“Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma” es lo nuevo de Jane Schoenbrun, responsable de la inquietante “El brillo de la televisión”, y es otro artefacto indescifrable: la película llega este viernes a la plataforma Mubi después de abrir la sección Un Certain Regard de Cannes y llevarse la Queer Palm. Schoenbrun, cineasta trans, la presentó con modestia sospechosa: “Creo que es lo más comercial que puedo hacer, lo cual quizás no sea nada comercial”.
La historia sigue a Kris (Hannah Einbinder, la Ava de “Hacks”), una cineasta indie cuya ópera prima de culto es “Psicosis” contada desde el punto de vista de la cortina de la ducha. Con ese currículum, obviamente, un estudio la contrata para resucitar Camp Miasma, una saga slasher agotada tras años de secuelas berretas y fans en retirada. Primera misión: convencer a Billy Presley (Gillian Anderson), la “final girl” original, que vive en el campamento donde se filmó el clásico y jura que el asesino (llamado, con gran tino, “Pequeña Muerte”), sigue esperando en el fondo del lago. “Hay un agujero en el fondo del lago de donde vienen las películas”, advierte Billy. Kris, razonablemente, responde: “¿Qué?”.
A partir de ahí la cosa se pone rara, sangrienta y bastante hot. Anderson compone a Billy con un espeso acento sureño que eligió por “la mezcla de fuerza y vulnerabilidad” que transmite. Einbinder describe a Kris como alguien “más cerebral, más neurótica y menos segura de sí misma”. Juntas arman un romance lésbico entre el terror, la sátira sobre Hollywood y la exploración psicológica, con Billy dando cátedra sobre el género: “Todo se trata de carne… y fluidos”.
El nombre del villano no es casual: “Pequeña Muerte” es la vieja forma de llamar al orgasmo, y la película se toma muy en serio ese cruce. Detrás del chiste hay una relectura de cómo el slasher clásico codificó lo trans como algo maligno, y algo más íntimo: Schoenbrun la definió como “esencialmente una película sobre aprender a disfrutar del sexo después de la transición”.
¿El tono? Lo prometió al anunciarla: un clásico de los viejos pijama party (¿existen todavía?), “una odisea de medianoche demencial pero acogedora”, capaz de desatar “un diluvio de sangre, tripas y otros fluidos diversos”. Avisados quedan: mejor no verla cenando.
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