El jueves, en el primero de sus tres shows en el Movistar Arena, Robbie Williams frenó la máquina para una confesión: acababa de ver entre el público a alguien con quien se había acostado la última vez que estuvo en Buenos Aires. “No es quien creen”, avisó. El estadio pensó en un solo nombre. Él señaló a un hombre barbudo, le agradeció haber sido “un amante muy tierno” y lo bautizó Diego. Remate de manual: veinte años después, Robbie sabe perfectamente qué fantasma sobrevuela cada vez que pisa la Argentina, y lo usa.
Ese fantasma se llama Amalia Granata. Y para que el chiste tuviera timing, horas antes ella había sido fotografiada entrando al Faena, en Puerto Madero. El mismo hotel donde se hospeda el británico.
Es un capítulo más de la historia de un romance donde nada está del todo claro. La escena que conocemos es la que contó ella, rosarina de entonces 23 años que acompañó a un productor de “Videomatch” al hotel del cantante en 2003; Robbie se acercó, y después mandó a preguntar si quería tomar algo, según Granata. Lo demás es historia de la tele argentina. Mito, leyenda, porque, además, mucha gente sospecha que aquello era puro cuento.
Esta semana, Granata le sumó capítulos: charla larga con un traductor de computadora, tele en el sillón, “cucharita”. Lo resumió como “romántico y fogoso, pero no salvaje ni guarango”. A la mañana se despidió con un “I go” y rechazó la invitación a quedarse para un show en Telefe y seguirlo en la gira: “Me tenía que ir a Rosario”.
Hubo, supuestamente, un segundo acto, en Beverly Hills, cuando ella viajó al casamiento de una amiga. Ahí el relato también muta. Hoy cuenta que lo encontró con la cara hinchada por una extracción de muelas; en 2021, en “LAM”, había dicho que no se quedó porque él estaba en rehabilitación y esperaba a la psiquiatra...
Del lobby a la banca
Lo cierto es que la historia de Granata comenzó con esa historia de este romance: a fines de 2004 lo contó en televisión y nació un personaje, “la novia argentina de Robbie Williams”. Lo que siguió fue un currículum de época: tele en Argentina y Chile, producciones de fotos, el escándalo con el Ogro Fabbiani, Gran Hermano Famosos, paneles. El propio Robbie lo resumió en Clarín con crueldad británica: muchas dijeron haberse acostado con él, pero ninguna supo construir una carrera como ella. “Es lindo haber sido útil”, remató.
“No me suelta. No sé por qué no me suelta. Soy inolvidable. No me esperaba que después de 25 años me volviera a recordar”
Amalia Granata
Ella nunca escondió el origen. En 2018, en pleno debate por el aborto y ya como cara del movimiento celeste, tuiteó que con “RW” había usado preservativo y que jamás ocultó su pasado. En 2019 llegó a la Legislatura santafesina. Y en LN+ trazó su propia épica: “Amalias hubo muchas y desaparecieron”; ella estudió periodismo y supo cuidar el lugar por el que se hizo conocida.
EL REGRESO
Pero Robbie volvió una noche al país, y está claro que ella no se iba a perder la chance. La historia oficial de ella, tras ser vista en la puerta del hotel, es que fue al cumpleaños de la abogada Mariana Gallego, esposa de Mauricio D’Alessandro. Pasó a dejar un regalo, se quedó a la torta y se encontró con que él estaba alojado ahí. “Me impresiona mi fama”, le dijo a Moria, citando a Moria. A Cadena 3 le lamentó no habérselo cruzado.
Cuando le mostraron el chiste del show, contestó con picardía: “No sé, no me suelta”. También se definió como “inolvidable” para él. ¿Repetiría? No: está casada con Leo Squarzon. Si hay reencuentro, dice, será “desde otro lugar”: quiere que Robbie, que contó haber recibido de adulto un diagnóstico de TDA, sea padrino de Somos Vida, la fundación de la diputada sobre TDA y dislexia. El problema es que perdió el contacto hace unos veinte años. Su marido ya tiró la solución: invitarlo a comer un asado.
¿Y Robbie? Ni una palabra sobre ella. Apenas un chiste que la evoca para desmentirla. Lo cual, pensándolo bien, es la forma más eficiente de nombrarla.
Uno podría preguntarse si una legisladora en funciones debería pasar la mañana describiendo una cucharita de 2003 en un magazine. Pero la pregunta llega tarde: Granata nunca fingió que su carrera empezó en otro lado, y esta semana volvió a demostrar que conoce el oficio mejor que muchos. Convirtió un rumor de pasillo de hotel en una convocatoria para su fundación. Él convirtió el mismo rumor en un remate para un estadio lleno. Dos profesionales del espectáculo, cada uno en su escenario, administrando la misma leyenda. La política, ya se sabe, hace rato que también es un show. Lo nuevo es que nadie se toma el trabajo de disimularlo.
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