Este jueves llega a los cines “Spider-Man: Un nuevo día”, la cuarta película de Tom Holland como el trepamuros y la novena que Hollywood produce sobre el personaje desde 2002. El dato, en tiempos de fatiga superheroica -taquillas en baja, universos cinematográficos que se desinflan, públicos saturados de multiversos-, debería ser una mala noticia más. Y sin embargo el tráiler batió récords históricos de reproducciones y las entradas IMAX volaron en una hora. La pregunta es inevitable: ¿por qué, cuando los superhéroes aburren, Spider-Man sigue importando?
La respuesta hay que buscarla lejos de los cielos por los que se columpia. Hay que buscarla al ras del suelo: en el alquiler atrasado, en la changa mal paga, en el cansancio. Spider-Man es el único héroe de primera línea que pertenece a la clase trabajadora, y esa anomalía -sostenida durante 64 años- es su superpoder verdadero.
Repasemos el panteón: Batman y Iron Man son multimillonarios; Superman es un dios extraterrestre; Thor es literalmente un dios, y encima monarca; el Capitán América es un supersoldado fabricado por el Estado; Wonder Woman, una princesa amazona. El superhéroe clásico es, en su matriz, un aristócrata que baja a salvar al pueblo. Marc DiPaolo, editor de “Working-Class Comic Book Heroes” (2018) -el primer estudio dedicado a la clase social en el cómic-, señala que Peter Parker es la figura que atraviesa como piedra de toque todos los ensayos del libro: el superhéroe eternamente corto de plata, el que difumina la frontera entre su identidad civil precaria y su identidad enmascarada, porque ni con máscara deja de necesitar el sueldo.
Los otros héroes prometen que alguien superior vendrá a salvarnos; Spider-Man promete algo mejor: que cualquiera puede estar atrás de la máscara
Cuando Stan Lee y Steve Ditko lo crearon en 1962, su propio editor, Martin Goodman, se opuso con argumentos reveladores: la gente odia a las arañas, los adolescentes solo sirven de “sidekicks”, un héroe no debería tener tantos problemas. Lo que Goodman leía como defectos comerciales era, exactamente, la clase popular entrando al género. Grant Morrison lo resume en “Supergods”: Peter era “el héroe que podrías ser vos”. Un pibe de Queens que cose su propio traje en la piecita de la casa de su tía, que se enferma, que junta monedas. ¿Quién no ha sufrido traspiés amorosos, quién no ha postergado vivir por tener que trabajar, quién no se siente representado por los golpes que la vida tiene reservados para Peter Parker, el saco de arena preferido de Marvel?
HIJOS DE LA DEPRESIÓN
Esa perspectiva no cayó del cielo. Stan Lee era Stanley Lieber, hijo de inmigrantes judíos rumanos; su padre, cortador de telas, pasó la Depresión mayormente desocupado. Ditko venía de Johnstown, Pensilvania, hijo de un obrero de las acerías. Y Jack Kirby, el arquitecto visual de Marvel, cargó toda su vida con la angustia económica del Lower East Side: cuando en 1982 llegó a reclamar -falsamente- la creación de Spider-Man, se justificó ante su viejo socio Joe Simon con una frase desgarradora: no tenía trabajo, tenía una familia que mantener y un alquiler que pagar. Los creadores del héroe precarizado eran, ellos mismos, trabajadores precarizados de una industria que les pagaba por página y se quedaba con todo. El cómic, además, era el medio popular por excelencia: diez centavos en el kiosco, tinta barata, lectores obreros. Que de ahí saliera el héroe de los que laburan no es casualidad: es coherencia. Spider-Man era la representación del lector medio de comics.
Además, la historia de Spider-Man puede leerse también como una historia económica de Estados Unidos. En los 60, mientras los campus hervían, una encuesta de 1965 entre estudiantes radicales de California ubicó a Spider-Man y a Hulk junto a Bob Dylan y Fidel Castro entre sus íconos antisistema favoritos: el estudiante pobre acosado por las cuentas era uno de ellos.
En los 70 de la estanflación y las huelgas salvajes, sus páginas incorporaron la droga, la crisis urbana, la furia social. DiPaolo demuestra en “War, Politics and Superheroes” (2011) que la trilogía de Sam Raimi (2002-2007), filmada entre Enron y la era Bush, es un tratado sobre la movilidad social bloqueada: un genio científico que reparte pizzas porque el ascensor social está roto, y cuya tentación permanente es venderse a la corporación -al padre rico, a Norman Osborn- para salir de pobre.
Spider-Man es el único héroe de primera línea que pertenece a la clase trabajadora, y esa anomalía es su superpoder verdadero
Y en 2011, tras la crisis financiera, Brian Michael Bendis creó a Miles Morales con una lógica impecable: si en 1962 el pibe común de Queens era blanco, en el siglo XXI el heredero natural de ese ideal de héroe urbano de clase trabajadora era un adolescente afrolatino, hijo de inmigrantes. Cambió la cara; la clase quedó.
EL HÉROE DEL BURN-OUT
Hay algo más, y es lo que lo vuelve dolorosamente contemporáneo. Douglas Wolk, que leyó los 27.000 cómics de Marvel para su monumental “All of the Marvels” (2021), identifica el motor narrativo del personaje: la tensión constante entre lo que Peter quiere hacer y lo que se obliga a hacer. Su historia es un ciclo de reconciliaciones momentáneas seguidas de derrumbes catastróficos que lo devuelven al llano, a aprender a gatear de nuevo. Es, en términos actuales, la estructura misma del burn-out: un tipo que entrega todo -el estudio, los amores, el descanso, incluso el deseo- para honrar una responsabilidad que no eligió. “Con un gran poder...” es también la maldición del trabajador multiempleo: el poder como demanda infinita, la responsabilidad como jornada que nunca termina.
“Un nuevo día”, la nueva película del superhéroe arácnido, lleva esa lógica al extremo: un Peter borrado de la memoria del mundo, sin crédito ni reconocimiento, dedicando su existencia entera a un trabajo invisible de cuidado -el crimen callejero, el vecindario- mientras los Vengadores se ocupan de los apocalipsis. El propio Holland la definió como una película sobre el precio de la entrega personal. Trabajar hasta desaparecer: no hay metáfora más propia de este 2026.
Por eso, Spider-Man sobrevive al agotamiento del género. Los otros héroes prometen que alguien superior vendrá a salvarnos; Spider-Man promete algo mejor: que cualquiera puede estar atrás de la máscara. Un pibe que debe el alquiler, que falta al trabajo, que decepciona a los que ama y aun así, cada mañana, se levanta y vuelve a colgarse de un hilo para dar una mano. El amigable Spider-Man del vecindario: el único que, viviendo suspendido de los cielos, nunca dejó de ser uno de los de abajo.
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