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200 personas luchando bajo fuego: a 49 años del incendio del Teatro Argentino de La Plata

Comenzó a construirse en 1887, a cargo del arquitecto italiano Leopoldo Rocchi: proyectó un edificio de estilo renacentista. 90 años después, cenizas

El Teatro Argentino de La Plata fue durante décadas mucho más que una sala de espectáculos: fue uno de los grandes emblemas culturales de la ciudad, un espacio de encuentro para generaciones de artistas y espectadores y una de las principales salas líricas de América Latina. Sin embargo, el 18 de octubre de 1977, un incendio devastador cambió para siempre su historia. A 49 años de aquella jornada, el recuerdo del edificio perdido convive con la memoria de sus elencos, la misteriosa supervivencia de una imagen religiosa y la construcción del complejo que hoy ocupa su lugar.

La historia del teatro había comenzado mucho antes de las llamas. En 1885, un grupo de vecinos de la joven capital bonaerense impulsó la creación de la Sociedad Anónima Teatro Argentino, con el objetivo de dotar a La Plata de una gran sala lírica y teatral. La entidad adquirió la manzana delimitada por las calles 51, 53, 9 y 10, en pleno centro de la ciudad.

Los trabajos comenzaron en 1887 y estuvieron a cargo del arquitecto italiano Leopoldo Rocchi, quien proyectó un edificio de estilo renacentista, inspirado en los grandes teatros europeos. La obra demandó cinco años y, antes de su inauguración formal, ya había recibido su primera representación artística: el 19 de noviembre de 1890 se presentó la ópera Otello, de Giuseppe Verdi, con la soprano Elvira Colonnese y el tenor uruguayo José Oxilia.

El edificio tenía cinco niveles, con palcos y galerías, y una capacidad que las crónicas históricas estiman entre 1.500 y 2.200 espectadores. Su arquitectura, la acústica de la sala y el entorno del Jardín de la Paz lo convirtieron en uno de los grandes orgullos de la ciudad. La inauguración oficial llegó en 1892, y durante sus primeras décadas recibió a figuras destacadas de la escena nacional e internacional, entre ellas la bailarina Ana Pavlova y la actriz María Guerrero.

Pero la trayectoria del Argentino también atravesó períodos de incertidumbre. Los problemas financieros de la sociedad propietaria derivaron en su quiebra y en el remate de la sala en 1910. Un prolongado litigio por cuestiones fiscales mantuvo al teatro cerrado durante un tiempo y condicionó su actividad durante años. La controversia judicial concluyó recién en 1937, cuando el Estado provincial tomó posesión definitiva de los bienes.

En medio de aquella etapa de dificultades, el coliseo todavía tuvo noches memorables. Una de ellas ocurrió el 7 de agosto de 1923, cuando el compositor y director Richard Strauss se presentó junto a la Orquesta Filarmónica de Viena. Después de una profunda reforma, el teatro recuperó actividad y sumó instalaciones que le permitieron producir sus propios espectáculos.

En 1938 se crearon la orquesta y el coro estables, cuya primera presentación fue con la ópera La Bohème, de Giacomo Puccini. En 1946 se incorporó el Ballet Estable, bajo la dirección inicial de Giselle Bohn. A partir de entonces, el Argentino consolidó una estructura artística que abarcaba desde la interpretación musical y la danza hasta los oficios necesarios para llevar una producción al escenario.

Detrás de escena funcionaban talleres de escenografía, sastrería, peluquería y maquillaje. Allí se preparaban vestuarios, decorados y elementos escénicos para las distintas producciones. Esa actividad interna era una parte fundamental de la identidad del teatro: no se trataba solamente de un lugar donde se representaban obras, sino de una institución capaz de producirlas y sostener sus propios cuerpos artísticos.

La programación continuó con artistas de renombre. En 1951 se presentó el actor y director italiano Vittorio Gassman, mientras que en 1970 fue el turno del cantante británico Matt Monro y, en 1972, del célebre mimo francés Marcel Marceau. El teatro seguía siendo un punto de referencia para la cultura platense cuando llegó el día que terminaría por cambiar su destino.

El incendio

El martes 18 de octubre de 1977, durante la tarde, el Ballet Estable realizaba un ensayo y los bailarines y trabajadores se preparaban para salir a escena. Eran aproximadamente las 14.30 cuando comenzó el incendio. De acuerdo con la reconstrucción publicada por EL DIA, un reflector habría entrado en contacto con un cortinado y desencadenado el fuego.

En cuestión de minutos, las llamas se extendieron por los cortinados y avanzaron sobre la sala principal, el escenario, las bambalinas y otras dependencias. El humo comenzó a elevarse sobre el centro platense y la noticia se propagó rápidamente por la ciudad. Desde las ventanas, algunos trabajadores intentaban rescatar vestuarios, elementos de las producciones y todo aquello que pudiera salvarse antes de abandonar el edificio.

