyeron a su familia. “Jerusa representa todo lo que creo que debemos combatir como sociedad: la violencia como forma de comunicación y de poder”, dijo Horta. Su personaje, explicó, “es el nexo entre la milicia, el Estado y el crimen organizado”, a diferencia de otro que vuelve: “Cenoura siempre actúa conforme a su propia ética, Jerusa no”.
Ese regreso es el gran golpe de la temporada. Matheus Nachtergaele vuelve a ser Sandro Cenoura (Zanahoria, en las versiones en castellano), el traficante que en la película le hacía frente a Zé Pequeno. Cumplió su condena e intentó alejarse de esa vida, pero la comunidad lo trae de vuelta para calmar a los jóvenes, “que están llenos de testosterona y violencia”. “Es él quien va a intentar, por así decirlo, domar esa violencia y enseñar algún tipo de ética criminal, si es que eso existe”, adelantó el actor.
Romantizar el delito
Consultado sobre el riesgo de romantizar el delito, Nachtergaele evocó a “ese pícaro simpático de las canciones de Chico Buarque, ese bribón lleno de principios”, pero marcó un límite: “No se le pinta como un héroe ni nunca se le pintó como héroe”. Tampoco como villano: “No es un galán bueno, es solo un hombre”. Su método viene del rodaje original, cuando los debutantes trabajaban sin guion y él rechazó el suyo: “Si ellos no tienen guion, mejor no tenerlo yo tampoco”.
Pero no todo es plomo, aunque Muritiba prometa “mucha más acción que la primera”. El contrapeso lo pone Leka (Luellem de Castro), la hija de Buscapé, una “activista cultural” que se vuelve emprendedora y que, a fuerza de funk y bailes, “rescata a personas del narcotráfico”. Buscapé (Alexandre Rodrigues), siempre detrás de la cámara, se involucra ahora con la radio comunitaria; Cinthia (Sabrina Rosa), coordinadora del centro cultural del barrio, es “una madre que lucha” por su hijo, y Amanda, la hija de Curió, encuentra su camino en el deporte.
No es invento de guionistas: Victor Andrade, que viene de Ciudad de Dios, recordó que el barrio es cuna de campeonas. La judoca Rafaela Silva, oro olímpico en Río 2016, y Gabrieli Pessanha, “considerada la reina del jiu-jitsu”, son sus vecinas. “Ya me dio buenas palizas”, contó sobre la segunda. Luellem de Castro, que se presentó como “una chica negra, de favela, de Duque de Caxias”, organizaba recitales de poesía con mujeres de su barrio desde los 14 años: “Leka es mi oportunidad de mostrarle al mundo lo que yo ya hacía en mi favela”.
Darles espesor a los pibes del tráfico fue, según Muritiba, el gran desafío: que no fueran “únicamente el brazo armado de la historia”. Muchos llegaron del Instituto Arteiros, el grupo de teatro de Ciudad de Dios, y fueron ellos los que pidieron un pasado y un sueño para sus personajes. Así, el funk que produce Leka lo escribió un soldado del narco, y otro, recién salido de un tiroteo, aparece remontando un barrilete y soñando con abrir un cibercafé. Victor, que se forma en Arteiros, ve el efecto en su comunidad: aunque interpreta a un narco, los chicos no le dicen que quieren ser criminales. “Dicen: ‘¡Yo también quiero actuar!’”.
La productora Andrea Barata Ribeiro, socia de O2 Filmes, recordó que en 1998, cuando empezaron a preparar la película, nadie daba un peso por ella: “Una película sobre narcotráfico en una favela, con actores desconocidos. Solo nuestro Matheus, que era el ‘infiltrado’. Estaba destinada al fracaso”. Terminó con cuatro nominaciones al Oscar y, según Nachtergaele, “inauguró el western nacional”. Hoy el entusiasmo es tal que Vanessa Miranda, vicepresidenta de contenido de ficción de HBO Max, arrancó su intervención presentando “esta tercera temporada”. Cuando se dio cuenta, lo convirtió en deseo: “¡Lo estoy manifestando, gente!”. Luellem de Castro ya había pedido “tres, cuatro, cinco, seis, siete”, con un argumento difícil de discutir: “Mientras exista nuestro país, Ciudad de Dios tendrá sentido”.
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