Una lata para aguantar la jornada laboral, otra antes de hacer deporte y hasta una tercera para estirar una salida nocturna mezclada con alcohol. En los últimos años las bebidas energizantes han dejado de ser un consumo mayormente con la adolescencia y la nocturnidad para convertirse en un recurso usado también por muchas personas para ejercitarse y trabajar más. A partir de datos del sector del sector se estima que en Argentina, el consumo alcanzó 125 millones de latas al año.
El dato adquiere otra dimensión cuando se observa lo que contienen las bebidas energizantes en general. Sus fórmulas combinan cafeína y azúcares con sustancias como taurina, guaraná, ginseng, vitaminas y minerales, una mezcla que, con la promesa es aportar energía y mejorar el rendimiento, puede generar efectos adversos, especialmente cuando el consumo es elevado o frecuente.
Por ese motivo este año la Organización Mundial de la Salud solicitó a los gobiernos incrementar “sustancialmente” los impuestos, ya que la “laxitud de los sistemas tributarios” está permitiendo que “estos productos nocivos sigan siendo baratos”.
Uno de los principales riesgos está en la cantidad de azúcar. “Muchas latas contienen entre 25 y 60 gramos de azúcar (el equivalente a más de 10 cucharaditas)”, advierte la licenciada en Nutrición María Luz Kraan, quien señala que esas altas concentraciones favorecen la resistencia a la insulina y la diabetes tipo 2, además de alterar la microbiota intestinal y facilitar la acumulación de tejido graso, con un aumento del riesgo de enfermedades cardiometabólicas.
Pero el azúcar es apenas una parte del problema. La cafeína constituye otro de los componentes que explican los efectos inmediatos de estas bebidas. A diferencia del café, que suele tomarse caliente y de manera pausada, los energizantes se consumen fríos y rápidamente. “Una sola lata grande puede equivaler a 3 o 4 tazas de café”, señala Kraan.
Tal carga de cafeína puede impactar directamente sobre el sistema cardiovascular y nervioso “provocando taquicardia, hormigueo en las extremidades, temblores, hipertensión, dolor torácico y en ocasiones convulsiones”, detalla la especialista al mencionar que su consumo frecuente está vinculado además con insomnio crónico, cuadros severos de ansiedad, migrañas e irritabilidad.
RIESGO POTENCIADO
El efecto no depende únicamente de la cafeína. Las bebidas incorporan otros estimulantes que pueden actuar de manera conjunta. Kraan advierte que “al contener ingredientes como taurina, guaraná y ginseng, estos interactúan entre sí y potencian la acción de la cafeína sobrecargando el sistema nervioso y cardiovascular”.
La situación puede volverse todavía más riesgosa cuando las bebidas energizantes se combinan con alcohol. En ese caso, la cafeína puede bloquear la sensación de somnolencia y hacer que la persona no perciba con claridad el grado de intoxicación. “Por este motivo se duplican las conductas de riesgo y la probabilidad de sufrir intoxicación etílica o comas alcohólicos”, explica la nutricionista.
“El consumo elevado de bebidas energéticas es muy nocivo, principalmente porque contienen entre 25 y 60 gramos de azúcar (unas 10 cucharaditas), lo que fomenta la resistencia a la insulina y la diabetes tipo 2, altera la microbiota intestinal y facilita la acumulación de tejido graso, generando obesidad y aumentando el riesgo de enfermedades cardiometabólicas”
María Luz Kraan Licenciada en Nutrición
Los efectos tampoco son iguales para toda la población. Niños y adolescentes, mujeres embarazadas o en período de lactancia, personas con hipertensión, arritmias o ansiedad y quienes toman medicamentos que pueden interactuar con la cafeína forman parte de los grupos más vulnerables.
En Argentina no existe una norma oficial que establezca un número exacto de latas o mililitros máximos permitidos por día. Frente a ese escenario, las autoridades sanitarias y el Colegio de Nutricionistas de la Provincia de Buenos Aires desaconsejan su consumo libre y regular.
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