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La “longevidad perdida”: alarman por descuidos en adultos

La esperanza de vida aumenta, pero también los años vividos con enfermedad o discapacidad: la brecha global ya supera los 10 años. Proponen cambiar hábitos
Neurólogos advierten por las afecciones que aquejan a mayores / Web

Por Redacción

La medicina consiguió extender de manera extraordinaria la vida humana, pero el desafío actual ya no pasa únicamente por sumar años al calendario. La discusión se concentra cada vez más en cuántos de esos años transcurren con autonomía, capacidad física y salud cognitiva.

En ese contexto, el neurólogo Conrado Estol sostuvo en La Nación que “dos tercios de las personas llegan y pasan sus últimos 10 años de vida en mal o muy mal estado de salud”. El especialista denomina a ese período la “década perdida”.

La frase plantea una pregunta central: ¿realmente las personas están viviendo alrededor de una década con mala salud antes de morir? La evidencia científica más reciente indica que existe una brecha de ese orden, aunque con una precisión importante: el dato de los “dos tercios” no aparece como una estadística epidemiológica universal.

Un estudio del Global Burden of Disease publicado en The Lancet Public Health en 2026 calculó que la diferencia mundial entre expectativa de vida y expectativa de vida saludable pasó de 8,8 años en 1990 a 10,7 años en 2023. El trabajo analizó 204 países y territorios.

UNA DÉCADA QUE NO NECESARIAMENTE OCURRE AL FINAL

Los investigadores denominaron a esa diferencia “morbidity gap”, o brecha de morbilidad. En términos simples, representa los años que una persona puede esperar vivir con enfermedad o discapacidad después de descontar de la expectativa total los años de vida saludable.

El dato más significativo es que la brecha se amplió en 203 de los 204 países y territorios estudiados. A nivel global, la esperanza de vida aumentó de 64,6 años en 1990 a 73,8 en 2023, mientras la esperanza de vida saludable pasó de 55,9 a 63,1 años.

Pero el estudio introduce un matiz decisivo respecto del concepto de “década perdida”: los años de mala salud no se concentran necesariamente durante los últimos diez años de vida. El análisis encontró que la brecha se amplió a lo largo de la adultez, en lugar de quedar confinada al final de la vida.

En 2023, las personas pasaron en promedio el 14,5% de su vida en condiciones de mala salud, frente al 13,6% registrado en 1990. La conclusión de los investigadores es que la supervivencia está mejorando más rápido que la reducción de los años vividos con enfermedad o discapacidad.

EL PROBLEMA NO ES SOLAMENTE ENVEJECER

El mismo trabajo muestra que la mayor carga de años vividos con mala salud no está explicada por una única enfermedad. Un conjunto relativamente reducido de condiciones crónicas representó el 57,4% de los años de mala salud a nivel mundial en 2023.

Entre los principales contribuyentes aparecen los trastornos musculoesqueléticos, especialmente el dolor lumbar, seguidos por los trastornos mentales, las enfermedades de los órganos de los sentidos, las caídas y otras enfermedades crónicas no transmisibles.

También se identificaron factores de riesgo asociados con esa carga. Entre los principales aparecen la glucemia elevada en ayunas, el índice de masa corporal elevado y la malnutrición maternoinfantil, además del consumo de tabaco y otros factores vinculados con enfermedades crónicas.

El panorama obliga a revisar una idea instalada: el envejecimiento no equivale por sí mismo a enfermedad. Una parte considerable de la carga que aparece durante las décadas posteriores puede estar relacionada con factores modificables acumulados durante muchos años.

LOS SIETE PILARES QUE PROPONE ESTOL

Sobre esa base, Estol propone actuar antes de que aparezcan las enfermedades y resume su estrategia en siete pilares: controlar el estrés, mantener los vínculos sociales, dormir correctamente, no fumar, moderar el alcohol, alimentarse de manera saludable y realizar actividad física de forma regular.

