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Ocurrencias: las golondrinas nos traen la primavera

Por Alejandro Castañeda

La primavera viene llegando. Y las golondrinas también. Su mandato y su instinto están más allá de esta peliaguda actualidad. No ignoran que a ras del suelo siempre hay buitres revoloteando. Vienen de la tierra del FMI sin otro mandato que llegar a tiempo con su préstamo de solcito para celebrar el final de un invierno donde el frío caló hondo. El hombre debe aprender la vieja moraleja que dejan estas bandadas.

Cruzaron por un continente tormentoso y no torcieron el rumbo. Desde su atalaya merodearon por montañas y selvas, esquivaron vendavales y cazadores. Y abandonaron un país opulento para hacer temporada en una zona donde la inseguridad y la incertidumbre han hecho nido

Cinco millones de golondrinas partieron hace cien días desde San Juan de Capistrano, en California. Un misterioso mandato las impulsa a repetir un viaje de más de 10 mil kilómetros por un continente donde sobran escopetas y falta comida. Viajan hacia el sol, quieren ponerse al amparo de su magnífico imperio para poder esquivar el frío de una región donde la tierra tiembla seguido por tanto escalofrío. La excursión de ellas es pura certeza: la mayoría de las que van llegando acampan en Goya, Corrientes, un destino preferido. Vinieron desde muy lejos a recordarle al hombre la mejor de sus lecciones: que al sol no hay que esperarlo, hay que ir a buscarlo. Que nada llega, que todo se puede alcanzar.

El ritual se repite cada año con una puntualidad que ni lo científicos pueden explicar. Son aves migratorias que le enseñan al hombre no sólo la inigualable sensación de libertad, sino también que conviene andar lejos del infierno de las guerras y cerca de la paz del cielo. Nadie sabe cómo se orientan, cómo vuelan cien días sin descanso, como van poniendo huevos y asegurando descendencia, mientras enfrentan vientos y tormentas, guiadas por un instinto que busca esa primavera que siempre las espera y nunca las defrauda.

Lo de esta travesía hacia tierras cálidas es un misterio que borra las estrictas fronteras entre el norte y el sur y nos viene a recordar que conviene dispararles a esos días fríos y cortos, sin flores y sin sol. El viaje de estas aves sólo aspira a rescatar tierras encarceladas de invierno. Gardel cantaba, “golondrinas de un solo verano/con ansias constantes/ de cielos lejanos”, porque su venturoso deambular deja una lección: lo malo siempre hay que dejarlo atrás, el sol es la mejor brújula y no hay que apartarse del camino elegido.

Abandonaron un país opulento para hacer temporada en una zona donde la inseguridad y la incertidumbre han hecho nido

El hombre debe aprovechar la vieja moraleja que nos traen estas bandadas. Cruzaron por un continente de terremotos y carencias; dejaron atrás selvas y ríos; atravesaron ciudades y desiertos, pero jamás cambiaron, ni el ritmo ni la ruta. Vieron los rostros ajados que deja la incertidumbre y los bolsillos tristes que trae la pobreza. Escucharon música y balazos; esquivaron tempestades y helicópteros, pero siguieron volando sin atender lo que pasa allí abajo, sostenidas por este mandato ancestral que las lleva de un continente a otro inaugurando oficialmente las primaveras. Sobrevolaron territorios de coca y de trigo, avistaron el milagro de una tierra que produce lo que daña pero también lo que cura, donde abundan los asesinos y los solidarios, una tierra donde el amor y la angustia se reparten como puede.

Y siguieron su marcha, esquivando cazadores y hambrunas, gambeteando inclemencias y depredadores, alentadas por un destino que les inculca ir hacia adelante, sin temer a lo desconocido. Han visto a los hombres pelear y celebrar, dejaron atrás silencios y estruendos, aprovecharon los caprichos del viento y de la lluvia. Su hoja de ruta es milenaria y exitosa: divulgan una metodología que honra la disciplina y repite un itinerario que le da símbolo y contenido a su travesía. Apuntan hacia adelante y no desfallecen. A cada paso confirman su apego ancestral a un rumbo que nadie discute. Y, desde sus alturas habrán visto, como dice la española Irene Vallejo, otras plagas: “el exceso de miseria y la miseria del exceso”. Con su paseo confirman que el cielo no tiene dueño y que no queda otro derrotero que empeñarse en buscar el sol. Su llegada es una celebración y un recordatorio: las primaveras traen la promesa de algún comienzo; y las golondrinas nos enseñan que siempre se puede llegar más lejos.

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