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Vuelve “Coppola”: el representante de toda una década

La segunda temporada de “Coppola, el representante” llega este mes a Disney+ y “Menem” ya prepara la suya en Prime Video: Ariel Winograd está cifrando en la pantalla, en clave de comedia, una década que hasta ahora solo había sido retratada con solemnidad. ¿Qué nos dice del pasado y del presente?
Minujín como Coppola, con Yuyito en el programa de susana
Juan Minujín como Coppola, en la serie que estrena su segunda temporada este mes

Todos podemos reconocer los 80 en la pantalla: un aluvión de series y películas cifró cómo se sentía aquella época, y el chicle, el neón y los peinados altos se convirtieron en un meme, unidad de significado mínima. E imitable: el meme de los 80 era estadounidense, pero se replicó en todo el mundo. Dos veces. Primero, se vendió ese estilo de vida al mundo, a través de revistas teen, las primeras novelas televisivas exportadas, la música. La globalización. La segunda parte ocurrió ahora, cuando el ochentismo retro colmó las pantallas: cuando “Graduados” tuvo que imaginar sus 80, eran bastante parecidos a aquellos del hemisferio norte, pero algo ajenos a nuestra experiencia.

Winograd filma a Menem y a Coppola como antihéroes de una comedia de enredos. Son personajes salidos del cine italiano de Fellini o Sorrentino

Pero con los 90, los años que están volviendo ahora en la pantalla (cada cual tendrá su explicación para esta era donde la cultura pop adicta es a su propio pasado y vive de remakes, reuniones, reediciones y biopics), ocurrió lo contrario: no necesitamos que nadie venga a codificar nuestra experiencia sentimental y estética con esa década. Aquellos años del 1 a 1, del “todo por dos pesos”, del presidente mediático, el cierre de trenes y pueblos, no parecen poder importarse, paradójicamente: fueron una experiencia profundamente argentina, que se cifró tanto en el desparpajo de Ferraris presidenciales como en la crisis del 2001. La promesa del primer mundo a la vuelta de la esquina, la realidad del colapso.

Esa dualidad llevó a Martín Rodríguez y Pablo Touzón a preguntarse en su libro “¿Qué hacemos con Menem?” como pensar esa década. Ariel Winograd se hizo la misma pregunta, pero sobre Guillermo Coppola: ¿qué hacer con el representante del jugador más famoso del mundo, el rey de la noche, preso por un jarrón, personaje de culto? La respuesta fue “Coppola, el representante”, protagonizada por Juan Minujín, estrenada el año pasado: el meme perfecto de aquellos 90, una serie que logró capturar en una serie de vertiginosas viñetas las superficies de placer de aquellos tiempos, y también dejar transparentar su absoluta y corrupta banalidad.

“Coppola” estrena este mes en Disney+ segunda parte (aún sin fecha exacta confirmada). Son seis capítulos de media hora que, según prometió Winograd, serán “mucho más picantes” que los primeros, y que recorren cuatro décadas: del casamiento de Diego al caso del jarrón, de la caída a la reconstrucción. Tras aquel suceso, Winograd replicó ese universo estético para su bioserie “Menem”, con Leonardo Sbaraglia como el ex presidente: en rigor, fue casi como filmar una secuela. También prepara una segunda temporada, que llegará en 2027.

PIZZA, CHAMPÁN Y CARCAJADAS

Winograd ha traído una novedad: es una de las primeras veces, y ahí está buena parte de su éxito, que los 90 no se cuentan con dolor, con seriedad, con acusaciones. Winograd viene de la comedia (“Cara de queso”, “Mamá se fue de viaje”), es su lenguaje, y filma a Menem y a Coppola como antihéroes de una comedia de enredos (que seguramente, además, es como se autopercibían ambos). Son personajes salidos del cine italiano de Fellini o Sorrentino (ese con el que es imposible para cualquier argentino no sentir una fuerte afinidad, como si hubiesen retratado la vida acá a la vuelta y no al otro lado del océano): hay patillas, trajes cruzados, bronceados imposibles y celulares del tamaño de un ladrillo. La década no como fue sino como le gustaba imaginarse a sí misma, con desparpajo, vedettes, noche, droga, excesos; y en ese gesto, parodiada, puesta en evidencia.

Una década tan mentirosa como Coppola, nuestro “Gran Pez” criado en base a pizza con champán: una década encantadora pero chanta. Pero que no esconde sus fabulaciones: necesita contarlas, necesita contar esas historias exageradas (que quizás sean “bolasos” y que todos, incluso Guillote, sabemos adornadas) para sostener el mito. De anécdotas (esos relatos de asado que son algo más que verdad o mentira) está hecho Guillote, también su serie: el tráiler de la nueva temporada de “Coppola” arranca con el protagonista hablándole a la tumba de Maradona y repasando una vida en la que, cuando lo perdió todo, le quedó su patrimonio más valioso: una colección de historias inverosímiles. Es la lógica del personaje y también la de la época: lo importante no es lo que pasó, sino cómo se cuenta en la mesa de Mirtha.

Los 90 fueron una década tan mentirosa como Coppola, nuestro “Gran Pez” criado en base a pizza con champán: una década encantadora pero chanta

Dos síntomas de su época, Coppola es, en todo caso, un personaje; de las desventuras del ex presidente según Winograd, en cambio, uno se ríe, pero a regañadientes: ese gran sketch de fin de siglo terminó en diciembre de 2001. Su parodia incomoda, como sigue incomodando su legado (para eso también sirve, si tiene que servir para algo, la comedia). Hay algo allí, en esa banalidad, que invierte la fórmula de Hannah Arendt: no “la banalidad del mal” sino “la maldad de lo banal”. Las decisiones políticas entre dos tapas de revista, el país que se privatiza mientras todos miran la fiesta. La frivolidad no como síntoma, sino como método.

Este regreso de los 90, en ese sentido, parece pertinente, actual. Después de una década de solemnidad (la resaca de la fiesta para algunos), una década de épica y una década de batallas culturales y grieta, hay algo de aquellos años que se repite ahora, quizás a modo de farsa: la política como espectáculo, el exabrupto como show, la falta de solemnidad como marca de autenticidad. Los defensores de este nuevo aluvión noventista y neoliberal lo leen como una ruptura con la hipocresía de la política tradicional; sus críticos, como el regreso de una frivolidad que ya conocimos y cuyo final también conocemos.

Javier Milei está, claro, firmemente en el primer grupo: definió a Menem como el mejor presidente de la historia argentina y en 2024 le dedicó un busto en la Casa Rosada. El círculo se cierra con un detalle: Yuyito González, a quien en los 90 le adjudicaron un romance con Menem, fue pareja de Milei en 2024 y hoy se queja de cómo la retrata la serie de Coppola. Si un guionista lo hubiera inventado, lo habrían acusado de exagerar.

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