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Rehenes, hombres en deuda y furia: la salvaje historia real detrás de “La negociación”

Gus Van Sant vuelve a dirigir después de siete años con “La negociación”, la reconstrucción del secuestro que paralizó Indianápolis en 1977 y terminó transmitido por televisión
Una toma de rehenes real se vuelve cine en el regreso de Gus Van Sant a la pantalla grande

Por Redacción

El 8 de febrero de 1977, Tony Kiritsis entró al cuarto piso del edificio J.F. Wild, en el centro de Indianápolis, con una escopeta recortada y una percha de alambre escondidas dentro de unas cajas. Iba a buscar a M.L. Hall, el dueño de la financiera Meridian Mortgage, pero le dijeron que estaba de vacaciones en Florida. Esperó, entonces, al hijo. Cuando Richard “Dick” Hall apareció, Kiritsis lo saludó con una pregunta amable —si tenía un minuto— y entraron juntos a la oficina. Lo que se escuchó después, desde el pasillo, fue un cuerpo contra la pared.

Kiritsis le apoyó el caño en la nuca y le enroscó al cuello un alambre atado al gatillo: si Hall se movía de más, o si la policía intentaba reducir a su captor, el arma se disparaba sola. Eso se llama “dead man’s line”, la línea del hombre muerto, y le da el título original a la película que Van Sant estrena este jueves entre nosotros como “La negociación”. Hizo que su rehén llamara al 911 y después le sacó el tubo para hablar él: “Señor, esto es una emergencia grave. Acabo de tomar un prisionero”. Cuando salieron a la calle, con temperaturas bajo cero y Hall sin abrigo, le dijo la frase que resume todo: lo habían dejado a la intemperie, ahora le tocaba a él.

UN HOMBRE ENOJADO DESDE HACÍA 44 AÑOS

Kiritsis era hijo de inmigrantes griegos, creció en el oeste de la ciudad vendiendo helados del negocio familiar y hasta la primaria habló solamente griego. Manejó un parque de casas rodantes —los vecinos contaban que patrullaba con una escopeta para hacer respetar el límite de velocidad— y después vendió autos. En 1973 pidió a Meridian un préstamo de 110.000 dólares para comprar diecisiete acres y levantar un shopping. El negocio nunca arrancó, cayó en mora y se convenció de que la propia financiera le espantaba a los comerciantes. No estaba delirando del todo: durante el secuestro, el “Indianapolis Star” confirmó que un hermano de su rehén le había recomendado otras ubicaciones a dos cadenas de supermercados.

Durante las 63 horas que duró el encierro, Kiritsis aceptó hablar casi exclusivamente con Fred Heckman, la voz de la radio WIBC. “Fui a buscar venganza y, por Dios, la voy a tener”, le dijo. Se describió como “un hombre enojado desde hace 44 años” y, en la misma llamada, como la persona más estable que había conocido nunca. Heckman puso el audio al aire y pasó algo insólito: los oyentes empezaron a llamar para donarle plata al secuestrador. Era, según el propio periodista, el tipo chiquito al que la empresa grande estaba arruinando.

El desenlace fue en vivo. Al tercer día, Kiritsis sacó a Hall del edificio con el alambre todavía puesto y dio una conferencia de prensa de media hora, cargada de insultos, ante decenas de periodistas apretados en una sala. Entre ellos estaba Jeff Atteberry, fotógrafo de 25 años, que buscaba un ángulo despejado: “Cuando llegué y saqué una o dos fotos, me di cuenta de que estaba mirando el caño de la escopeta”. Kiritsis terminó pidiendo perdón —por su lenguaje y porque todo eso hubiera tenido que pasar—, liberó al rehén y disparó al techo para demostrar que el arma estaba cargada. Le habían prometido inmunidad; se la retiraron apenas soltó a Hall. Un jurado lo declaró inocente por demencia, un fallo que derivó en la llamada “ley Kiritsis”. Pasó once años internado, salió en 1988 y murió en 2005.

RABIA SETENTISTA, ECO DE HOY

Van Sant, que no dirigía desde “No te preocupes, no llegará lejos a pie” (2018), filma con una energía que hacía rato no mostraba. Trabaja sobre un guion veloz de Austin Kolodney y arma menos una cápsula del tiempo que un drama sobre la desigualdad: nunca sabemos del todo los detalles del negocio, pero la película está descaradamente del lado de Tony. La sostiene Bill Skarsgård en una de sus actuaciones menos disfrazadas —apenas un poliéster verde y un bigote setentoso—, puro nervio y temblor. Colman Domingo es el locutor de radio, Dacre Montgomery compone a un rehén que también termina siendo víctima de su familia y Al Pacino aparece como el padre banquero, guiño evidente a “Tarde de perros”: compite en desventaja con la obra maestra de Sidney Lumet, pero hereda su bronca contra la picadora de carne del capitalismo. Hay además una subtrama con Myha’la como cronista de TV que descubre que lo que va a salir al aire es el monstruo, no su reclamo.

El caso real ocurrió en 1977: un hombre tomó de rehén a otro, furioso porque estaba en la ruina

De ahí a Luigi Mangione y a la fascinación contemporánea con el vengador anónimo hay un solo paso, y la película lo sabe. Se toma licencias con los hechos —la historia real es más enredada y menos metafórica—, pero funciona igual. Tony pedía cinco millones de dólares y una disculpa. Queda clarísimo que lo segundo le importaba mucho más que lo primero, y ahí está la tragedia: lo difícil que puede ser arrancarle un “perdón” a quien tiene todo el poder.

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