Durante décadas, frente a una cirugía de cierta complejidad, miles de familias argentinas se vieron frente a un angustiante condicionamiento: la exigencia de conseguir donantes de sangre para que se concrete la intervención. Para muchas de ellas comenzaba así una carrera contrarreloj que exigía recurrir a familiares y amigos, cadenas de WhatsApp y hasta llamados a la solidaridad; una búsqueda desesperante a la que el Gobierno nacional puso fin semanas atrás.
Con una resolución publicada a fines de mayo, el Ministerio de Salud de la Nación estableció que ningún hospital o clínica podrá condicionar una atención médica a la presentación de dadores. El cambio apunta a reemplazar definitivamente el sistema de reposición por un modelo basado en la donación voluntaria, altruista y habitual. Si bien se trata de un avance, la medida abre ahora una preocupación de fondo: cómo sostener el abastecimiento de sangre en todo el país.
Y es que si bien el cambio corrige una distorsión -ya que el esquema anterior descargaba sobre los familiares una responsabilidad que correspondía al sistema sanitario sometiéndolas a presión en momentos de extrema vulnerabilidad- no son poco los especialistas que advierten que el problema no termina con la prohibición.
“Firmar el Boletín Oficial es la parte fácil; el verdadero reto será cultural y tecnológico”, sostiene entre otros la médica hematóloga Patricia Epstein, especialista en Hemoterapia e Inmunohematología y Medicina Transfusional.
La inquietud no es menor. De acuerdo con datos del sector, entre fines de 2025 y los primeros meses de este año la cantidad de donantes se redujo entre un 25 y un 30% en el país. En otras palabras, mientras desaparece la obligación de aportar dadores, también disminuye la cantidad de personas que concurren a donar.
La ecuación preocupa a los especialistas. Si el sistema deja de exigir reposición pero no logra incorporar nuevos donantes voluntarios, los bancos de sangre podrían enfrentar problemas de abastecimiento. “La encrucijada actual es matemática: si se prohíbe exigir dadores pero no se generan donantes nuevos, los bancos se vacían”, plantea Epstein.
La reforma incorpora además una modernización tecnológica largamente reclamada. Todos los servicios de hemoterapia deberán informatizar sus procesos mediante sistemas de códigos de barras que permitan rastrear cada unidad de sangre desde la extracción hasta la transfusión. El mecanismo busca mejorar la trazabilidad, aumentar la seguridad y reducir al mínimo los errores operativos.
Pero para la especialista, la tecnología por sí sola no resolverá el problema principal. La sangre sigue dependiendo exclusivamente de la voluntad de las personas y Argentina carece de una política nacional sostenida para promover la donación, que hasta hoy sigue dependiendo en gran medida de iniciativas aisladas de ciertas jurisdicciones, hospitales o centros regionales.
Por eso reclama una estrategia nacional permanente de educación y concientización que facilite el acceso a los centros de extracción y fomente la cultura de la donación desde edades tempranas. “La sangre no se puede fabricar en un laboratorio”, recuerda la hematóloga, para quien el desafío será lograr que, cuando un paciente necesite una transfusión o ingrese a un quirófano, la sangre ya esté disponible sin que ninguna familia deba salir a buscarla.
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