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Siguen las remakes de Disney: Moana vuelve a navegar, pero el mar está picado

Llega a los cines la versión de acción real del clásico animado de 2016, en medio de dudas sobre la taquilla y de una estrategia de remakes que ya no garantiza nada
La adaptación de acción real de “Moana” tiene a La Roca repitiendo su papel animado. Llega hoy a las salas

Por Redacción

Diez años después de que una adolescente polinesia se lanzara más allá del arrecife y se convirtiera en una de las últimas princesas verdaderamente queribles de Disney, “Moana” vuelve a los cines. Pero esta vez sin dibujos: la versión en acción real del clásico animado de 2016 se estrena este miércoles en las salas argentinas, con Dwayne Johnson retomando el papel del semidiós Maui —al que ya había puesto la voz en la original— y una debutante absoluta, la joven australiana de ascendencia samoana Catherine Laga’aia, en el rol protagónico.

La historia es la que todos conocen: en la isla de Motunui, la hija del jefe Tui siente el llamado del océano y, desobedeciendo el mandato paterno de no cruzar el arrecife, se embarca en una travesía para encontrar a Maui y devolver la prosperidad a su pueblo. La dirección quedó en manos de Thomas Kail, el responsable del fenómeno teatral “Hamilton”, y Lin-Manuel Miranda volvió a hacerse cargo de la música, con los clásicos de la original y alguna canción nueva. El elenco se completa con Rena Owen como la abuela Tala, John Tui, Frankie Adams y el regreso de Jemaine Clement como Tamatoa, el cangrejo gigante y fanfarrón. Un dato curioso: Auli’i Cravalho, la voz original de Moana, declinó volver a interpretarla para que otra actriz de origen isleño tuviera su oportunidad, aunque figura como productora ejecutiva.

La apuesta es fuerte: la producción rondó los 200 millones de dólares, se filmó en Hawái con una aldea de Motunui construida de verdad, y Johnson soportó unos 18 kilos diarios de prótesis y maquillaje para encarnar a Maui en carne y hueso. Pero el contexto no acompaña: las preventas de entradas vienen flojas, las proyecciones de taquilla están inusualmente divididas —algunos analistas anticipan una apertura de 85 millones de dólares en Estados Unidos, otros dudan de que llegue a los 60— y el calendario está saturado, con “Toy Story 5” todavía dominando las salas. A eso se suma la racha fría de Johnson, que viene de los tropiezos comerciales de “Black Adam”, “Red One” y “The Smashing Machine”.

Una estrategia que ya no es infalible

Detrás del estreno hay una pregunta más grande: ¿cómo le está yendo a Disney con su estrategia de adaptar sus clásicos animados a la acción real? La respuesta corta es: cada vez peor, o al menos de manera cada vez más impredecible.

El plan nació como un proyecto a prueba de balas. Reversionar los clásicos con actores de carne y hueso permitía explotar la nostalgia de los padres, capturar a los chicos y alimentar la maquinaria de merchandising y parques temáticos. Y durante un tiempo funcionó de maravilla: “Cenicienta” (2015) y “La Bella y la Bestia” (2017) fueron éxitos rotundos —la segunda abrió con 357 millones de dólares en su primer fin de semana—, y “Aladdin” y “El Rey León” superaron los mil millones globales.

Pero la fórmula empezó a agrietarse. El caso testigo fue “Blancanieves” (2025), una tormenta perfecta: nueve años de desarrollo accidentado, polémicas cruzadas por el casting de Rachel Zegler que enfurecieron a la derecha estadounidense y declaraciones de la actriz que incendiaron a los fans de la original, más el conflicto por los siete enanitos digitales que Peter Dinklage había calificado de retrógrado. El resultado: apenas 43 millones de dólares en su primer fin de semana y unos 150 millones globales, contra un costo de producción de 270 millones que, sumada la promoción, habría trepado a cerca de 500. Un fracaso tan estrepitoso que Disney pausó la adaptación de “Enredados”, que ya tenía director y guionista confirmados.

Sin embargo, cuando el certificado de defunción de los remakes parecía firmado, “Lilo & Stitch” superó los mil millones de dólares en 2025 y demostró que la estrategia no está muerta: depende de la película. Los expertos hablan de fatiga del público, de adaptaciones “sin alma” que recauchutan historias demasiado recientes —la Moana animada tiene apenas una década, y su secuela es de 2024— y de una compañía que, en tiempos de crisis creativa, prefiere aferrarse a lo conocido antes que arriesgar con ideas nuevas.

“Moana”, entonces, llega a las salas como algo más que un estreno familiar de vacaciones de invierno: es un test. Si funciona, Disney tendrá argumentos para seguir saqueando su propio archivo. Si fracasa, la pregunta que sobrevuela hace años se volverá ineludible: ¿cuándo vuelven las historias originales?

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