Cuando Jorge Bergoglio dejó Buenos Aires en marzo de 2013 para participar del cónclave que elegiría al sucesor de Benedicto XVI, nadie imaginaba que esa sería la última vez que pisaría suelo argentino. Convertido en el primer Papa latinoamericano de la historia, Francisco inició un pontificado de doce años que lo llevó por más de 60 países, desde Brasil hasta Mongolia, pasando por Bolivia, Paraguay, Chile, Perú, Ecuador, México y Cuba. Sin embargo, Argentina siempre quedó fuera del itinerario.
La confirmación de la visita de León XIV a la Argentina entre el 8 y el 11 de noviembre reabrió inevitablemente la pregunta que acompañó todo el pontificado de Francisco: ¿por qué el Papa argentino nunca regresó a su tierra?
La respuesta nunca fue explícita. Francisco evitó dar una explicación definitiva, aunque dejó pistas durante los últimos años. La más clara llegó en septiembre de 2024, tras una gira por Asia y Oceanía, cuando aseguró: “Yo querría ir. Es mi pueblo, pero no está decidido. Hay varias cosas que resolver antes”. Aquellas “cosas” nunca fueron detalladas, pero quienes compartieron su intimidad coinciden en que tenían un mismo nombre: la grieta argentina.
El dirigente social Gustavo Vera, amigo personal de Bergoglio durante décadas, explicó que el Papa repetía una idea cada vez que surgía el tema: solo volvería cuando sintiera que podía convertirse en un instrumento para favorecer el reencuentro entre los argentinos. Temía que cualquier visita terminara apropiada por un sector político y profundizara aún más la división que atravesaba al país.
Esa preocupación fue creciendo con el paso de los años. Mientras algunos sectores lo acusaban de ser demasiado cercano al kirchnerismo, otros reclamaban reformas más profundas dentro de la Iglesia. Francisco rechazó siempre la idea de ser un dirigente partidario y recordó que jamás militó en el Partido Justicialista. Al mismo tiempo, mantuvo reuniones con dirigentes de todos los espacios políticos, entre ellos Mauricio Macri y Javier Milei. Sin embargo, nunca consiguió desprenderse de la lectura política que se hacía de cada uno de sus gestos.
CUATRO PRESIDENTES
Durante su pontificado, Francisco convivió con cuatro presidentes argentinos. Con todos mantuvo diálogo institucional, aunque ninguna relación terminó generando el clima político que hiciera posible una visita.
Con Cristina Fernández de Kirchner el vínculo atravesó varias etapas. Después de años de fuerte enfrentamiento entre el kirchnerismo y el entonces arzobispo de Buenos Aires, la expresidenta visitó al Papa en el Vaticano y reconoció que había cambiado su mirada sobre él. Sin embargo, en Roma consideraban que el Gobierno hacía un uso político de cada encuentro, una situación que generó incomodidad dentro de la Santa Sede. Incluso la presencia de militantes de La Cámpora durante una de las visitas oficiales fue interpretada como un episodio que enfrió todavía más la posibilidad de un viaje.
Con Mauricio Macri tampoco desaparecieron las tensiones. La imagen del primer encuentro entre ambos, marcada por el gesto serio del pontífice, alimentó durante años las especulaciones sobre una mala relación. Francisco procuró equilibrar esa percepción con otros gestos institucionales, aunque las diferencias políticas nunca dejaron de aparecer y el clima de confrontación siguió dominando la escena argentina.
La llegada de Alberto Fernández abrió inicialmente una etapa de mayor cercanía. El Papa colaboró en las gestiones vinculadas con la renegociación de la deuda con el Fondo Monetario Internacional, pero ese vínculo también terminó deteriorándose. Desde el entorno de Francisco consideraban que el Gobierno utilizaba políticamente la relación con el Vaticano y la aprobación de la ley de aborto durante la pandemia produjo un fuerte distanciamiento.
Con Javier Milei ocurrió un proceso diferente. Después de que el entonces candidato lo calificara con duros insultos durante la campaña presidencial, ambos recompusieron el vínculo tras la llegada del libertario al poder y mantuvieron un encuentro cordial en el Vaticano. Sin embargo, para entonces la posibilidad de una visita ya estaba condicionada por otros factores que excedían la relación con el Gobierno de turno.
