La partida de los hijos puede marcar un antes y un después en la vida cotidiana de algunos adultos mayores. La etapa conocida como “nido vacío” puede coincidir con un aumento de la soledad y con la sensación de haber perdido un propósito, especialmente cuando se combina con otros cambios personales. Así surge de una investigación británica que analizó las experiencias de personas mayores después de que sus hijos dejaron el hogar.
Los testimonios reunidos en el estudio reflejaron situaciones diferentes: para algunos, el cambio significó más autonomía, tiempo propio y la posibilidad de iniciar nuevas actividades. Para otros, estuvo acompañado por tristeza, aislamiento y dificultades para reorganizar las rutinas. Las mayores dificultades aparecieron entre quienes vivían solos, eran viudos o solteros, o habían atravesado situaciones como problemas de salud, duelos o separaciones. El análisis también identificó entre los temas recurrentes la pérdida de contacto social y de propósito.
Con todo, el estudio no permite afirmar que la salida de los hijos provoque por sí misma problemas de salud mental. Sus resultados apuntan, en cambio, a que esa transición puede convertirse en un factor de vulnerabilidad cuando se suma a la soledad, una red de apoyo escasa u otras dificultades previas.La investigación plantea así un desafío para los servicios sociales y de salud: reconocer aquellos casos en los que la partida de los hijos supone un cambio especialmente difícil y orientar a las personas que necesitan apoyo.
No obstante eso, el trabajo reconoce imitaciones importantes: la muestra estuvo integrada por 53 personas, en su mayoría de 60 años o más. De ahí a que, pese a que sus resultados resultan contundente, los autores plantean la necesidad de realizar investigaciones más amplias que permitan conocer cómo influye esta experiencia en un universo más amplio de personas, según la edad, el género, la convivencia, el estado civil y el contexto cultural.
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