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Cambios en los barrios platenses y el WhatsApp como nueva vereda

La inseguridad, las jornadas cada vez más largas y la comunicación digital modificaron la forma de habitar la calle y relacionarse con quienes viven cerca. La calle perdió centralidad, pero los comercios, los clubes y los grupos vecinales todavía sostienen parte de una comunidad que busca reconocerse. Podemos escribirnos a cualquier hora, pero, ¿sabemos con quiénes compartimos paredes?
Entre La ilusión de volver a ver a los chicos jugando fuera de las casas y la vida de relaciones por WhatsApp
Jorge Capraro, “Cali”, almacenero de 121 y 34 / Gonzalo Calvelo
Pablo “Colo” Pérez. Como coordinador de La Plata Solidaria conoce bien el pulso de su barrio de siempre, Tolosa, y de muchos otros
Javier Navarrete. Vive en el barrio San Carlos y observa que algunos comercios de la 32 se mantienen como espacios de encuentro
Miguel Ángel Forte, sociólogo. Destaca el valor de recuperar el tiempo propio

alecastillo95@hotmail.com

La bicicleta apoyada contra una pared, sin cadena ni candado; la puerta abierta una tarde cualquiera; dos vecinos que alargan el mate en la vereda mientras los pibes juegan a la pelota. Para muchos, esas escenas quedaron asociadas a una forma de vida que parece cada vez más lejana, detenidas en un tiempo que casi nadie reconoce. En distintos barrios de La Plata, la calle ya no es necesariamente una extensión de la casa ni el lugar espontáneo donde se conoce al vecino. Los muros reemplazaron a las rejas, muchas compras se hacen por internet y buena parte de las conversaciones se mudó a ese grupo de WhatsApp en el que conviven la pregunta por un plomero, la foto del perrito perdido y el alerta por uno “con gorrita que manotea los picaportes”.

La metamorfosis se advierte en el relato de Javier Navarrete Ibáñez (54), un vecino de San Carlos, que llama con humor “Altos de La Cumbre” o “San Carlos Soho” a la zona comprendida entre 32, de 131 a 137. Allí todavía encuentra un centro de vida cotidiana: almacén, ferretería, club, estación de servicio, peluquería, veterinaria, taller mecánico y hasta cuatro heladerías en siete cuadras. Es el circuito donde se cruzan las novedades del barrio, desde los precios y los trabajos nuevos hasta el crecimiento de los chicos.

“En la 32 está ese tremendo espacio en común, el lugar compartido, comunitario, donde nos vemos, ‘veredeamos’ y cruzamos las mejores charlas”, describe. Sin embargo, cuando se deja atrás esa franja comercial y se avanza por las calles interiores, el paisaje cambia. Las casas bajas que antes tenían jardines, canteros y bancos para tomar mate ahora aparecen detrás de muros. Las rejas que permitían mirar hacia adentro fueron sustituidas por cerramientos y cámaras.

“Ya no hay largos diálogos entre vecinas barriendo la vereda. Hay que meterse rápido, cuidarse al sacar la basura”, cuenta. Lo que más extraña es ver a los chicos jugando a la pelota en la calle hasta última hora. La comunicación, en cambio, no se cortó: hay un grupo de WhatsApp que funciona como sistema de alerta y canal para avisar sobre personas sospechosas, mascotas perdidas, falta de agua, luminarias quemadas, basurales o baches. La conversación sigue, aunque muchas veces ya no exige abrir la puerta.

UNA VEREDA VIRTUAL

Pablo “Colo” Pérez, de 54 años, coordinador de La Plata Solidaria y durante años referente barrial de Tolosa, observa esa mudanza desde otro lugar. Hace algunos años impulsó una campaña para recuperar la vereda como espacio de encuentro y como una manera de ganar seguridad. Hoy resume el cambio con una frase: “La vereda es el grupo de WhatsApp de los vecinos”.

En los chats circulan saludos por el Día de la Madre, recomendaciones de plomeros, pedidos de ayuda y avisos cotidianos. Antes, dice, esas mismas cosas se hablaban en la puerta de una casa o en la esquina. La diferencia es que el intercambio digital puede ser rápido y útil, pero no necesariamente crea confianza ni permite reconocer a quien necesita una mano. “Es más fácil saludar a los vecinos en el grupo que salir a la vereda y conversar”, plantea. A la inseguridad se suman la falta de tiempo y una cotidianeidad cada vez más resuelta desde el teléfono.

Pérez advierte que la calle vacía se volvió una imagen habitual en sectores del casco urbano. La ausencia de gente, a su vez, reduce la posibilidad de que la presencia de otros funcione como cuidado informal. “Cuando ves a uno tomando mate en la puerta a las siete de la tarde, decís: ‘Este está re loco’”, grafica. No es solo una costumbre perdida: también se modificó la idea de qué resulta razonable hacer en el espacio público.

El cambio tampoco se explica únicamente por el miedo. La tecnología modificó la forma de comprar, trabajar, estudiar y resolver tareas que antes obligaban a salir. En el barrio Hipódromo, Jorge Capraro -“Cali” para quienes lo conocen- tiene desde hace cuatro décadas un almacén en la esquina de 121 y 34. Entró como empleado, luego compró el negocio junto con un amigo y atravesó varias crisis. Desde el mostrador vio cambiar no solo el consumo, sino también el pulso de la calle.