Dentro de la Iglesia existe además otra lectura: ningún gobierno, independientemente de su signo político, terminó impulsando con verdadera decisión una visita que inevitablemente habría estado acompañada por fuertes mensajes sobre pobreza, desigualdad y exclusión social.
LA MIRADA DE LA IGLESIA
Con el paso de los años, la decisión dejó de depender únicamente del deseo personal de Francisco.
Uno de los datos más reveladores surgió desde el propio Vaticano. Según distintas reconstrucciones, la Secretaría de Estado —el principal organismo diplomático de la Santa Sede— comenzó a desaconsejar un viaje porque entendía que cualquier palabra, gesto o reunión del Papa sería inmediatamente utilizada en la disputa política argentina. En lugar de favorecer la reconciliación, podía terminar profundizando la confrontación.
Esa interpretación también fue compartida por referentes de la Iglesia argentina. Tras la muerte de Francisco, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, resumió esa visión con una frase que se volvió recurrente: “El Papa no vino a la Argentina, pero siempre estuvo”. Para el actual arzobispo, Bergoglio permaneció presente a través de su magisterio, de sus mensajes sobre la fraternidad, la ecología, la austeridad y la defensa de los más vulnerables.
Otros dirigentes eclesiásticos fueron todavía más lejos y sostuvieron que la ausencia terminó convirtiéndose en una especie de mensaje para la dirigencia argentina. Según esa interpretación, Francisco esperaba que el país construyera un escenario de mayor unidad antes de regresar y, al no conseguirlo, prefirió que su no visita funcionara como una invitación a la autocrítica colectiva.
También influyó un aspecto de su propia manera de ejercer el papado. Francisco procuró evitar cualquier gesto que pudiera interpretarse como un privilegio hacia su país de origen. Solía recordar que era “el Papa del mundo” y, a diferencia de otros pontífices, evitó rodearse de colaboradores argentinos o dar señales que mostraran preferencias nacionales. Esa decisión hizo que nunca sintiera urgencia por regresar durante los primeros años del pontificado y, cuando el tiempo pasó, el viaje comenzó a cargarse de un simbolismo cada vez mayor.
EL VIAJE QUE ESTUVO CERCA Y LA SALUD
Hubo un momento en que el regreso pareció realmente posible. En 2017 comenzó a analizarse una gira que incluía Chile, Uruguay y la Argentina, siguiendo el recorrido que había realizado Juan Pablo II tres décadas antes. Sin embargo, el calendario electoral chileno obligó a modificar la agenda y el viaje terminó trasladándose a enero de 2018, cuando Francisco decidió visitar únicamente Chile y Perú. El propio pontífice explicó años después que durante enero gran parte de los argentinos estaba de vacaciones y que esa circunstancia terminó dejando al país fuera del itinerario. Aquella fue la oportunidad más cercana que tuvo de volver.
Después de ese intento frustrado, las posibilidades comenzaron a reducirse. Los problemas en una de sus rodillas limitaron seriamente su movilidad y lo obligaron a utilizar silla de ruedas en numerosos viajes. A eso se sumaron reiteradas complicaciones respiratorias que fueron restringiendo progresivamente su agenda internacional. Para cuando la situación política parecía empezar a estabilizarse, la salud ya no acompañaba.
Paradójicamente, Francisco nunca dejó de seguir de cerca la vida argentina. Recibía de manera permanente a dirigentes, sacerdotes, referentes sociales y fieles; se mantenía informado sobre la actualidad nacional y conservaba intactas sus pasiones por San Lorenzo, el tango y la cultura porteña. Como resumió Gustavo Vera, “su corazoncito siempre estuvo en Argentina”.
La llegada de León XIV terminará con la ausencia papal.
Pero también volverá a poner en primer plano una pregunta que acompañó durante doce años al primer Papa argentino: por qué el hombre que nació, vivió 76 años y desarrolló toda su vocación sacerdotal en la Argentina nunca encontró el momento adecuado para regresar. Las respuestas no apuntan a un único motivo, sino a la suma de una grieta política persistente, relaciones institucionales complejas, el temor del Vaticano a que su figura fuera utilizada partidariamente y un deterioro de la salud que terminó clausurando una posibilidad que siempre permaneció abierta, aunque jamás llegó a concretarse.
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