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¿Cómo es ganar un Oscar? “Es una adrenalina muy grande”, describe Violeta Kreimer, la productora argentina radicada en Francia que produjo uno de los cortometrajes ganadores del Premio de la Academia en la última edición: “Dos personas intercambiando saliva”, corto dirigido por Natalie Musteata y Alexandre Singh, que se proyectará por primera vez en Argentina este jueves, desde las 18 en el porteño Malba (Figueroa Alcorta 3415), con entrada gratuita, en el marco de una nueva edición del festival La Mujer y el Cine.
No es el corto que uno espera gane un Oscar: una película en francés, en blanco y negro, realizado por dos artistas contemporáneos. Un corto que juega con el absurdo, aunque ese absurdo se parezca cada vez más a la realidad: en la película, los besos están prohibidos y se castigan con la muerte, y las transacciones comerciales y los pagos se realizan dando cachetadas en la cara. En ese marco, dos mujeres de distintas clases sociales desarrollan un vínculo íntimo y prohibido, pero siempre hay quien cela y delata.
¿Cómo es que esta extraña alegoría llegó a la Academia? “La campaña fue muy larga”, cuenta Kreimer, en diálogo con EL DIA, mientras celebra que otra película producida por su compañía, “Los días libres” de Lucila Mariani, acaba de recibir una Mención del Jurado en la sección Cineasti del Presente de la 79.ª edición del Festival de Locarno. “Le dedicamos mucho tiempo, y todo cuesta dinero: cada vez que ganábamos un premio la usábamos para hacer publicidad, armar proyecciones… Es una inversión fuerte, de tiempo y de dinero, una entra en una especie de túnel donde hay que pasar varias etapas, tenés que convencer a mucha gente para que se inscriba y vote, porque votar en las primeras etapas de los cortometrajes para los Oscar no es automático, hay que inscribirse, ver más de 40 películas…”
Así que “es una gestión política, de mucha red”, confiesa Kreimer. “Y nunca había tenido que hacerlo, así que fue muy intenso. Y una vez que llegamos a la nominación, había mucha prensa a favor, muchos críticos diciendo que merecíamos el premio, pero enfrente estaba ‘The Singers’, una película que había comprado Netflix, y Netflix había invertido muchísimo dinero en la campaña. Era David contra Goliat”.
En la edición número 98 de los Premios de la Academia, celebrados en marzo, David empató con Goliat. Un hecho histórico. De todos modos, dice Kreimer, su socia, Valentina Merli, los directores y ella ya estaban hechos con la nominación. “Sabíamos que era una pelea desigual, pero decidimos hacer la campaña igual, y transmitir las cuestiones políticas que atraviesan la película: era el momento de hacerlo en Estados Unidos, la situación estaba cada vez peor, así que la campaña nos permitió que pasara lo que pasara pudiéramos defender todo lo que la película comunicaba artística y políticamente”.
El empate entre “Dos personas intercambiando saliva” y “The Singers” marcó la séptima ocasión en la historia en que dos nominados igualaron en cantidad de votos. “Tuvimos exactamente los mismos votos que Netflix, los mismos votos para una película defendida por Netflix y otra en blanco y negro, en francés, 36 minutos… No una película fácil. Lo cual fue un orgullo”, dice Kreimer. El anuncio del triunfo compartido se vivió, recuerda, como “una explosión de adrenalina que duró hasta las 6 de la mañana”, con entrevistas, fiestas y algarabía. “A las fiestas accedimos con el Oscar”, se ríe. “Siendo de una productora independiente, no teníamos invitaciones a las fiestas, entrábamos mostrando el Oscar”.