La propuesta no constituye una fórmula exclusiva del neurólogo. Sus componentes coinciden ampliamente con recomendaciones de organismos sanitarios y con factores de riesgo identificados en investigaciones sobre envejecimiento, enfermedad cardiovascular y deterioro cognitivo.

La actividad física, por ejemplo, cuenta con una de las bases de evidencia más amplias. La OMS recomienda para los adultos entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, o entre 75 y 150 minutos de actividad vigorosa, además de ejercicios de fortalecimiento muscular al menos dos días por semana.

El sueño también dejó de ser considerado un aspecto secundario. La American Heart Association recomienda que los adultos duerman en promedio entre siete y nueve horas y vincula un descanso inadecuado con mayor riesgo cardiovascular, deterioro cognitivo, depresión y alteraciones metabólicas.

TABACO, ALCOHOL Y ALIMENTACIÓN

En el caso del tabaco, la evidencia es todavía más contundente: la OMS sostiene que todas las formas de consumo son perjudiciales y que no existe un nivel seguro de exposición. El tabaco está asociado con cáncer, enfermedad cardiovascular, accidente cerebrovascular y enfermedad pulmonar, entre otras patologías.

Con el alcohol, la recomendación requiere una precisión adicional. Estol habla de moderación, pero la evidencia de salud pública no considera que exista un nivel completamente libre de riesgo, especialmente en relación con el cáncer. La OMS señala que incluso pequeñas cantidades aumentan el riesgo de determinados tumores.

La nutrición tampoco puede reducirse a una dieta milagrosa. La evidencia favorece patrones alimentarios de buena calidad, con abundancia de alimentos mínimamente procesados, vegetales, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos y fuentes adecuadas de proteínas, y con menor presencia de productos ultraprocesados y exceso de azúcares, sodio y grasas poco saludables.

El objetivo, en ese sentido, no es encontrar un alimento o suplemento capaz de garantizar longevidad, sino reducir durante décadas la exposición a los principales factores que favorecen enfermedad cardiovascular, metabólica y neurodegenerativa.

VÍNCULOS, ESTRÉS Y SALUD MENTAL

Uno de los pilares menos visibles es el de los vínculos sociales. La investigación epidemiológica relaciona el aislamiento social con un mayor riesgo de enfermedad y mortalidad, aunque la relación no debe interpretarse como una causalidad simple y aislada.

Estol incorpora además el control del estrés y la ansiedad como parte de la prevención. En sus entrevistas plantea que, para el estrés cotidiano, pueden utilizarse herramientas como el mindfulness y otros cambios de hábitos, pero que los cuadros persistentes requieren evaluación profesional.

Su advertencia sobre la medicación también merece una lectura precisa. El especialista sostiene que, cuando los hábitos no alcanzan para controlar la ansiedad, no hay que tener miedo a un tratamiento farmacológico correctamente indicado.

Eso no implica recomendar automedicación. El beneficio y el riesgo de un psicofármaco dependen del diagnóstico, el medicamento utilizado, la dosis, el tiempo de tratamiento, la edad y las condiciones médicas de cada paciente.

EL CEREBRO TAMBIÉN SE PUEDE PROTEGER

La prevención de la demencia es otro de los puntos en los que el enfoque de Estol coincide con la investigación reciente. La Comisión Lancet sobre prevención, intervención y atención de la demencia identificó 14 factores de riesgo modificables, entre ellos hipertensión, tabaquismo, obesidad, depresión, inactividad física, diabetes, consumo excesivo de alcohol, aislamiento social, colesterol LDL elevado, pérdida auditiva y pérdida visual no tratada.

La comisión estimó que abordar esos factores podría prevenir o retrasar potencialmente hasta el 45% de los casos de demencia a nivel poblacional. La estimación no significa que una persona pueda garantizar que nunca desarrollará la enfermedad, sino que existe un margen significativo de prevención colectiva e individual.

