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“Silo”: la mentira que nos mantiene vivos

La serie de Apple TV, basada en la saga de Hugh Howey, retoma una obsesión clásica de la ciencia ficción: un poder que oculta la verdad “por nuestro bien”. ¿Villanos o salvadores? Una pregunta que, fuera de la pantalla, es cada vez más difícil de contestar

Rebecca Ferguson vuelve a demostrar por qué es una de las actrices más magnéticas de la ciencia ficción actual

Por Redacción

Diez mil personas viven en un pozo de más de un kilómetro y medio de profundidad. Ciento cuarenta y cuatro pisos unidos por una única escalera en espiral: no hay ascensores, todo se carga a la espalda. Nadie sabe quién construyó el Silo ni por qué. Sólo saben que afuera el aire mata, y lo saben porque lo ven: una pantalla gigante en la cafetería muestra un paisaje gris, en ruinas, salpicado por los cuerpos de quienes se animaron a salir.

Ese es el punto de partida de “Silo”, la serie creada por Graham Yost que se estrenó en 2023, cerró en septiembre su tercera temporada y ya tiene confirmada la cuarta y última. Está basada en la trilogía del estadounidense Hugh Howey (Wool, Shift y Dust), que nació como un cuento autopublicado en internet y terminó en best seller. La protagonista es Juliette Nichols (Rebecca Ferguson), una mecánica de las profundidades que empieza a tirar del hilo tras la muerte de su pareja.

La ley es simple: quien dice en voz alta que quiere salir, sale. Se le pone un traje, se lo manda a “limpiar” los sensores que alimentan la pantalla y muere a la vista de todos. Lo perturbador llega en el primer episodio: dentro del casco, el visor le muestra al condenado un paraíso verde, con cielo azul y pájaros. Una ilusión fabricada para que crea que el gris de la pantalla era el engaño y limpie con entusiasmo antes de caer. La mentira tiene dos capas: a los de adentro se les dice que afuera está el infierno; al que sale, que está el paraíso.

QUIEN CONTROLA EL PASADO

El Silo tiene un Pacto, una suerte de constitución que nadie discute, y un pasado borrado. Hace unos 140 años hubo una Rebelión que casi lo destruye todo y de la que no quedan registros. Los objetos de antes, las “reliquias”, están prohibidos: guardar un libro o un disco rígido con información vieja puede costar la vida. Es el Ministerio de la Verdad de Orwell, con menos burocracia y más óxido. El poder real no está en la alcaldía sino en el departamento de Tecnología, donde Bernard Holland (Tim Robbins, impecable en su mansedumbre amenazante) administra los secretos, y en el Judicial, la policía secreta que espía, interroga y hace desaparecer, encarnada en el Robert Sims de Common. Y como en 1984, el mejor policía es el vecino: en el Silo todos se vigilan entre todos.

El orden también es vertical. Arriba, la administración y la pantalla; abajo, en las profundidades, Mecánica: los que mantienen vivo el generador, suben poco y son mirados con recelo. La escalera es un mapa de clases: cuanto más cerca de la superficie, más cerca de la verdad y del poder. No es casual que la amenaza, para los de arriba, siempre venga de abajo.

Pero hay una lectura al revés, muy extendida entre espectadores y críticos: los jerarcas tienen razón. Si afuera es letal, una revuelta masiva sería un suicidio colectivo. El Silo es un sistema cerrado, con oxígeno, agua, comida y repuestos contados; el pánico rompería la cadena que mantiene vivas a diez mil personas. Y ya pasó: la Rebelión casi termina con todo, y Bernard gobierna con ese trauma. Es utilitarismo puro: las libertades, la verdad histórica y algunos disidentes enviados a limpiar serían el precio de que la especie no desaparezca. Bernard no se ve como un villano sino como el que hace el trabajo sucio que nadie quiere hacer. Es la lógica de “La aldea”, de Shyamalan: los mayores que inventan monstruos en el bosque para proteger a la comunidad.

El argumento tiene una grieta: depende de que el exterior sea lo que dicen y de que nadie lo haya provocado. Quien leyó a Howey sabe que la saga complica esa premisa, y la tercera temporada, con su línea temporal en los “tiempos de antes”, donde la periodista Helen Drew y el congresista Daniel Keene destapan una conspiración, empezó a mostrar esas cartas. Ocultar la verdad para salvarnos de una catástrofe no es lo mismo que ocultar quién la causó.

UNA FAMILIA DE BÚNKERES

“Silo” no está sola en la pantalla pensando estas cuestiones. En “Snowpiercer”, la película de Bong Joon-ho y la serie posterior, la humanidad sobrevive en un tren donde cada vagón es una clase social, y la revelación final es que hasta la revuelta de los de la cola estaba prevista desde la locomotora para regular la población. En “Fallout”, los refugios de Vault-Tec resultan experimentos sociales de una corporación que vendió el fin del mundo. La matriz es “1984”, pero la idea es más vieja: la caverna de Platón, con sus sombras proyectadas en la pared. La pantalla de la cafetería del Silo es exactamente eso.

¿Por qué estas historias funcionan tanto hoy? Porque conectan con una sospecha extendida: que hay un “estado profundo”, decisiones que se toman en lugares a los que no tenemos acceso, una pantalla que nos muestra lo que conviene. La sensación de que nos ocultan cosas y de que, como se dice en la calle, nos están embromando. Una sospecha alimentada por hechos reales (Edward Snowden demostró que la vigilancia masiva no era paranoia) y también por un mercado de conspiraciones que lucra con esa desconfianza.

Ahora, “Silo” ofrece algo que la realidad no: una compuerta. Del otro lado hay una sola verdad, que se puede ver con los propios ojos si uno se anima a salir. De este lado no hay compuerta ni visor confiable: cada uno elige qué pantalla mirar. Y quizás esa sea la pregunta más incómoda de la serie: no si los Bernard del mundo mienten, sino cuántos de nosotros todavía queremos saber.

PARA AGENDAR
Qué: “Silo”, serie de ciencia ficción. Tres temporadas completas
Cuándo: Ya disponible
Dónde: Apple TV+
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