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El día que se apagó el horror: la trágica trastienda de la firma que puso fin a la Segunda Guerra Mundial

El 2 de septiembre de 1945 Japón firmó su rendición sobre la cubierta de teca del acorazado norteamericano USS Missouri en la bahía de Tokio, terminando formalmente con seis años de conflicto global. Se trató de una reunión de 23 minutos que ocultaba una trama asfixiante de conspiraciones militares, amenazas nucleares latentes y un singular duelo de voluntades

La rendición de Japón le puso punto final a la Segunda Guerra Mundial

Por Redacción

El 2 de septiembre de 1945, sobre la cubierta de teca del acorazado norteamericano USS Missouri en la bahía de Tokio, se selló la capitulación incondicional de Japón, terminando formalmente con seis años de conflicto global. Lo que ante los ojos del mundo se presentó como una sobria ceremonia de 23 minutos ocultaba, en realidad, una trama asfixiante de conspiraciones militares, amenazas nucleares latentes y un singular duelo de voluntades. Dos hombres protagonizaron aquel histórico domingo marcados por un temblor inocultable en sus manos: el general Douglas MacArthur, comandante supremo aliado, y el canciller nipón Mamoru Shigemitsu.

El imponente buque de guerra estadounidense, nave insignia del almirante William Halsey, amaneció rodeado por una descomunal flota de 260 embarcaciones aliadas y bajo la atenta mirada de cientos de tripulantes, fotógrafos y más de doscientos corresponsales de prensa. Por disposición de MacArthur, el navío se ubicó exactamente en las mismas coordenadas donde, en 1854, el comodoro Matthew Perry había anclado para rubricar el Tratado de Kanagawa que abrió las fronteras de Japón al comercio. Para remarcar el simbolismo histórico, los aliados colgaron en el puente de mando la misma bandera estadounidense que flameaba en el navío de Perry casi un siglo antes.

Cerca de las nueve de la mañana, la delegación japonesa, compuesta por once funcionarios, ascendió con dificultad a la cubierta del acorazado. Al frente iba Shigemitsu, quien vestía un riguroso chaqué con galera y caminaba apoyado en un bastón, consecuencia de haber perdido una pierna en un atentado en Corea. Para el diplomático, estampar la firma representaba una dolorosa humillación nacional e individual. Shigemitsu se había opuesto con firmeza al rumbo belicista de su país y al asalto inicial a los Estados Unidos en 1941, pero ante la negativa de los jefes militares de asumir la responsabilidad histórica de la derrota, se vio obligado a cargar con el peso de la capitulación.

Frente a él se paró MacArthur, quien comandaría la posterior ocupación aliada. El militar estadounidense vestía un sobrio uniforme caqui, desprovisto de medallas y condecoraciones, luciendo únicamente las cinco estrellas plateadas de su jerarquía en el cuello. Los nervios también lo afectaban; sus manos temblaban mientras sostenía el discurso de apertura, donde debió transmitir un mensaje de cautelosa reconciliación diplomática que contrastaba con su propio instinto militar. El hombre que había jurado venganza tras ser expulsado de Filipinas se convertía ahora en el encargado de estrechar, de forma gélida y desconfiada, la mano del enemigo vencido.

El abismo de la guerra total y las lágrimas del emperador

Llegar a este desenlace demandó semanas de enorme dramatismo. Tras la Conferencia de Potsdam en julio de 1945, donde Harry Truman, José Stalin y Clement Attlee acordaron exigir la rendición absoluta del imperio asiático, el gobierno nipón rechazó la propuesta inicial. La respuesta militar aliada fue fulminante: la devastación de Hiroshima el 6 de agosto y la de Nagasaki el 9 de agosto mediante bombardeos atómicos. A esto se sumó la posterior declaración de guerra por parte de la Unión Soviética, que sepultó la ilusión de una resistencia prolongada.

La determinación del alto mando militar japonés, sin embargo, contemplaba la resistencia hasta el último aliento de vida, impulsando la consigna extrema de que los "cien millones de japoneses" sacrificaran sus vidas en un asalto suicida masivo. Incluso se planificó un golpe de Estado entre el 12 y el 15 de agosto por parte de oficiales radicalizados, quienes tomaron parte del Palacio Imperial e intentaron secuestrar al emperador Hirohito para trasladarlo a refugios subterráneos construidos en Nagano para encarar la guerra total. El alzamiento fracasó y sus líderes optaron por el suicidio ritual.

Ante el caos inminente, el emperador Hirohito grabó un histórico mensaje de radio que se emitió el 15 de agosto, donde admitió que la continuación de las hostilidades implicaría la ruina total de su patria y la aniquilación de la propia civilización humana. Conmovido por el dolor de su población inocente, el emperador anunció su decisión de aceptar los términos aliados, pidiendo a su pueblo "soportar lo insoportable". Su alocución generó cientos de suicidios entre súbditos incapaces de tolerar la derrota y la pérdida del carácter divino del monarca. 

