Mientras el Mundial concentra la atención de millones de hinchas, una realidad avanza con fuerza entre los más jóvenes: para muchos adolescentes, seguir un partido ya no significa solamente alentar a un equipo. Las apuestas deportivas online ganaron espacio en la vida cotidiana al punto de convertirse en una práctica socialmente aceptada, impulsada por la publicidad, las redes sociales y el acceso permanente a los teléfonos celulares.
Lo que hasta hace pocos años aparecía asociado a casinos o salas de juego hoy forma parte de la experiencia cotidiana de ver fútbol. Apostar al resultado de un partido, a la cantidad de goles, tarjetas, córners o penales puede hacerse en segundos desde una aplicación. Para los especialistas, esa facilidad de acceso modificó la relación de muchos jóvenes con el deporte y contribuyó a instalar la idea de que apostar es una actividad más del entretenimiento.
las cifras de unicef
Los números reflejan la dimensión alcanzada por el fenómeno. Según UNICEF, ocho de cada diez adolescentes y jóvenes accedieron o conocen a alguien que logró registrarse en plataformas de apuestas online. Entre quienes participan de estas actividades, el 37% lo hace con mucha frecuencia o todos los días. A su vez, una encuesta nacional reveló que el 16% de las personas de entre 16 y 29 años realiza apuestas online, una proporción que casi duplica el promedio general de la población, ubicado en el 9%.
La Copa del Mundo aparece como uno de los grandes motores de esta expansión. Distintas estimaciones indican que el torneo de 2026 podría superar los 50.000 millones de dólares en apuestas a nivel global. Los antecedentes muestran hasta qué punto estas competencias potencian el negocio: durante el Mundial de Qatar 2022 la cantidad de apostadores de fútbol aumentó un 106% respecto del mes previo al inicio de la competencia, mientras que el volumen de apuestas creció alrededor de un 57%.
Pero la preocupación de especialistas y organizaciones sociales no se limita a las cifras. El foco está puesto en el proceso de normalización que atraviesa a los adolescentes. En talleres realizados con jóvenes por la organización Chicos.net apareció una frase que resume esa transformación cultural: “Si no apostás, no tenés nada de qué hablar en el recreo”. Para los expertos, el juego dejó de percibirse como una actividad excepcional y pasó a convertirse en un elemento de conversación, pertenencia y validación social.
En ese proceso la publicidad ocupa un lugar central. En los últimos días generó fuerte controversia una campaña que utiliza la imagen de Diego Maradona junto a la consigna “jugá con pelotas”. El mensaje asocia la apuesta con valores tradicionalmente vinculados al fútbol, como el coraje, la identidad y el sentido de pertenencia. Para quienes trabajan en prevención de la ludopatía, se trata de una estrategia especialmente sensible porque presenta el juego online como una extensión natural de la pasión futbolera.
“¿Dónde se juega con pelotas, en la cancha o en el casino?”, cuestionó Débora Blanca, psicóloga psicoanalista especializada en ludopatía. La profesional sostuvo que las “pelotas se necesitan para jugar dentro de la cancha, no para apostar”, y consideró preocupante que se utilicen figuras tan representativas del deporte para promover plataformas de juego.
El alcance de estos mensajes se potencia a través de las redes sociales. Según datos del Observatorio Humanitario de Cruz Roja Argentina, el 79% de los jóvenes recibe publicidad de apuestas mediante influencers o streamers. El mismo organismo advirtió además que el 66% de los menores no distingue con claridad entre plataformas legales, ilegales o fraudulentas.
tarjetas en la mira
Como destaca la psicóloga Clara Raznoszczyk Schejtman, el acceso temprano a dispositivos electrónicos y la naturalización de ciertas conductas dentro del hogar generan condiciones favorables para la expansión del fenómeno. “Los chicos empiezan a robarle la tarjeta a los padres para apuestas ilegales desde temprana edad porque una vez vieron cómo el padre usó la tarjeta”, explica.
Los especialistas coinciden en que el problema excede al juego en sí mismo. Entre las consecuencias observadas aparecen episodios de ansiedad, alteraciones del sueño, dificultades escolares, conflictos familiares y problemas económicos. Por eso insisten en la necesidad de involucrar a familias, escuelas, clubes, medios de comunicación y organismos públicos en estrategias de prevención.
La preocupación ya no pasa solamente por cuántos adolescentes apuestan, sino por el hecho de que cada vez más jóvenes consideran esa conducta como una parte natural de la experiencia de ver fútbol.
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