Fue el final de un recorrido que comenzó cuando Barry Jenkins, el director de “Moonlight”, vio el corto y decidió programarlo en el festival de Telluride, donde se encargaba de la curaduría. Hasta ese momento, cuenta Kreimer, habían tenido dificultad para colocar el corto en festivales por su duración, pero el prestigio de Telluride les permitió iniciar un recorrido de más de 70 festivales internacionales: ganaron el premio del público en el festival de Clermont-Ferrand, el más importante para los cortometrajes, y calificaron para competir con un Oscar al ganar el galardón del jurado en el AFI Fest de Los Ángeles. Entre tantos reconocimientos, el New Yorker compró el corto para su plataforma, y con el envión que había ganado la película “decidimos que íbamos a empezar una especie de campaña de Oscar”. Esa “aventura” fue sumando voces de apoyo y tuvo entre sus madrinas a Isabelle Huppert, Julianne Moore y Jodie Foster, alimentando así el boca en boca y empujando a la película a su nominación.
DE LAS CIENCIAS POLÍTICAS AL CINE
Como el de su oscarizada película, el camino de Kreimer al cine también fue largo y sinuoso. Nacida en Vicente López, estudió en el Liceo Francés antes de elegir la carrera de Ciencias Políticas, que cursó en el Di Tella. Fascinada por el Instituto de Estudios Políticos de París, aplicó a un programa de doble diploma que proponía el Di Tella, que permitía terminar la carrera a distancia y cursar en París: se presentó, “pero en realidad no quería irme en ese momento, quería demostrarme que podía. Pero un amigo mío también entró y me dijo: ‘No pasa nada, probamos y si no, volvés’”.
Así, en 2003, llegó a París para terminar la carrera de Ciencias Políticas y comenzar un master en Gestión Cultural. Con el doble diploma, comenzó a hacer pasantías, conoció a su marido y se afincó en Francia: “Me siento argentina, pero me siento parisina”, confiesa. “El lazo con Argentina sigue siendo muy fuerte, y cuando una se fue tanto tiempo, por más que una vuelva, siempre va a estar tironeada”.
El cine todavía no figuraba en los planes. Kreimer cuenta que era cinéfila, pero “cuando me especialicé en gestión fue para trabajar en el medio de las artes visuales”. Trabajó en una galería, en la fundación Cartier Bresson, y en el Louvre, haciendo un proyecto para Luxemburgo, tuvo su primer contacto con el audiovisual: tuvo que mirar videos de 100 artistas mientras descubría qué era el videoarte. Fue durante su trabajo de más de una década con el artista Xavier Veilhan donde empezó a trabajar en la producción de video. Y tras hacer el Pabellón Francés en la Bienal de Venecia en 2017, quiso independizarse, hacer su propio proyecto: se unió entonces con Valentina Merli, que sí venía del cine, y formaron Misia, con la idea de fusionar los campos del arte contemporáneo y el cine.
Los directores de “Dos personas intercambiando saliva” Natalie Musteata y Alexandre Singh son, de hecho, del campo de las artes: las productoras de Misia los convocaron cuando en pandemia encabezaron un proyecto para filmar pequeñas películas en una galería de arte, entonces cerrada por el COVID. “Les preguntamos qué les inspiraba el lugar”, cuenta Kreimer, y la primera idea de ambos fue la idea de la violencia ligada al negocio y al consumo: el cachetazo,
“El beso prohibido hace pensar en ese origen pandémico”, sigue Kreimer, “pero en realidad estaba más inspirado con lo que estaba pasando en distintos países, en ese momento en Irán”.
Una de las actrices protagonistas es, de hecho, Zar Amir Ebrahimi (“Holy Spider”, “Tehran Taboo”; el elenco lo completan Luàna Bajrami, Aurélie Boquien y Vicky Krieps). Zar Amir es iraní refugiada en Francia, que “porta con ella una voz muy fuerte de la represión en Irán”. “La fuimos a buscar muy tempranamente: su participación nos permitía indirectamente hablar de lo que estaba pasando en Irán”, cuenta Kreimer: cuando comenzó el proyecto, habían encarcelado recientemente a una pareja en Irán por bailar frente al Monumento de la Libertad en Teherán, y ese fue el disparador, de hecho, de la idea de los besos prohibidos.
