El Colegio de Psicólogos de La Plata expresó ayer su preocupación por el aumento sostenido de las muertes por suicidio en nuestro país y llamó a la sociedad y al Estado a fortalecer los dispositivos de atención y las partidas presupuestarias destinadas a salud mental.
Desde 2022, el suicidio es la principal causa de muerte entre los 15 y 24 años y en 2024 volvió a ocupar el primer lugar entre los 25 y 34, un hecho que no ocurría desde hacía 20 años. El fenómeno no es exclusivo de nuestro país: según la Organización Panamericana de la Salud (OPS) las Américas son la única región del mundo donde la mortalidad por suicidio continúa subiendo. En Argentina el Ministerio de Seguridad contabilizó 4249 casos en 2024 y 5209 en 2025.
"La estadística cuenta, la epidemiología correlaciona pero los psicólogos trabajamos con lo que le sucede a una persona en particular", plantea el licenciado Andrés Di Prinzio, presidente del Colegio, quien aclara que hablar de singularidad no implica reducir el problema a lo individual.
"El suicidio es un problema social y las condiciones materiales de vida -desempleo, economía, soledad, violencia- pesan y se suman con otras causas múltiples. Pero además de las causas generales, siempre hay algo irreductible, propio de la historia de esa persona”, afirma.
Para el psicoanálisis, existir es ocupar un lugar simbólico junto a otros: ser hijo, madre, trabajador, alguien para alguien. El "pasaje al acto" ocurre cuando una persona se cae de esa trama de vínculos y pasa a sentirse un “resto”. En ese punto de máximo desamparo, la salida de la vida puede aparecer como la única forma de aliviar una angustia que se volvió insoportable.
Di Prinzio remarca que no existe un perfil de riesgo único ni un patrón de comportamiento universal. Buscar "el signo" que anticipe el acto suicida genera un malentendido. Sí puede indagarse, escuchar y sostener el vínculo. Preguntar a alguien si piensa en morir no induce la idea: puede aliviar. Que una persona hable de morir debe tomarse en serio siempre; el silencio, en cambio, nunca es garantía de lo contrario. La prevención -subraya el psicólogo- no puede garantizar que el pasaje al acto no ocurra. Los dispositivos de contención son imprescindibles pero si solo buscan impedir la acción material, sin leer la causa de esa angustia singular, el problema solo se posterga.
Nadie nace con ganas de vivir
Como señalan desde el Colegio, "existe la creencia de que hay un instinto natural de conservación y que quien se quita la vida lo hace contra algo que la naturaleza garantiza. Freud fue mucho más prudente: en 1910, en un debate dedicado al suicidio, dejó abierta la pregunta clave de esta cuestión: qué es lo que sostiene la vida humana. El ser humano nace en un estado de desamparo absoluto y depende íntegramente de que un otro lo alimente, lo sostenga, lo nombre, lo desee. Esa dependencia no termina: lo determina y es su condición misma de existencia".
"El ser humano no vive por un instinto, vive porque alguien lo quiso vivo y porque después se insertó dentro del sentido para poder seguir estándolo. Todo lo que concierne a una cultura -el trabajo, el arte, la religión, el amor, las instituciones, los relatos- es una construcción que intenta hacer soportable algo que en principio no lo es. Si esas construcciones dejan de donar algún sentido de futuro, si dejan de producir sentido vital, la persona va a quedar inerme frente a lo insoportable", resaltan desde la entidad profesional.
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