El miércoles pasado, Novig —una plataforma estadounidense de apuestas y pronósticos deportivos de la que Sydney Sweeney es accionista— soltó su bomba: menos de un minuto de comercial en el que la actriz aparece desnuda, o casi, tapándose con guantes de boxeo, pelotas de fútbol americano, una raqueta, un palo de golf. “Solo deportes”, dice el aviso. Nada de política y esas cosas. La pieza juntó decenas de millones de reproducciones en Instagram en cuatro días. También juntó otra cosa: una andanada de deportistas de elite que salieron a atacarla.
La australiana Ariarne Titmus, cuatro veces campeona olímpica de natación, escribió que no podía describir la furia que le daba mirar eso, y habló de un mundo donde monetizar el cuerpo de las mujeres sigue siendo moneda corriente. La triatleta francesa Mathilde Tily fue más corta y más filosa: “repugnante”. La nadadora Brianna Throssell se filmó en el andarivel y tiró la frase que se volvió meme: así se ven las mujeres en el deporte, Sydney Sweeney. La velocista británica Amy Hunt la repitió en zona mixta después de correr los 200 metros. La gimnasta Gracie Kramer subió sus propios videos y se llevó casi un millón de likes. Se sumaron la campeona olímpica Gabby Thomas, la surfista Felicity Palmateer, la boxeadora Skye Nicolson. El reclamo era coral: queremos que nos midan por lo que hacemos, no por cómo nos vemos.
¿Y Sweeney? Ni disculpas ni comunicado. Subió a sus redes una selección de fotos del histórico “Body Issue” de ESPN, aquella edición anual donde posaron desnudos o semidesnudos Serena Williams, Ronda Rousey, Megan Rapinoe y Sue Bird. Traducción libre: “esto ya lo hicieron ellas, y nadie se rasgó las vestiduras”. Sin una sola palabra, le devolvió la pelota al campo contrario.
De genes y jeans
Nada de esto es nuevo. Hace poco más de un año, la campaña de American Eagle jugaba con el homófono inglés entre *jeans* y *genes* para celebrar los de la rubia de ojos celestes, y media internet leyó ahí un guiño eugenésico. Donald Trump salió a bancarla, se supo que estaba afiliada al Partido Republicano, la acción de la marca voló un 24% y las imágenes de la actriz disparando un arma con puntería envidiable circularon como estampita del conservadurismo feliz. Antes hubo una gorra MAGA en el cumpleaños de su mamá (ella juró que era de unos amigos de Los Ángeles), un sketch en “Saturday Night Live” haciendo de moza de Hooters y, en el capítulo más delirante, un jabón artesanal fabricado —supuestamente— con el agua de su bañera, que se agotó en minutos y se revendió a precios de obra de arte.
Un currículum así no se construye por accidente. Sweeney podría vivir de contratos de perfume y alfombra roja; eligió, una y otra vez, la publicidad que enciende la mecha. Y la ironía perfecta la firmó el año pasado: subió 14 kilos y entrenó tres veces por día para meterse en el cuerpo de Christy Martin, la pionera del boxeo femenino que peleó adentro y afuera del ring contra un marido golpeador. Esa película, que le valió elogios y quedó a mano de una nominación al Oscar, pasó casi sin público. El desnudo con guantes de box, en cambio, lo vio todo el mundo. Alguna lección sacó.
La pregunta incómoda
Como en agosto de 2025, el escándalo derivó en la gran discusión de época: ¿se terminó la era woke? Los que tienen ganas de enterrarla venían anotándola hace rato —un diario canadiense llegó a preguntarse, en serio, si el cuerpo de Sweeney era la prueba de esa defunción— y ahora cantan victoria: las marcas volvieron al sexo puro y duro sin pedir permiso, y les va bárbaro.
El detalle que les arruina el relato es de quién vino el enojo esta vez. No de un cronista progresista ni de un hilo de X: de campeonas olímpicas que se pasaron la vida peleando por los mismos premios y la misma cámara que sus colegas varones, y que vieron cómo un aviso de 58 segundos las devolvía a la casilla de salida. Es algo más que corrección política.
Sydney volvió a posar desnuday generó la ira de atletas olímpicas: ¿le gusta el lío?
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