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Día de la Dactiloscopía, una historia que nació en La Plata

Hace 135 años comenzaba a aplicarse en la Ciudad el método de identificación creado por Juan Vucetich que pronto sería adoptado a nivel mundial

El método creado por Vucetich comenzó a aplicarse para la identificación de detenidos en la cárcel de La Plata.

Por Redacción

Desde el celular hasta los aeropuertos, la dactiloscopia hasta hoy tan incorporada a nuestra cotidianidad que resulta difícil imaginar que alguna fue una novedad. Sin embargo, hace 135 años la identificación a través de las huellas de los dedos todavía no existía como procedimiento policial. Su historia comenzó en La Plata un 1º de septiembre de la mano de un inmigrante croata llamado Juan Vucetich.

Vucetich, que había llegado a la Argentina a los 24 años junto a su hermano Martín, se nacionalizó argentino, cambió su nombre de Iván por Juan y, alrededor de 1888, se instaló en una ciudad de La Plata que se acaba de fundar. A poco de llegar comenzó a trabajar en la Policía de la Provincia como meritorio de Contaduría y luego en la oficina de Estadística, dos cargos que estaban lejos de la investigación criminal. Sin embargo su conocimiento de idiomas y su curiosidad lo terminaroon llevándolo a transformar para siempre una tarea que, hasta entonces, se apoyaba en métodos bastante rudimentarios.

Por esos años, la Policía contaba con una sección de Identificación Antropométrica que seguía el sistema ideado por el francés Alfonso Bertillon. Para reconocer a una persona se tomaban medidas de distintas partes del cuerpo: el tamaño del cráneo, la longitud del dedo medio, del pie y del antebrazo izquierdos, entre otras. Vucetich comenzó a buscar una alternativa. Sabía que las huellas de los dedos tenían una característica extraordinaria: permanecían iguales desde el nacimiento hasta después de la muerte. No había dos iguales y, además, no cambiaban con el paso de los años.

No era una idea completamente nueva. El fisiólogo checo Jan Purkinje había estudiado las características de las huellas y, mucho antes, distintas culturas habían descubierto su utilidad. En China se utilizaban para rubricar contratos y en Corea los traficantes de esclavos hacían estampar las huellas de los cinco dedos para certificar una venta.Vucetich también mantenía correspondencia con Francis Galton, primo de Charles Darwin, quien había realizado importantes estudios sobre las huellas dactilares y sus características. Con ese conocimiento como punto de partida, el joven funcionario policial se dedicó a ordenar aquello que hasta entonces aparecía como una serie de dibujos y líneas imposibles de clasificar.

Fue así que a los 33 años consiguió identificar 101 rasgos y los agrupó en cuatro grandes tipos: arcos, presillas internas, presillas externas y verticilos. Bautizó inicialmente a su sistema con un nombre difícil de pronunciar: Icnofalangometría. Poco después, a sugerencia del científico Francisco Latzina, adoptó una palabra mucho más sencilla: Dactiloscopia. Su método comenzó a aplicarse el 1° de septiembre de 1891 para la identificación de 23 procesados y después todos los detenidos de la cárcel de La Plata. Al año siguiente llegó el turno de los aspirantes a agentes de Policía. La sorpresa fue inmediata: ochenta de ellos tenían antecedentes y otros ocultaban su verdadera identidad.

Pero la gran prueba de fuego llegaría poco después, a cientos de kilómetros de La Plata.

UNA HUELLA, UNA IDENTIDAD

En 1892, Quequén quedó conmocionado por el asesinato de Felisa y Ponciano, dos chicos de cuatro y seis años que habían sido degollados. Su madre, Francisca Rojas, tenía una herida superficial en el cuello y acusaba por el crimen a un hombre que insistía en su inocencia, incluso después de haber sido sometido a violentos interrogatorios. La investigación parecía avanzar sin respuestas hasta que el comisario inspector Eduardo Alvarez encontró algo que podía resultar decisivo. De una puerta que tenía manchas de sangre cortó dos fragmentos y se los envió a Vucetich.

El investigador aplicó su método y el resultado señaló a la propia madre. Finalmente, Francisca Rojas confesó: había matado a sus hijos porque prefería hacerlo antes que entregárselos a su marido, de quien estaba separada. Aquella investigación marcó un antes y un después. La huella, una marca que hasta entonces parecía apenas un detalle del cuerpo humano, acababa de convertirse en una herramienta capaz de resolver un crimen.

Vucetich continuó trabajando sin descanso. Reunió más de 3.600 registros y, en 1894, la Policía terminó adoptando oficialmente su sistema. El registro alcanzó luego a empleados públicos, cocheros, carreros, personal doméstico y prostitutas, entre otros grupos. Para 1903 ya existían 600 mil fichas y las huellas comenzaban a incorporarse también a los documentos personales.

El método nacido en La Plata no tardó en cruzar las fronteras. Vucetich viajó por Europa, Asia y Estados Unidos para mostrar personalmente su creación. Su sistema fue valorado por su exactitud y llegó incluso al Congo Belga, donde fue utilizado para identificar a habitantes que cambiaban de nombre para evitar el pago de impuestos.Sin embargo, el reconocimiento internacional no evitó que la historia terminara de una manera inesperada en la provincia de Buenos Aires.

En 1916 Vucetich había fundado el Registro General de Identificación de Personas. Pero apenas un año después fue cerrado con el argumento de la falta de presupuesto. El interventor bonaerense José Luis Cantilo expresó entonces una objeción de fondo: “la identificación es de suyo chocante, porque repugna al espíritu de libertad, pues es el espionaje a las personas llevado a su grado máximo”. La decisión tuvo una consecuencia todavía más dura: el mismo gobierno ordenó destruir el archivo de fichas dactiloscópicas.

Vucetich quedó profundamente desanimado. Se retiró a la casa de su suegro Pedro Flores, en Dolores, mientras sus años de investigaciones, documentos, objetos y libros fueron donados a la Universidad Nacional de La Plata. Murió a los 66 años, lejos de aquella ciudad en la que había comenzado a desarrollar su revolucionario sistema. Pero la obra que había nacido en una oficina de la Policía platense ya había recorrido el mundo.

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