Por eso, Estol también insiste en cuidar la audición y la visión. La hipoacusia puede favorecer el aislamiento, mientras que las alteraciones visuales no tratadas pueden limitar la interacción con el entorno y la actividad cotidiana. LA NACION recoge esa recomendación como parte de su enfoque preventivo.

La prevención cognitiva, entonces, no comienza cuando aparece el primer olvido. Presión arterial, actividad física, tabaquismo, metabolismo, vínculos sociales, audición y visión forman parte de una estrategia que se construye mucho antes de la vejez.

¿QUÉ LUGAR OCUPA LA EDAD?

Estol cuestiona también la idea de que la jubilación deba representar el inicio de una etapa de pasividad. Para el neurólogo, conservar proyectos, actividad intelectual, movimiento y vínculos es una parte central de la longevidad saludable.

La idea encaja con una concepción más amplia del envejecimiento saludable: no se trata únicamente de evitar enfermedades, sino de conservar capacidad funcional, autonomía y participación social durante el mayor tiempo posible.

Esto también permite relativizar el peso de la edad cronológica. Dos personas de la misma edad pueden presentar capacidades físicas, metabólicas, cognitivas y sociales muy diferentes.

Por eso, el objetivo de la prevención no debería ser simplemente “llegar a 90” o “llegar a 100”, sino desplazar hacia edades más avanzadas la aparición de discapacidad y dependencia.

EL DATO DE LOS “DOS TERCIOS” EXIGE CAUTELA

Hay, sin embargo, una diferencia importante entre la frase de Estol y la evidencia disponible. El neurólogo presenta el dato de que dos tercios de las personas pasan sus últimos diez años en mal o muy mal estado de salud como una observación de su experiencia clínica; la entrevista no aporta una fuente epidemiológica para ese porcentaje.

La investigación mundial sí respalda algo diferente pero relacionado: en 2023, la brecha promedio entre vida total y vida saludable alcanzó 10,7 años. Eso no significa que cada persona pase exactamente 10,7 años enferma ni que ese período ocurra íntegramente antes de morir.

De hecho, el estudio del Lancet Public Health concluye que los años de mala salud se acumulan durante la adultez y no solamente en los últimos años. La “década perdida” funciona así como una poderosa metáfora de la brecha entre longevidad y salud, pero no como una descripción exacta del recorrido individual de todas las personas.

También es importante considerar que Estol dirige una clínica privada dedicada a la medicina preventiva y predictiva. Ese contexto no invalida los hábitos que recomienda, que forman parte de la medicina preventiva convencional, pero sí conviene distinguir entre evidencia científica sobre hábitos saludables y los servicios comerciales que ofrece la creciente industria de la longevidad.

VIVIR MÁS Y VIVIR MEJOR

La gran discusión que plantea Estol no es, en definitiva, cómo evitar el paso del tiempo. Es cómo conseguir que una mayor proporción de los años ganados por la medicina se convierta en años de buena salud.

La tendencia mundial muestra que ese objetivo todavía no fue alcanzado. Entre 1990 y 2023, la expectativa de vida aumentó más rápidamente que la expectativa de vida saludable y la brecha de morbilidad se amplió en casi todo el planeta.

La respuesta, de acuerdo con la evidencia disponible, no pasa por una fórmula de longevidad ni por un suplemento capaz de modificar por sí solo el envejecimiento. Pasa por intervenir durante años sobre factores que sí pueden modificarse: actividad física, tabaquismo, alimentación, sueño, presión arterial, metabolismo, salud mental, vínculos y cuidado de los sentidos.

La “década perdida” puede no ser literalmente una década y tampoco afecta de la misma forma a todas las personas. Pero el concepto que hay detrás de la frase de Estol sí está respaldado por los datos: la medicina consiguió prolongar la vida con mayor velocidad que la capacidad de mantenerla libre de enfermedad y discapacidad. El nuevo desafío no es solamente sumar años, sino lograr que una mayor parte de esos años sean vividos con autonomía, salud física y capacidad cognitiva.

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