La premisa de “Todo va mal” no invita a la risa. La película, ópera prima de Federico Fernández que se proyecta en La Plata este miércoles (en el cineclub Proyecciones Terrestres de 3 entre 66 y 67, número 1663, timbre 3, donde tendrá otra función el martes próximo, con la presencia del director) transcurre en una Buenos Aires sin luz ni gas: un futuro próximo, algo apocalíptico, donde a nuestro héroe le sale todo mal. Lo deja la novia, no parece haber futuro. Ni siquiera se puede quitar la vida bien.
Pero "Todo va mal" es una comedia. “Estoy muy en contra de esta idea de ser solemne”, dice Fernández, que además protagoniza el film. “Para mí el humor es una herramienta muy importante para cualquier forma de arte, también para pensar un presente que no es particularmente feliz. La comedia siempre sirve para hacerse preguntas más interesantes, que incluso pueden echar alguna luz sobre esas cosas”.
Acá, aunque el tono es absurdo, algo del país se cuela en la pantalla. “No es una película realista ni naturalista, pero las películas siempre funcionan como un termómetro de lo que está sucediendo”, sostiene. “Si hicimos las cosas bien, en “Todo va mal” se puede ver algo de la Argentina de los años de Milei, algo de cómo se vive, aunque no sea exactamente esa vida. Algo siempre se transparenta”.
Pero lo más llamativo es que casi no se habla. La película dialoga con la comedia física de Chaplin y Keaton, aunque eso no fue un plan previo. “No hubo un momento en el que alguien dijo: ‘Esta va a ser una película como las de Chaplin, donde no se va a hablar’. Esa forma la fuimos encontrando con los actores, con el equipo”, cuenta. “Pero sí, es un cine que tengo como referencia muy cercana. Chaplin trabajaba cuestiones complejas de su realidad siempre a través del humor. Para mí el gag es una herramienta fundamental del cine”. Y suma un dato casi cabalístico: “Estábamos filmando justo cuando se cumplía el centenario de muchas de esas películas. Era como estar, en los años 20, dialogando con las películas de los otros años 20”.
El origen está en las aulas. La película nació en la última materia de Dirección de la Universidad del Cine, donde Fernández estudió junto a sus socios de la productora Los Grises. “Tenía una modalidad casi de taller: uno va llevando materiales semana a semana y, hacia el final de la cursada, yo ya tenía 20 o 30 minutos de algo que se conectaba”, recuerda. “Pero cuando decidí hacer una película con eso, no quedó nada: volví a filmar todo de nuevo”.
El proyecto fue seleccionado en un programa de tutorías de la universidad, con Rodrigo Moreno y Juan Villegas como tutores, y la institución les prestó equipos de luces y sonido. El resto fue a pulmón. “No se filmó con una cámara de cine propiamente dicha, sino con una Sony, una cámara de fotos, que es mi cámara”, explica. “Como muchas películas argentinas de los últimos años, se filmaba cuando podíamos: los fines de semana, cuando estábamos libres. Duró casi un año y medio, y en ese tiempo íbamos filmando, montando, reescribiendo, todo al mismo tiempo”.
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