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Sandra Mihanovich: “Yo hice lo que sentía, lo que me gustaba”

A cuarenta años de “Sandra en el paraíso”, la cantante llega este viernes a La Plata con un show que recorre aquel disco completo y los clásicos de una carrera que cumple medio siglo
Sandra Mihanovich viaja 40 años hacia el pasado este viernes en la Ciudad

Por Redacción

“No voy a explicar cuál es mi lugar, no voy a pedir, no voy a llorar porque soy mujer”. Los versos son de Celeste Carballo, pero en 1986 los cantó Sandra Mihanovich en “Poner el cuerpo”, una de las canciones de “Sandra en el paraíso”, el disco que ahora, cuarenta años después, vuelve a sonar entero este viernes en Casa Metro.

El disco apareció en una época en la que se grababa un álbum por año y la radio, desde Malvinas, había descubierto que el rock nacional y las voces locales podían llenar el aire que había dejado la cancelada música en inglés. “Puerto Pollensa” en el 82, “Hagamos el amor” en el 83, “Soy lo que soy” en el 84: una seguidilla impresionante, que vale la pena celebrar cuatro décadas después.

Pero, confiesa Mihanovich, la idea de festejar el aniversario no estaba en sus planes. “Los fans me preguntaban si iba a hacer los 40 años del ‘Paraíso’ y yo decía que no, que ya estaba”, cuenta, entre risas, en diálogo con EL DIA. Pero después de haber revisitado “Puerto Pollensa”, “Hagamos el amor”, “Soy lo que soy” y “Como la primera vez”, descubrió que volver a esos discos era también una manera de redescubrirlos y de recuperar canciones que había elegido y dejado de cantar, porque “de cada disco se rescatan un par”.

— Mencionabas los aniversarios de estos años: 2022, 2023, 2024. ¿Qué pasó en aquellos años con Sandra Mihanovich? ¿Un disco tras otro?

—Bueno, era una cuestión de época, grabar un disco por año, cosa que después se fue perdiendo. Yo tengo 24 discos grabados en 50 años. Cumplo 50 este año: empecé con la publicidad de Jockey en el 76. Yo creo que indudablemente los 80 fueron marcados fuertemente por Malvinas, y el rock nacional fue como una marca de identidad. En el 82 desapareció la música en inglés de todos los medios y aparecimos todos. Y esto continuó hasta fin de los 80, te diría. Yo grabé en el 82, 83, 84, 85, 86. Después salteé uno y grabé en el 88, en el 90, 91 y 92. Sucedía así. No sé bien cómo lo lograba, porque hoy lo pienso y un disco por año es mucho: encontrar todas las canciones, grabarlo, prepararlo, hacer los arreglos. Es una bocha.

—Varios de esos son discos y canciones que quedaron, que no hace falta refrescar demasiado antes de ir al recital.

—Hay muchas canciones que se integraron a la vida de cada uno, a la playlist que cada uno tiene. Dalia Gutmann me invitó al teatro cuando estaba haciendo “Cosa de minas” y me dijo: “Hay un momento en que me tiro en una especie de diván, como si estuviera en mi cuarto, soy adolescente y lloro. Por favor, vení a cantarme ‘Todo me recuerda a ti’”. “Todo me recuerda a ti” es ideal para clavarse los puñales y llorar cuando uno siente que es el más infeliz del mundo, que no puede haber más infelicidad que la que uno siente. Es un sentimiento muy adolescente y muy de todos.

—Y muchas de tus canciones no solo quedaron en la oreja de todo el mundo, sino que fueron muy significativas para las mujeres de la Argentina. ¿Te hacés cargo de ese rol de pionera?

