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Yayoi Kusama: adiós a la japonesa que llenó el arte de lunares

Una de las artistas más respetadas de Japón, falleció a los 97 años. Su marca característica está “salpicada” por el mundo
el vínculo de yayoi kusama con los lunares era total: no solo los pintaba sino que también los vestía / afp

Por Redacción

La artista japonesa Yayoi Kusama, que salpicó sus característicos lunares en pinturas, esculturas e instalaciones museísticas en todo el mundo, falleció a los 97 años. Aunque el deceso se produjo hace dos semanas, recién fue confirmado ayer por su estudio sin precisar la causa de la muerte.

“Continuó pintando hasta sus últimos días, sin dejar nunca el pincel, y siguió explorando el amor eterno y el alma eterna”, señaló el comunicado oficial. “Llevaremos adelante los deseos de Kusama y, a través del arte, seguiremos llevando esperanza y fortaleza para el futuro a personas de todo el mundo”.

Kusama, una de las artistas contemporáneas más respetadas de Japón, fue exhibida ampliamente en todo el mundo, incluido el Museo de Arte Moderno en Nueva York, el Museo Tamayo de la Ciudad de México y el Museo Ludwig en Alemania.

Los motivos repetitivos eran su sello, en diversas formas, que recordaban redes, remolinos o gusanos, pero la mayoría de las veces lunares, que danzaban orgullosos en sus lienzos, o como bolas brillantes o puntos de luz en sus instalaciones, con toda su vibrante gloria psicodélica.

“Los lunares son fabulosos”, dijo Kusama en una entrevista de 2012 con The Associated Press con su característica peluca naranja tipo bob y un atuendo de lunares.

“Quiero crear mil pinturas, quizá dos mil pinturas, tantas como pueda dibujar”, dijo con un tono infantil pero directo. “Seguiré pintando hasta que muera”.

Persiguió su visión del arte durante toda una vida

Kusama insistía en que dibujaba tal como veía el mundo: cubierto de manchas, parte de las alucinaciones que decía tener desde la infancia. Entró y salió de instituciones psiquiátricas durante décadas, aunque su enfermedad no la frenó, ya que fue una de las primeras mujeres japonesas en ir a Nueva York para dedicarse a su arte, en 1957.

Aunque de voz suave y tímida en sus modales, Kusama siempre fue audaz sin tapujos al afirmar su visión punteada, no solo al mantenerse fiel al estilo durante décadas, sino también al hacerlo accesible para las masas.

En sus últimos años, cuando los tiempos alcanzaron a su arte, disfrutó de la fama. Firmó acuerdos con marcas de moda como Louis Vuitton, así como con otros productos con licencia como tazas de té, camisetas y llaveros con sus ilustraciones, incluidas réplicas de su imagen que se usaron en escaparates y otras acciones de mercadotecnia.

Christie’s subastó su obra por 5,8 millones de dólares en 2008. Ella ganó en 2016 el premio más prestigioso que Japón otorga a sus artistas, la Orden de la Cultura.

Al recibir el galardón, les comentó a los reporteros que estaba más decidida que nunca a dedicarse a su arte, y subrayó que la sinceridad y la entrega que había demostrado en su vida personal eran partes cruciales de su legado artístico.

“Siento que queda poco en mi vida, pero ahora sigo luchando hasta la muerte por mi arte”, dijo.

Las categorías no la definían

A Kusama la calificaron de pop, vanguardista, feminista, por mencionar algunas de las categorías que le atribuyeron, la mayoría de las cuales Kusama desestimó por no representar del todo su arte.

Nació en una familia de clase media, pero se sentía incomprendida, ya que sus padres querían que simplemente se casara. Querían comprarle un kimono, no pinturas y pinceles. Ella sabía que tenía que irse. Eligió Estados Unidos.

Cuando llegó a Nueva York, la moda era la “pintura de acción”, caracterizada por goteos, barridos y manchas, no por puntos. Sufrió años de pobreza y anonimato. Pero siguió pintando puntos.

Colocó círculos de papel en los cuerpos de las personas, y una vez en un caballo, en actuaciones antibélicas tipo “happening” a finales de la década de 1960, lo que llevó a que algunas personas fueran arrestadas por obscenidad, pero ayudó a atraer la atención de los medios hacia su arte. Mientras estaba en Nueva York, entabló amistad con artistas como Andy Warhol, Georgia O’Keeffe y Joseph Cornell, quienes elogiaron su estilo.

Con los años, Kusama realizó obras peculiares pero sorprendentemente celebratorias como “Macaroni Girl”, una figura femenina cubierta de macarrones, que expresa el miedo a la comida; “The Visionary Flowers”, esculturas gigantes de tulipanes retorcidos, y “Mirrored Corridor”, una sala con espejos que ofrece la ilusión de un campo de protuberancias fálicas salpicadas de puntos.

Kusama, que también hizo películas y publicó varias novelas, dijo que no estaba segura de dónde sacaba sus ideas. Simplemente tomaba el pincel y empezaba a dibujar. El proceso era tan misterioso que a veces se sorprendía a sí misma.

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