A los 12 años ya medía 1,95 metros. Hoy, con 35, Sergio Daniel Gómez alcanza los 2,28 metros de altura, calza 56 y es considerado el hombre más alto de la Argentina. Pero detrás de una característica que despierta miradas y curiosidad en distintos lugares del mundo, hay una realidad atravesada por problemas de salud, dificultades económicas y obstáculos cotidianos. Desde Buenos Aires, donde vive actualmente, busca una oportunidad laboral y ayuda para acceder a los medicamentos que necesita.
Conocido como “Chiquito”, nació en Candelaria, Misiones, y desde la infancia se destacó por su estatura. Con el paso de los años, sin embargo, comenzaron los dolores intensos de cabeza, que luego derivaron en convulsiones. También aparecieron problemas en las rodillas y los tobillos, afectados por el esfuerzo que implica sostener un cuerpo de semejantes dimensiones. Los médicos determinaron que padece gigantismo, una enfermedad vinculada con la glándula hipófisis que provoca una producción excesiva de hormona de crecimiento. A ese cuadro se suma un tumor en la cabeza que no puede ser operado y que requiere un tratamiento permanente para evitar complicaciones.
Las dificultades de Sergio no se limitan a su salud. En un mundo donde los objetos y espacios de uso cotidiano están diseñados para personas de menor estatura, acciones tan simples como sentarse en una silla, utilizar un baño o acostarse constituyen pequeños retos para él, que debe agacharse para atravesar puertas de dos metros y no entra por completo en una cama de dos plazas.
A esas limitaciones se agrega el trato que recibe en la calle. Las miradas insistentes y la sensación de ser observado como alguien extraño forman parte de una experiencia que lo afecta. “Me molesta la mirada del otro porque me miran de pies a cabeza como si no fuera humano”, cuenta.
Mientras intenta sostener su vida cotidiana, sus ingresos apenas alcanzan para cubrir las necesidades básicas. Actualmente vive de una pensión no contributiva y de la colaboración de algunas personas conocidas, con lo que afronta gastos de alimentación, alquiler y servicios.
En busca de sumar dinero, realiza trabajos ocasionales de seguridad en eventos, pintura, albañilería y limpieza. Sin embargo, las exigencias físicas de esas tareas pueden agravar sus problemas de salud. Por eso, uno de sus principales objetivos es conseguir una actividad que le permita trabajar sin someter su cuerpo a esfuerzos extremos.
Su proyecto es instalar un vivero propio. El contacto con las plantas es una de sus grandes pasiones y, además, le permitiría desarrollar una actividad laboral adaptada a sus posibilidades físicas. No pide que le resuelvan la vida, sino una oportunidad concreta para ganarse el sustento y vivir con mayor autonomía.
Pero la posibilidad de concretar ese sueño está condicionada por su situación médica. Para evitar que el tumor provoque una compresión del cerebro y reducir el riesgo de las convulsiones que sufre con frecuencia, necesita una inyección cada cuatro meses cuyo costo asciende a siete millones de pesos. Además, debe recibir otra dosis de precio similar cada 28 días.
El valor de los medicamentos representa una carga imposible de afrontar con los recursos de los que dispone. Por eso, necesita colaboración para sostener el tratamiento y seguir adelante mientras espera una respuesta del sistema de salud.Quienes deseen ayudar pueden realizar una donación al alias chiquito.2140, a nombre de Sergio Daniel Gómez.
A pesar de las dificultades, mantiene la voluntad de trabajar y construir una vida mejor. Su reclamo no se limita a la asistencia económica: también busca que su condición física no lo condene al aislamiento ni le cierre las puertas del empleo. “Soy uno más, un ser humano más, pero la gente me mira como algo extraño”, remarca Chiquito.
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