“Antes entraba al negocio y había cinco o seis personas esperando; constantemente había siete u ocho en el local. Ahora no hay nadie”, cuenta. Muchos clientes hacen sus pedidos por la web, WhatsApp o aplicaciones de reparto. El almacén sigue siendo un punto de referencia, pero ya no concentra la misma circulación. “La gente no sale más a la calle. Un poco porque tiene miedo y otro poco porque hace todo por internet”, resume.

EL ALMACENERO QUE TODAVÍA ESCUCHA

Cali conserva, sin embargo, una función que no se reemplaza con una aplicación. Conoce a clientes de toda la vida, a sus hijos y a sus nietos. Ellos le cuentan sus problemas y él también habla de los propios. “Hay historias que me las llevaré a la tumba”, dice, con la confianza de quien lleva años escuchando detrás del mostrador y también, cuando puede o lo cree necesario, aconseja.

Pero incluso allí aparecen señales del aislamiento. Cali recuerda el caso reciente de un vecino que encontró en la vereda el DNI del vecino que vive justo enfrente a su casa y no lo reconoció, a pesar de que los dos residen allí desde hace años. Pasa en los grupos virtuales, donde se interactúa con un número sin identidad o la foto de perfil de un paisaje o de un gato, sin saber quién es ese otro que pide o al que se le da ayuda. Probablemente, es quien está del otro lado de la pared del propio baño. La paradoja es que el chat amplía el contacto, dejando intacta la distancia.

LA SEGURIDAD COMO PUNTO DE PARTIDA

La búsqueda de tranquilidad también explica el crecimiento de formas de residencia más cerradas. Pablo, de 49 años, vivió siempre en City Bell, primero entre caminos y después detrás del Belgrano, hasta que decidió mudarse a un barrio cerrado. “Buscaba más tranquilidad al entrar, salir y vivir”, explica. La seguridad fue el motivo de la mudanza, pero no significó renunciar a los vínculos vecinales.

En su barrio actual hay grupos de WhatsApp y Telegram separados por temas: emergencias, infraestructura, ventas y mascotas perdidas. También se realizan reuniones de la asociación que nuclea a los vecinos. Conoce a la gente de su cuadra y considera que el trato es similar al de un barrio abierto. “En ambos nos une la necesidad de seguridad”, explica. En su experiencia, la diferencia entre uno y otro entorno no elimina la necesidad de organizarse ni el deseo de contar con personas cercanas.

Silvina García Capra vive en Tolosa desde 2006 y reconoce que entre vecinos se cuidan un poco más, aunque apenas conoce a muchos de ellos. En su cuadra, el punto de encuentro es un grupo de WhatsApp que surgió después de instalar una alarma vecinal. La finalidad principal es avisarse si aparece algo sospechoso. En su rol de administradora de consorcios, observa una dinámica parecida: la mayoría de los residentes no se conoce entre sí, salvo quienes comparten el mismo piso. Los chats sirven para resolver cuestiones prácticas, como recibir un paquete cuando alguien no está, mientras que las asambleas suelen reunir a los mismos de siempre.

“Un vecino encontró un DNI y no reconoció al pibe que vive enfrente desde hace años”

En ese modo de relacionarse nota también que influye la cuestión “edad”, con “jóvenes que interactúan mucho menos que el resto”.

GANAR LA CALLE

Para Miguel Ángel Forte, sociólogo y profesor vinculado a la UBA, FLACSO y al Instituto de Investigaciones Gino Germani, estos cambios afectan al mismo tiempo la subjetividad, los vínculos y el espacio urbano. Recuerda la vida en una vecindad del barrio porteño de Barracas, donde los chicos pasaban de un departamento a otro y los adultos conocían buena parte de la vida de los demás. Esa experiencia contrasta con la actualidad, en la que el encuentro presencial perdió terreno frente a los espacios virtuales.

“Los cambios en la subjetividad, con la reclusión en el yo, el narcisismo y todas las patologías de la época, hacen que los encuentros sean cada vez menos frecuentes”, detalla Forte, que, con 73 años y en su condición de baby boomer (personas nacidas entre 1946 y 1964, con la explosión demográfica post Segunda Guerra Mundial), declara haber visto “todos los cambios posibles”.

Apunta, por caso, a las transformaciones que introducen los propios vecinos: “Cuando vienen rompen todo y uno se pregunta, ‘si se mudan, ¿no les gusta el departamento que compraron, que lo tienen que reformar por completo?’ Antes no pasaba. Mi departamento está de la misma manera desde siempre”.

Pablo Pérez lo nota también en Tolosa, un tradicional “barrio de casas, hasta que llegaron los hijos y los nietos de esos propietarios, las tiraron abajo y ahora hay mucho dúplex”, con lo que eso implica: vecinos golondrina, que alquilan, viven un tiempo y se van, sin conocer a quienes viven al lado.

La pregunta por la seguridad, entonces, no se agota en alarmas, cámaras o muros. Forte sostiene que recuperar el uso del espacio público y promover proyectos de urbanización, con escuelas y otros equipamientos comunitarios, puede mejorar la calidad de vida. Es que la presencia cotidiana de personas en una plaza, una vereda o un comercio no sólo favorece el conocimiento mutuo y la solidaridad: reduce las chances del delito.

Bastaría con comparar los índices de denuncias por robos en plazas como la San Martín, Rocha o Italia antes de las últimas reformas, con los de ahora, con circulación y permanencia de vecinos que las habitan a toda hora.

No reemplaza la responsabilidad estatal frente al problema de la inseguridad, pero puede contribuir a construir entornos más habitables.

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