—Evidentemente canté canciones que nos representaban, que hablaban de nosotras, de las chicas. Siempre estaba buscando canciones que hablaran de ser uno mismo, de la libertad de elegir. “Poner el cuerpo” es una de las tres canciones de Celeste (Carballo) en el disco, y me parece una canción espectacular, muy poderosa. Es una canción muy linda que habla de la mujer: “No voy a explicar cuál es mi lugar, no voy a pedir, no voy a llorar porque soy mujer”. Al año siguiente de la grabación del disco, en el 87, empezamos a cantar juntas, y “Poner el cuerpo” la cantábamos las dos: empezaba Celeste con la guitarra, sentada en el borde del escenario, y después entraba la banda y yo hacía la versión con banda. Era una canción que nos importaba, que nos parecía grosa. Me acuerdo también de que, más o menos por la misma época, me encontré con María Luisa Bemberg, alguien me preguntó si yo era feminista y yo dije que no. María Luisa me quiso asesinar. Ahora, pensándolo mucho más y pasados muchos años, a partir del Ni Una Menos, todas somos feministas, no hay lugar para la duda, desde todo este movimiento que abarca a la mujer, desde la preservación de la vida. Y me di cuenta: claro, yo era pendeja, no se me había ocurrido decir o sentir que era feminista, porque nací en un hogar empoderado por mi vieja, donde nunca sentí que algo podía no suceder porque yo era mujer, o que iba a tener algún impedimento por eso. A mí no me pasó, yo no lo sentí. Me encontré con el feminismo desde otro lugar, mucho tiempo después.

—¿Pero en tu carrera no encontraste obstáculos por ser mujer?

—Bueno, yo empecé a cantar hace 50 años, cantaba en los boliches, me alquilé mi departamento a los 20, en el año 77, y me gané la vida cantando. Pero recuerdo por ejemplo cuando Ricardo Kleiman, mi productor, fue a verlo a Mario Kaminsky para decirle que quería grabar un disco conmigo, le dijo: “Bueno, claro, si vos querés grabar… Pero vos sabés que las mujeres no venden”. Ese era el prejuicio. Y las mujeres vendimos. Pero fuera de ese comentario, que además quedó invalidado porque Kleinman efectivamente me produjo el disco, yo nunca sentí impedimentos ni limitaciones. Lo que pasa es que mucha gente me dice “fuiste re valiente, fuiste osada, hiciste esto”, y yo creo que hice lo que sentía, lo que me gustaba. Pude elegir las canciones, pude elegir cómo cantarlas, pude elegir cómo me quería poner en la tapa del disco. Lo pude armar libremente. Nunca canté una canción que no quisiera porque vino Kaminsky o Kleinman o X a decirme: “Mirá qué lindo tema, lo tenés que cantar”. De ninguna manera. Para bien o para mal, si eran buenas o no, si eran mejores o peores, me hago cargo de toda mi selección de 24 discos. Así que yo diría que lo viví todo con mucha naturalidad. Lo que sí tuve fue la habilidad de tomar las oportunidades, tuve oportunidades y las tomé. Escuché “Soy lo que soy” cantada por Gloria Gaynor en una discoteca gay y dije: “Yo quiero decir eso, quiero cantar eso”. Tomé la canción, pedí que me la tradujeran. Kleinman me dijo: “¿Pero vos creés? Vos no cantás canciones disco, no es tu género, no es tu estilo”. “Yo quiero cantar esto”. Así que me mandé y la canté. Fui haciendo lo que sentía, lo que me gustaba; tuve esas oportunidades y las fui tomando, y creo que lo sigo haciendo hasta el día de hoy, cosa que agradezco profundamente. Tengo necesidad de agradecer. Me parece, además, que agradecer te pone feliz: no es que uno agradece porque está feliz, sino que agradecer te pone feliz. Es como ver el vaso medio lleno en lugar del medio vacío, como mirar desde otro lado.

“Lo lindo de cantar es usar todo el registro de matices posibles: pegar un buen alarido y hacer un hilo de voz”

—Me contabas que para este show a alguna canción le bajaste medio tono, pero que en general no lo hacés. ¿Cómo se logra eso? Tanto tiempo cantando y casi no tenés que cambiar el tono de las canciones.

—Primero, supongo yo, porque tengo una herramienta colocada en el cuerpo que me vino de fábrica, que está muy buena y que funciona: una garganta que suena bien, unas cuerdas vocales que andan bien. Nunca fui una persona de demasiados excesos. En alguna época fumé, como todo el mundo fumó alguna vez, pero hace siglos que no fumo. Duermo bien, me alimento bien, he tomado clases, he estado con gente que me ha aconsejado, guiado. Evidentemente hay una buena materia prima, y el tiempo me ha enseñado muchas cosas. También ayuda lo técnico. Cuando empecé tenía un monitor en el piso, la batería que te taladraba el cerebro y pegaba unos alaridos para escucharme; mi vieja puteaba porque la banda me tapaba. Hoy usamos in-ears. Lo lindo de cantar es usar todo el registro de matices: pegar un buen alarido y hacer un hilo de voz. Ese movimiento expresivo es lo que se disfruta.

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