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Ocurrencias: señoras espiadas y maridos presos

Por Alejandro Castañeda

Un ex secretario penal del Juzgado Fiscal de la ciudad de Corrientes va a la cárcel por espiar a su esposa. Pablo Molina (55) dijo que ordenó escuchas ilegales porque creía que ella lo engañaba. Fue condenado en 2025 a cuatro años de cárcel. Pero estaba prófugo. Y ahora fue detenido en Chaco. El funcionario, de máxima confianza del juez Carlos Soto Dávila, atravesaba entonces una crisis con su esposa, a quien acusaba de ser infiel con un novio de la juventud. Como él la amenazó, ella lo denunció penalmente.

Dos semanas después, Molina y Soto Dávila ordenaron la intervención de la línea telefónica de la mujer y del imaginario amante. Al final, por un descuido, el persecuto se olvidó los disquetes con las grabaciones amenazantes. Y en gran parte de ellas aparece Molina insultando y amenazando a su pareja: “¿pensás que me vas a frenar con una puerta si te quiero arrancar el mate? ¿pensás que con una orden me vas a frenar? Soy un obsesivo cuando quiero”. Y quiso. Los celosos y los desconfiados se relamen en estos días con tantas escuchas dando vueltas y tanto aparatito alcahuete.

Los fiscales son por naturaleza mal pensados. Su plato preferido son los sospechosos. Allí Molina aprendió que todo es vigilable. El hombre quería seguir de cerca a su señora; como no le creía el desgano hogareño, fantaseaba que se daba los gustos con un ex. Siempre generan suspicacias los novios de ayer. Quieren volver de cualquier forma, aunque sea en la imaginación del celoso. Y Molina tenía pesadumbres difusas por sentirse un cornudo en ciernes. Sus dudas le trastornaban la rutina y no lo dejaban trabajar.

El espionaje ha perdido el aura aventurero que supo tener. Aquí los detectives se enredan sólo con infieles y estafadores. Andan rastreando más dólares y besos prohibidos que asesinos. Y espían a los ministros más que al bandidaje. Los teléfonos pinchados son los únicos que traen verdades molestas. Escuchas y delaciones perfilan el rostro demoledor de una realidad que sólo se deja ver por lo que desfigura y se filtra. Grabaciones, defensores, malandras y fiscales dominan la escena.

Los celulares de algunos suelen ser confesionarios embarrados que dejan ver pecados sin penitencias. Allí está todo encriptado y por eso cuidan más las contraseñas que la familia. La condena de este correntino tan oyente y tan mal pensado, muestra que los servidores judiciales son descreídos profesionales. Sobrepasados por las denuncias, el contacto permanente con andanzas tramposas les va perfeccionando sus recelos. Es cierto, las señoras de ahora no son como las de antes, que esperaban en casa al novio juicioso. Las de ahora aprendieron a poner sus ansias lejos del alcance de los maridos cuidadores. Hoy los suspicaces andan desorientados entre tantas redes secretas, tantos ex y tantas ganas sueltas.

Antes, atajar era más fácil. Molina sabe que los inocentes, como la natalidad, siguen perdiendo clientela. Y preocupado porque la señora andaba muy distraída, puso a su matrimonio en la pila de causas pendientes. En su desesperación recurrió a la jurisprudencia delatora para saciar su maliciosa curiosidad. Ninguna mitad de la biblioteca lo consolaba. A partir de ahí amplió su rastrillaje para tratar de recapturar un amor al que lo imaginaba huyendo y sin tobilleras. Quería saber por qué. Hurgaba en las entretelas de sus angustias. Y apeló a las escuchas y a la complicidad piadosa del juez que le dio luz verde a este marido descontrolado y violento. Molina no miraba series ni tele ni fútbol. No leía ni se reunía con amigos. Escuchaba en su casa, con venenoso placer, a su esposa y ese ex.

Los teléfonos pinchados son los únicos que traen verdades molestas

Y de alguna manera iba armando un folletín que no tenía intrigas, pero que colmaba de expectativas sus trasnoches.

Lo de espiar una traición posible le daba emoción y sobresalto a una vida arrasada por la duda. Obsesivo y perverso, seguía pinchando el móvil de su señora para no andar perdiendo tiempo en averiguaciones y chismes. Hasta que se olvidó los disquetes con las grabaciones. Y entonces, el secretario dolorido dejó asomar a un cretino que prometía palizas sin pruebas y a puro pálpito. Cantinflas le daba la razón: “No sospecho de nadie pero desconfío de todos”

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