En el interior había alrededor de 200 personas. Los equipos de rescate consiguieron evacuarlas, mientras bomberos, policías y voluntarios trabajaban para contener el siniestro. La magnitud del fuego hizo que parte del techo cediera y que las plateas, los cortinados, los decorados y buena parte de los espacios interiores quedaran destruidos.

Cuando las llamas finalmente fueron controladas, el panorama era desolador. Aunque parte de las paredes exteriores seguía en pie y algunos sectores habían resistido, la sala principal y numerosos espacios de trabajo habían quedado devastados. La ciudad había perdido una de sus grandes joyas arquitectónicas y culturales.

Las causas del incendio nunca quedaron esclarecidas de manera concluyente en las reconstrucciones periodísticas de EL DIA. Desde entonces circularon sospechas sobre la posibilidad de que hubiera sido intencional. También se cuestionó la falta de medidas preventivas: antiguos trabajadores recordaron que se habían advertido problemas vinculados con la protección contra incendios y que no existía un telón metálico que pudiera aislar el escenario de la sala. Sin embargo, esas versiones no alcanzaron para establecer de manera definitiva qué ocurrió.

La tragedia abrió una segunda discusión, esta vez sobre el futuro del edificio. Mientras artistas, trabajadores y vecinos reclamaban su recuperación, el gobierno militar optó por la demolición y la construcción de un nuevo complejo. Hubo concentraciones frente al teatro y manifestaciones con una consigna que resumía el sentimiento de quienes se negaban a aceptar la pérdida: “Reconstrucción, reconstrucción”.

Entidades profesionales, entre ellas el Centro de Ingenieros de la Provincia de Buenos Aires y el Colegio de Arquitectos, respaldaron la posibilidad de recuperar el edificio mediante informes que no señalaban fallas estructurales que impidieran su reconstrucción. Pese a esos planteos y a la oposición de sectores de la comunidad artística, la decisión de demolerlo siguió adelante.

En los días posteriores al incendio, la orquesta y el coro ofrecieron una actuación en los jardines del teatro. Aquella presentación tuvo el carácter de una despedida colectiva: el edificio había dejado de funcionar, pero sus artistas intentaban mantener viva una tradición que no podía reducirse a sus paredes. Muchos músicos habían perdido sus instrumentos y los cuerpos estables debieron buscar otros escenarios para continuar con su actividad.

Virgen de las Cenizas

En medio de la devastación quedó, además, una historia que con el tiempo adquirió un carácter casi legendario. Cuando se revisaban los restos del teatro, apareció intacta una pequeña imagen religiosa confeccionada con papel, cartón y madera. Había sobrevivido sin rastros visibles del fuego en uno de los sectores más afectados y pronto comenzó a ser conocida como la “Virgen de las Cenizas”.

La figura había sido creada cinco años antes por el escenógrafo del teatro para una producción de la ópera Tosca que nunca llegó a estrenarse. Como había quedado guardada en un subsuelo, los bailarines que pasaban frente a ella antes de salir a escena habían incorporado la costumbre de persignarse y rezar para pedir protección.

Tras el incendio, la imagen fue trasladada a la Catedral de La Plata, donde permaneció durante algunos años. En 1983 pasó al Museo y, con la reinauguración del nuevo teatro, regresó a su lugar de origen. La hija del escenógrafo que la había creado se encargó de restaurarla y, desde 1999, puede visitarse en el segundo piso del complejo actual.

Su supervivencia alimentó distintas interpretaciones. Para algunos fue un milagro; otros sostuvieron que alguien pudo haberla retirado durante el incendio y devuelto después. Ninguna de esas versiones pudo comprobarse, del mismo modo que las causas reales del siniestro permanecieron sin una explicación definitiva. La Virgen de las Cenizas quedó, así, como uno de los relatos más singulares asociados con aquella jornada.

Nuevo Teatro Argentino

La demolición dio paso a un largo proceso de transformación. En 1980 comenzaron las obras del nuevo Teatro Argentino, a partir de un proyecto seleccionado entre 71 propuestas y elaborado por los arquitectos Tomás Oscar García, Enrique Bares, Roberto Germani, Inés Rubio, Alberto Sbarra y Carlos Ucar. Los trabajos atravesaron paralizaciones y demoras, mientras las compañías estables continuaban su actividad en diferentes escenarios de la ciudad.

El centenario del teatro, en 1990, encontró a sus artistas lejos de la sala original. Para entonces, las autoridades habían alquilado el Cine Gran Rocha, donde pudieron continuar las representaciones. La reconstrucción avanzaba lentamente y la recuperación de un espacio propio seguía siendo una deuda con la tradición cultural platense.

La reapertura llegó por etapas. El 12 de octubre de 1999 se habilitó provisoriamente la sala lírica Alberto Ginastera con el ballet Tango en Gris, del coreógrafo Oscar Araiz, con música de Atilio Stampone. El 22 de mayo de 2000 se inauguró la Sala Astor Piazzolla con un concierto de música de cámara. Finalmente, el 31 de octubre de ese año quedó oficialmente inaugurado el nuevo complejo, con la representación de la ópera Tosca, de Giacomo Puccini.

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