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Ocurrencias: diputados golosos y peces afligidos

Por Alejandro Castañeda

Chocolate Rigau lo hizo posible. Al fin los diputados de casi todos los partidos (¿la izquierda traicionó el sistema?) se unieron tras un interés común. Es una excepción que debería ilusionarnos. Por algo se empieza. Si acordaron armoniosamente repartirse los regalos mensuales de Rigau, mañana quizá puedan alcanzar coincidencias en temas más enaltecedores. Le tomaron gustito a la coincidencia. Para qué polemizar si Rigau garantiza la unanimidad. “Todos unidos cobraremos”, es un grafitti que alardeó en el recinto cuando los diputados, sigilosamente, dieron por cerrado un caso que mostraba alevosamente cómo se recaudaba, en pleno centro y de madrugada, dietas extras para alcancías de legisladores y asociados. La Legislatura cierra todas las grietas cuando de repartir plata se trata. Cada tanto, organizan un debate, como para fingir que en algo no concuerdan, pero cuando llega el botín escondido, como si fueran una banda, silenciosamente forman una cola distributiva que permitirá disfrutar mejor los cuartos intermedios. Ante los requerimientos de la fiscal Betina Lacki y los pedidos del juez de Garantías Guillermo Atencio, resonó una carcajada en la tropa de este ejército de aprovechadores que sólo atendía a ese Papa Noel que les traía una bolsa de aguinaldos mensuales. ¿Seguirá todo igual? Encontrar a otro Rigau más disimulado, no debe ser difícil. El presupuesto inamovible y generoso de la Legislatura es un botín demasiado tentador para andar corrigiéndolo. El escándalo de a poco se va eclipsando ante los nuevos despojos que aparecen cada semana. Aunque ahora, el juez Atencio denunció a las autoridades de la Cámara de Diputados bonaerense por el presunto delito de “encubrimiento. Algo es algo.

El español Paco Umbral abogaba, sarcásticamente, por “una justa distribución de la corrupción: hace falta que todos robemos un poco y no siempre los mismos”. En el Palacio Legislativo, a mano alzada y casi en secreto, los diputados rehicieron la frase de Lampedusa: “que nada cambie para que todo siga igual”.

PECES ANGUSTIADOS

Dos peces dorados que vivían en una pequeña pecera de un restaurante de sushi de Recoleta, fueron reconocidos por la Justicia porteña como seres sintientes y sujetos de derecho, en una resolución considerada inédita para esa especie en el país. El fallo dispuso su rescate al comprobarse que permanecían en condiciones incompatibles con su bienestar. La decisión fue adoptada por el Juzgado de Primera Instancia en lo Penal, Contravencional y de Faltas N° 12, que ordenó el secuestro y traslado de los ejemplares, llamados Fede y Magui. Un peritaje veterinario concluyó que la pecera de apenas 40 litros donde permanecían les provocaba estrés y sufrimiento, aunque esos animalitos seguramente no ignoraban que había peces vecinos que corrían peor suerte en la cocina.

¿Cómo habrán llegado a ese diagnóstico esos veterinarios tan sensibles? No debe ser fácil poder distinguir, en una pecera, quién nada feliz y quien flota con su angustia a cuestas. La denuncia había sido presentada por la organización Jaulas Vacías, que solicitó tanto el rescate de los peces como su reconocimiento jurídico. Estaría bueno poder echarles un vistazo después de la terapia reparadora para poder verlos, al fin, ir y venir, dichosos y aliviados.

Esta es otra muestra de fanatismo animalista que a veces roza el ridículo Pérez-Reverte escribió que que el feminismo radical cuestiona la producción de miel con el argumento de que las abejas también son “hembras explotadas”. Y grupos de militantes veganos han promovido en España la separación de gallos y gallinas para evitar el “abuso sexual”. El filósofo Fernando Savater, por ejemplo, afirma que, desde el punto de vista jurídico y filosófico, “los animales no tienen derechos porque no tienen deberes, es decir, no están en el mundo de las obligaciones morales”.

Los proteccionistas vuelta a vuelta se exceden. Si estos peces dorados, que nadaban plácidamente en plena Recoleta y que vivían lejos de anzuelos, depredadores y redes, estaban tristones y angustiados, qué queda para los sábalos de Punta Lara que se vienen defendiendo como pueden del estrés y el sufrimiento.

Diputados que sólo atendían a ese Papa Noel que traía una bolsa con aguinaldos mensuales

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