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Buenos Aires, a fuego lento: los ocho lugares que conquistaron al New York Times

Entre vermuts con soda, carnes a las brasas y cafés de especialidad, el diario estadounidense trazó un recorrido por esa ciudad que combina tradición y nuevas tendencias
Ocho bares, restaurantes y cafés porteños para una escapada de fin de semana / Web

Por Redacción

Hay ciudades que se conocen caminando y otras que también necesitan una mesa, una copa y tiempo para quedarse. Buenos Aires pertenece a las dos categorías. Su identidad se descubre en el perfume de una parrilla, en el ritual del vermut y en esos cafés donde una charla puede extenderse mucho más allá del último sorbo.

Ese universo sedujo a The New York Times, que incluyó ocho bares, restaurantes y cafés porteños en su sección de viajes 36 Hours, dedicada a explorar destinos durante una escapada de fin de semana. La periodista Emma Bubola encontró una ciudad que conserva el encanto de sus comercios antiguos y, al mismo tiempo, se renueva con el impulso de cocineros, artistas y emprendedores.

El resultado es un itinerario que alterna visitas culturales con pausas gastronómicas: del Teatro Colón al MALBA, de un bodegón centenario a una mesa rodeada de vegetación. Un paseo para descubrir cómo conviven, en el paladar porteño, la memoria y la curiosidad.

CLÁSICOS QUE CONSERVAN SU SABOR

La primera escala tiene el peso de una institución: Zum Edelweiss. Ligado a la vida cultural del centro y a las reuniones después de las funciones del Teatro Colón, el restaurante mantiene una cocina que invita a entregarse a los platos abundantes y a las sobremesas sin apuro.

En la selección aparecen los ñoquis con goulash, una combinación reconfortante que reúne pasta y sabores centroeuropeos, y el bife a la Bismarck, coronado con huevo frito. Su presencia en Argentina, 1985 suma otro vínculo con el cine a un salón acostumbrado a recibir actores, músicos y figuras de la vida pública.

Para acercarse al ritual del asado, la elegida es Parrilla Peña, en San Nicolás. El atractivo está en la vitalidad de una casa tradicional: mesas ocupadas, mozos que atraviesan el salón con oficio y el aroma de la carne que anticipa el almuerzo.

El corte recomendado es el ojo de bife, destacado por su terneza. Una elección que pone en primer plano uno de los grandes placeres de la parrilla argentina: la combinación de una buena pieza, el sabor de las brasas y una cocción precisa.

VERMUT, MESAS DE FÓRMICA Y TANGO CERCANO

La nostalgia también se sirve en vaso. En Varela Varelita, el café de Palermo asociado a la conversación y al intercambio intelectual, la propuesta consiste en acomodarse entre mesas de fórmica y ventiladores de techo para pedir una cerveza o un vermut con soda y maní.

Son sabores sencillos que encuentran su sentido en el entorno. El aperitivo acompaña la charla y el bar conserva esa cualidad porteña de funcionar como una extensión del living, con lugar para lectores solitarios, encuentros y discusiones.

En Almagro, el Boliche de Roberto ofrece otra forma de intimidad: la del tango interpretado a pocos pasos del público. La cercanía con los músicos convierte la visita en una experiencia que excede la bebida. Para acompañarla, la sugerencia del recorrido es un fernet con Coca-Cola, integrado a una noche de repertorio y encuentro.

COCINA CONTEMPORÁNEA ENTRE ARTE Y VEGETACIÓN

El paseo también se detiene en propuestas que exploran otros ingredientes y maneras de comer. Dentro del MALBA, Coronado permite enlazar una visita al museo con una pausa en la mesa.

Entre las recomendaciones sobresale el mbejú, preparación típica de Paraguay y del noreste argentino, elaborada con almidón de mandioca. Su textura crocante se combina aquí con huevo poché, espinaca fresca y panceta: un juego de contrastes entre la delicadeza del huevo, el frescor vegetal y la intensidad de la panceta.

Para quienes prefieren una pausa dulce, la selección incluye una palmerita azucarada, un pequeño clásico de pastelería que encuentra su lugar junto al café.

En Chuí, en Villa Crespo, el ambiente participa de la experiencia. Una antigua nave industrial transformada en jardín ofrece el marco para una cocina que da protagonismo a los vegetales.

El diario destaca el queso llanero grillado con vinagre de frutas, la polenta blanca y la palta quemada. Preparaciones que trabajan con texturas, acidez y notas tostadas, en un espacio donde la vegetación invita a bajar el ritmo.

CAFÉ DE ESPECIALIDAD AL PIE DEL KAVANAGH

La pausa cafetera lleva a Cora, en la planta baja del emblemático edificio Kavanagh. Allí, el café de especialidad se encuentra con una ambientación inspirada en la estética Art Déco del rascacielos.

Las barras de mármol y el mobiliario de época recuperan parte de esa elegancia y convierten la visita en una oportunidad para mirar de cerca el patrimonio arquitectónico porteño. El café funciona como excusa y como centro de una experiencia en la que también importa el lugar desde donde se observa la ciudad.

VITEL TONÉ Y MARTINIS EN UN REFUGIO MODERNISTA

La octava parada es Acuario Bar, en Paraguay al 900, dentro de la Casa de Estudios para Artistas. El edificio de 1939 aporta el escenario para una barra que dialoga con el pasado artístico del barrio y convoca a una nueva generación de creativos.

Los asientos de terciopelo celeste, las ventanas onduladas y el acero inoxidable construyen una atmósfera singular. En la mesa, las sugerencias pasan por el vitel toné y la mousse de chocolate; en la barra, por los dirty martinis.

La combinación resume parte del atractivo de este recorrido: recetas reconocibles, espacios con personalidad y nuevas formas de habitarlos. Buenos Aires aparece así como una ciudad capaz de encontrar en un plato de ñoquis, un aperitivo o un café una manera de contar su historia. Y de seguir escribiéndola entre bocado y bocado.

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