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Argentina envejece, pero ¿está preparada para afrontar su impacto?

Especialistas en distintos campos advierten sobre los fuertes efectos que tendrá en los  próximos años el cambio demográfico en el sistema previsional, el mercado laboral, la organización de los cuidados y el sistema de salud

La transformación demográfica que atraviesa Argentina supone mucho más que una suba en la edad promedio de su población.

Por Redacción

Argentina atraviesa una transformación demográfica que modificará mucho más que la composición por edades de su población. Cada vez nacen menos chicos y las personas viven más años, una combinación que está haciendo crecer el peso relativo de los adultos mayores y que obliga a revisar la forma en que funcionan la economía, el sistema previsional, la salud, las ciudades, el trabajo y las familias. En 2024, por primera vez, en la provincia de Buenos Aires murieron más personas de las que nacieron: fueron 151.690 defunciones frente a 147.081 nacimientos. 

“El envejecimiento demográfico no es sólo el aumento de la población mayor: es un cambio en la relación entre generaciones”, explica Mariela Cotignola, socióloga e investigadora de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. “Vivimos más años, nacen menos niñas y niños, y las instituciones deben reorganizarse para sostener vidas más largas, más diversas y menos desiguales”. 

El fenómeno tiene dos motores. Por un lado, el aumento de la expectativa de vida asociado a los avances sanitarios, médicos y tecnológicos. Por otro, una caída sostenida de la fecundidad. Entre 2014 y 2020, la tasa global de fecundidad cayó un 34% en la Argentina y entre las adolescentes el descenso llegó al 55%. Las razones exceden una supuesta falta de voluntad de tener hijos: intervienen las trayectorias educativas, la participación de las mujeres en el mercado laboral, el acceso a anticonceptivos, la postergación de la maternidad y la paternidad, la vivienda, la estabilidad laboral y las posibilidades económicas.

Este cambio demográfico tendrá consecuencias directas sobre la economía. En principio, con el aumento en la proporción de personas mayores habrá relativamente menos trabajadores en relación con quienes dependen de distintas formas de apoyo económico y de cuidado.

“A medida que crece el peso de los adultos mayores, habrá relativamente menos personas generando ingresos laborales y la ventana demográfica empieza a estrecharse”, explica Cecilia Velázquez, economista e investigadora del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (CEDLAS), perteneciente a la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de La Plata. El escenario obliga a discutir cómo se financiarán en el futuro las jubilaciones, la salud y los cuidados, especialmente en un mercado laboral donde una parte importante del empleo continúa siendo informal. 

A su entender, el debate previsional no debería reducirse a una eventual suba de la edad jubilatoria. “Una respuesta clásica frente al envejecimiento es sugerir extender la edad mínima para jubilarse. Sin embargo, esta salida es insuficiente y regresiva”, sostiene Velázquez. Para la economista, el desafío pasa por ampliar la cantidad de personas que acceden a empleos formales y de calidad, en lugar de exigir más años de actividad a quienes ya están dentro del sistema. 

La especialista plantea que también será necesario fortalecer la productividad, la educación, la innovación y la ciencia, porque son factores que permiten generar más riqueza y sostener mejores sistemas de protección social. El envejecimiento, sostiene, no puede ser pensado únicamente como un problema previsional: también obliga a discutir qué tipo de economía y de mercado laboral tendrá la Argentina.

"ENVEJECIMIENTO DEL ENVEJECIMIENTO"

Uno de los cambios más profundos se producirá en la organización de los cuidados. Durante décadas, buena parte de las políticas públicas estuvieron diseñadas alrededor de las necesidades de la infancia. Pero con menos nacimientos y más personas mayores, esa demanda comenzará a desplazarse.

“Con menos nacimientos tenderá a caer relativamente la demanda de cuidado infantil, pero crecerá la necesidad de cuidados de larga duración, geriatría, rehabilitación, acompañamiento y servicios de salud vinculados a enfermedades crónicas”, advierte Velázquez. A esto se suma el llamado “envejecimiento del envejecimiento”: no sólo aumenta la cantidad de personas mayores, sino también la de quienes superan los 80 años, una etapa en la que suelen crecer las necesidades de apoyo y asistencia. 

El riesgo es que esa mayor demanda continúe resolviéndose puertas adentro de los hogares. “Una parte importante de esas responsabilidades sigue recayendo sobre las familias y, dentro de ellas, sobre las mujeres”, afirma la economista. 

En ese escenario aparece la llamada “generación sándwich”: personas que deben ocuparse simultáneamente de hijos y de padres u otros familiares mayores. La discusión sobre el envejecimiento queda así vinculada con otra cuestión estructural: la desigual distribución de las tareas de cuidado.

UN PAÍS QUE DEJA DE EXISTIR

Para Gabriela Morgante, antropóloga e investigadora de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata e integrante del Laboratorio de Investigaciones en Etnografía Aplicada, el cambio exige modificar incluso la manera en que se entiende el envejecimiento. “Cada vida incluye un envejecimiento que sucede mucho antes de devenir en personas mayores o viejas, y es un asunto de todas las edades”, sostiene. 

La especialista cuestiona además la idea de que las personas mayores son necesariamente dependientes o improductivas. “Si la productividad es sólo económica y esta condición se asocia a la vida adulta, las niñeces y las vejeces son por defecto improductivas y dependientes”, advierte. En muchas familias, sin embargo, los mayores sostienen redes de cuidado, transmiten conocimientos, colaboran económicamente y cumplen funciones centrales que no aparecen reflejadas en las estadísticas del mercado laboral. 

El envejecimiento tampoco ocurre de la misma manera para todos. El territorio, el género, las condiciones económicas, la cultura y las redes familiares generan experiencias diferentes. Una vereda en mal estado, un transporte inaccesible o un centro de salud demasiado alejado pueden convertirse en obstáculos concretos para la autonomía.

“No alcanza con saber cuántas personas mayores hay. Necesitamos saber dónde viven, cómo se desplazan, qué servicios tienen cerca, quiénes las acompañan y qué obstáculos encuentran para sostener su autonomía”, plantea Cotignola. 

En suma, Argentina no enfrenta simplemente un aumento de la población mayor. Está entrando en una sociedad con otra relación entre generaciones, menos nacimientos y vidas más largas. “El problema no es vivir más; aparece cuando esas vidas más largas transcurren en instituciones pensadas para otra estructura demográfica, otra organización familiar y otra relación entre generaciones”, resume Cotignola. 

Como coinciden en advertir las investigadoras, el envejecimiento ya no pertenece al futuro. Está ocurriendo ahora y obliga a decidir si la sociedad adaptará sus instituciones a esa nueva realidad o intentará responder con herramientas diseñadas para un país que ya dejó de existir. 

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