- El disparador del corto fue lo que ocurre en Irán, pero hoy parece decir mucho de lo que pasa en todo el mundo…
- Absolutamente. De hecho, rodamos cuando era el momento de “Don’t say gay” en Florida (una ley que prohibió las conversaciones o instrucciones en el aula sobre orientación sexual e identidad de género desde el jardín de infantes hasta tercer grado). En nuestra película no se puede ni nombrar el beso. Así que el corto resuena con este momento absurdo del mundo, y más de Estados Unidos. Nosotros pensábamos en hacer una película distópica, que subrayara lo que está pasando en nuestro mundo de manera absurda, pero desde que la mostramos por primera vez en Telluride, hace más de dos años, la película ha dejado de parecer absurda.
- ¿El arte puede hacer algo en este momento del mundo?
- Si los gobiernos de los que hablamos, tiránicos, atacan la financiación del arte, van contra la difusión de ciertos artistas, no es por nada. Los artistas van un paso adelante, en general ven las cosas antes, ven lo que está pasando en las entrañas. Este corto es un poco una demostración de eso. Entonces, estos gobiernos atacan al arte como prioridad, porque saben la fuerza que pueden tener estos mensajes, la fuerza que tiene dar visibilidad a situaciones absurdas, terribles, bárbaras, mostrar diferentes maneras de pensar. Cuando una produce arte a veces piensa “en este mundo que vivo, ¿es esto lo que tendría que estar haciendo? ¿No tendría que estar movilizándome?” Y en realidad, creo que esta es una forma de movilización. Y es necesaria.
- ¿Qué sentís viniendo a mostrar esta película a Argentina, tu país?
- La película ha sido una manera de reconectar con un montón de gente de Argentina. El Oscar se volvió algo concreto que yo pude compartir con gente en Argentina, una de las cosas más fuertes que me han pasado desde que ganamos el Oscar fue reconectar con Argentina, compartir el recorrido de esta película… Y me siento muy feliz de poder ir a presentar la película, por la historia de este festival, de María Luisa Bemberg, entrar en la historia de La Mujer y el Cine me emociona. Y que sea en el Malba, viniendo yo del arte contemporáneo, y siendo el Malba un refugio de cine, al que yo iba a ver películas que no se podían ver en ningún lado. Y la película claramente habla de mujeres, habla de un lazo femenino al deseo, y una gran cantidad del equipo son mujeres, una directora mujer, dos productoras mujeres, cuatro actrices mujeres… Hay una presencia femenina muy fuerte.
- El cortometraje habla del deseo femenino, algo que en el cine ha sido mostrado históricamente desde la mirada masculina. ¿Han cambiado las cosas en los últimos años?
- Bueno, el deseo puede ser mostrado por varones y mujeres, desde ya, pero la manera de mostrarlo no es la misma. Y claramente el cine viene cambiando: hay más visibilización y lugares en festivales para mujeres, pero sigue habiendo necesidad de imponer cuotas, de subvencionar directoras mujeres… El cine ha cambiado, pero sigue siendo todavía minoritario el cine hecho por mujeres: en Francia, menos del 30% de los directores son mujeres. Lo cual es bastante, de todos modos, respecto al pasado. Y hay más visibilización de cineastas mujeres del pasado.
- ¿Cómo sigue la vida y la producción de películas después del Oscar?
- Bueno, estamos preparando el largometraje de esta película, y claramente va a ser más sencillo conseguir financiamiento. El símbolo del Oscar es muy impactante: lo entiende un chico y un adulto de 90 años. Ahí se entiende la fuerza del showbusiness. Está claro, a una le cambia la vida… pero una no gana plata con el Oscar, no es como el Nobel, así que hay que seguir remándola. Hacer cine es luchar todos los días.
“Siendo de una productora chica, no teníamos invitaciones a las fiestas, entramos mostrando el Oscar”
Cuándo: Este jueves desde las 18
Dónde: Malba, Figueroa Alcorta 3415
Entrada gratuita por orden de llegada
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