Cuando ya en tercer grado seis de cada diez chicos argentinos tienen su propio teléfono, prohibir que se los use en la escuela parece una solución sencilla para evitar que interfieran con su educación, pero la evidencia disponible muestra un escenario mucho más complejo. Y es que si bien las políticas restrictivas efectivamente disminuyen las distracciones en clase, lo que se ve es que no parecen alcanzar por sí solas para mejorar el rendimiento escolar.
Así lo muestra un trabajo realizado por Argentinos por la Educación y la Universidad Torcuato Di Tella, que toma como base los resultados de las pruebas Aprender 2024 y una revisión de investigaciones internacionales sobre el tema. En él se expone en principio la amplia disponibilidad de teléfonos desde edades tempranas que existe ya, lo que obliga a discutir cómo regular su utilización dentro de las escuelas y de qué manera incorporarlos a las estrategias de enseñanza.
Como surge del relevamiento, el 59% de los alumnos argentinos de tercer grado posee un celular propio, mientras que un 23% utiliza el de algún familiar y apenas el 18% no tiene acceso a un dispositivo. En este sentido existen brechas según el contexto socioeconómico. El 63% de los estudiantes del quintil de mayores ingresos cuenta con celular propio, frente al 52% del quintil más bajo. Asimismo, el acceso alcanza al 61% de los alumnos de escuelas urbanas y al 48% de quienes asisten a establecimientos rurales.
En el nivel secundario la presencia de estos dispositivos es todavía mayor. De acuerdo con Aprender 2023, nueve de cada diez estudiantes tienen un celular propio, con porcentajes cercanos al 95% en Tierra del Fuego, Santa Cruz y la Ciudad de Buenos Aires.
LOS EFECTOS DE RESTRINGIRLOS
Uno de los principales ejes del estudio es el análisis de las investigaciones realizadas en distintos países sobre los efectos de prohibir o restringir el uso del celular en clase. Allí los resultados aparecen como heterogéneos. Algunos trabajos muestran mejoras en el rendimiento académico, especialmente entre estudiantes con bajo desempeño o de menores recursos, mientras que otros no detectan cambios significativos aun cuando las restricciones son estrictas.
En cambio, sí existe mayor coincidencia respecto de otro aspecto: limitar el acceso a los teléfonos reduce de manera efectiva su utilización durante la jornada escolar y disminuye las distracciones. Incluso, en algunos estudios las políticas más estrictas lograron caídas cercanas al 30% en la actividad de los dispositivos y reducciones de hasta el 80% en el uso reportado dentro del aula.
Sin embargo, los autores advierten que esos cambios de comportamiento no siempre se traducen en mejores resultados académicos. Una de las explicaciones planteadas es que, al desaparecer una fuente de distracción, los alumnos pueden reemplazarla por otras actividades ajenas al aprendizaje. Por eso, sostienen que el impacto depende en buena medida del contexto pedagógico y de la forma en que se implementen las restricciones.
LA TENDENCIA
El informe también repasa las experiencias internacionales. Según datos de la UNESCO, cerca del 60% de los países ya cuenta con algún tipo de regulación sobre el uso de celulares en las escuelas, frente a menos de una cuarta parte en 2023. Existen modelos que van desde prohibiciones amplias hasta esquemas que permiten su utilización exclusivamente con fines pedagógicos y bajo supervisión docente.
En Argentina no existe una normativa nacional unificada. El relevamiento indica que once jurisdicciones avanzaron con regulaciones propias, por lo que el 45% de las provincias cuenta con leyes o resoluciones sobre el tema, mientras que el 55% restante aún no posee un marco normativo específico. En general, las restricciones son más estrictas en los niveles inicial y primario, mientras que en la secundaria suele permitirse el uso únicamente con fines educativos.
En ese contexto el desafío no se limita a prohibir o autorizar los teléfonos, sostienen los autores del informe, sino a desarrollar políticas públicas que promuevan un uso responsable de los dispositivos y fortalecer las herramientas pedagógicas para aprovechar su potencial sin afectar los procesos de aprendizaje.
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