Pese al anuncio imperial, la paz pendió de un hilo sumamente delgado hasta el último minuto. Facciones fanáticas planearon estrellar tres mil aviones suicidas contra la flota aliada estacionada en la bahía de Tokio, un plan que buscaba eliminar a la plana mayor estadounidense y británica. El atentado masivo fue abortado a contrarreloj gracias a la intervención directa del príncipe Takamatsu, hermano menor del emperador, quien se trasladó de urgencia al aeródromo de Atsugi para ordenar personalmente a los pilotos que no despegaran. En paralelo, Estados Unidos mantenía lista en Nuevo México una tercera bomba atómica para ser arrojada directamente sobre Tokio en caso de que la firma se frustrara.

23 minutos para sellar la paz global

A las 9:02 de la mañana se dio inicio formal a la breve ceremonia en la cubierta del Missouri. Shigemitsu se aproximó a la mesa verde, donde se encontraban dos actas idénticas: una encuadernada en cuero para las potencias vencedoras y otra en tela para el imperio derrotado. Al sentarse para estampar su firma, el canciller dudó un instante. Con dureza, MacArthur le ordenó a su ayudante general Richard Sutherland: "¡Enséñale adónde tiene que firmar!". Acto seguido, firmó el general Yoshijirō Umezu, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas y conocido como "La máscara de marfil" por su hermetismo; Umezu, en un gesto de orgullo, rehusó sentarse frente a la mesa y firmó de pie.

A las 9:08, MacArthur ocupó su lugar para rubricar el cese de las hostilidades. Detrás de su figura se ubicaron, como testigos de honor, los tenientes generales Jonathan Wainwright y Arthur Percival, ambos oficiales que sufrieron el cautiverio tras verse obligados a rendir las plazas de Filipinas y Singapur ante las fuerzas niponas. Luego de ellos, estamparon sus firmas los representantes de las naciones aliadas, incluyendo al almirante estadounidense Chester Nimitz, el general francés Philippe Leclerc, el británico almirante Fraser, y delegados de la Unión Soviética, China, Canadá, Australia, Países Bajos y Nueva Zelanda.

Una exhibición de cazas aliados sobrevoló la ceremonia aérea en señal de triunfo militar absoluto. Tras la salida de la delegación japonesa, MacArthur improvisó una encendida alocución ante sus tropas. "Hoy callan todas las armas: ha terminado una gran tragedia. Se ha logrado una gran victoria. Los cielos ya no lloverán muerte", proclamó el general, cerrando formalmente el capítulo de la conflagración más sangrienta de la historia de la humanidad.

La curiosa historia de las plumas y un reproche de protocolo

La ceremonia en el acorazado Missouri dejó una de las anécdotas más singulares de la historia diplomática moderna en torno a las lapiceras utilizadas en el acto. Sobre el tapete verde se dispusieron cuatro estilográficas negras de la marca Waterman. Sin embargo, MacArthur resolvió utilizar múltiples plumas durante la firma.

La primera de ellas fue entregada al teniente general Wainwright, quien posteriormente la donó a la Academia Militar de West Point. El general Percival recibió la segunda pluma, la cual actualmente se exhibe en el museo militar de Cheshire, Inglaterra. El comandante supremo empleó una tercera estilográfica que pertenecía a su ayudante de campo, Courtney Whitney, devolviéndosela de inmediato tras su firma, objeto que la familia Whitney todavía atesora. Finalmente, MacArthur extrajo de su propio uniforme una vistosa pluma Parker de color rojo brillante, propiedad de su segunda esposa Jean Faircloth. Dicha reliquia familiar fue robada del domicilio de Faircloth en la década de 1980 y su paradero continúa siendo un misterio.

Las dos estilográficas Waterman restantes de la mesa debían ser compartidas por los demás delegados aliados. El almirante Fraser, representante del Reino Unido, pretendió imitar al general estadounidense y se guardó ambas plumas para entregárselas como regalo a sus asistentes de campaña. No obstante, los encargados del protocolo intervinieron rápidamente, llamándole severamente la atención al almirante británico y exigiéndole que devolviera las plumas para que el resto de los mandatarios pudiera firmar. Estos dos históricos instrumentos se custodian hoy en el Museo Memorial MacArthur, en la ciudad de Norfolk, Virginia.

De la ceniza al milagro: el legado del general MacArthur

La capitulación formal de aquel 2 de septiembre dio paso a un drástico proceso de reorganización bajo la dirección del propio MacArthur como administrador supremo de las fuerzas de ocupación aliadas, rol que desempeñó hasta 1952. En 1947 se sancionó una nueva constitución que suprimió formalmente el derecho del país a declarar la guerra y estructuró un sistema político parlamentario.

A partir de la ruina material y espiritual que dejó el conflicto bélico, la sociedad nipona inició una reconstrucción colosal que se denominó el "milagro japonés", consolidándose en pocas décadas como una de las potencias industriales y financieras más influyentes del planeta. En la actualidad, mientras los debates sobre el pasado militar continúan abiertos, cada 15 de agosto los ciudadanos conmemoran el Día de Duelo por los Caídos en la Guerra para honrar la memoria de las millones de víctimas civiles y militares, buscando preservar el mensaje de paz global forjado a bordo de la cubierta del Missouri.

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