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Contra el olvido y la distancia: el legado de las colectividades de Berisso tiene futuro

En Berisso conviven decenas de asociaciones que, aún lejos de quienes llegaron de otros países buscando un mejor lugar, se ocupan de mantener raíces culturales. Las claves del fenómeno que contradice el vértigo actual

La coreografía del baile lleva la historia de una cultura, de un pueblo, en cada paso / Gonzalo calvelo
Las artes, un vehículo de transmisión que atrae a los jóvenes / g. calvelo
Asociación Ucraniana de Cultura Prosvita filial Berisso
Colectividad Española de Berisso

Por Redacción

Atravesar el cruce de Génova y Montevideo es, para quien habita en Berisso, cruzar hacia una dimensión donde las casas bajas, el horizonte claro y el río sostienen una estructura de pueblo que se resiste a la vorágine metropolitana. En este escenario, las colectividades extranjeras emergen contra el desarraigo, un sentimiento clave en la identidad. Las corrientes que vinieron hace más de un siglo desde Europa se mezclan con las que llegan desde Latinoamérica, con historias de migración más recientes. Este mapa local se complementa con el aporte de las comunidades indígenas ancestrales, que suman sus rasgos y formas de existir a un territorio que funciona como un caleidoscopio de costumbres, danzas y comidas tradicionales.

En Berisso hay unas 25 colectividades activas, agrupadas y coordinadas por la Asociación de Entidades Extranjeras (AEE), una institución que en forma anual organiza la Fiesta Provincial del Inmigrante. Frente al aislamiento contemporáneo, aún en su versión “digital”, las pautas tradicionales y la organización colectiva permiten superar la nostalgia a través de anécdotas de padres que recuerdan cómo las vecinas conversaban en idiomas distintos pero lograban entenderse, transformando el dolor individual del desarraigo en un reflejo compartido.

Para Cristina Kirolinko, de la Asociación Ucraniana de Cultura Prosvita, situada en Montevideo Nº 1.088, la relación con su identidad fue un proceso de descubrimiento y reafirmación. Criada en una familia donde el mandato de las generaciones anteriores, como su bisabuelo, era priorizar el idioma del país que los recibió, las costumbres ucranianas no siempre se vivieron de manera estructurada. Sin embargo, la herencia persiste en la preparación de los varenykys, en los panes de las fiestas tradicionales y en una cultura marcada por el valor del esfuerzo y la familia que trajeron desde Misiones. A los cinco años, el ingreso a la escuela Basiliana, fundada por ucranianos, y su participación en la Fiesta Provincial del Inmigrante marcaron el inicio de un compromiso que hoy define su vida. En Berisso, ese intercambio es constante; con solo ver un traje, los vecinos aprenden a identificar una nacionalidad, regiones y significados culturales profundos. Hoy, Cristina vive esta herencia desde un rol central como madre y directora del ballet infantil. Sus hijos, Tarás y Luba, llevan nombres que son una declaración de origen. “No es algo rígido, sino algo que forma parte de nuestra vida: estar cocinando varenykys o kapusta mientras tomamos mate, o escuchar a nenes de 3 o 4 años cantando canciones ucranianas”, explica. Esta mixtura natural entre lo ucraniano y lo argentino es la clave de por qué es vital sostener las raíces en un mundo que tiende a homogeneizarse. En el contexto actual, con la guerra atravesando Ucrania, la colectividad se vuelve un espacio de humanidad y empatía profunda, reforzando la idea de que la comunidad es el único lugar donde la cultura se preserva como un refugio de identidad frente a la distancia y el dolor.

La identidad en Berisso se lee en los apellidos. Érika Hovinga Cipollone, actual vocal suplente de la Comisión Directiva y ex Representante Cultural Irlandesa desde 2014, señala que allí el origen familiar es un dato que se reconoce en la cercanía y calidez de saludar al otro en la calle. Su camino comenzó en 2013, en el ballet juvenil Shamrock, en una época donde la colectividad ni siquiera contaba con sede propia, que ahora tiene en la calle 10 número 1923. Ese esfuerzo por un lugar físico define el espíritu de estas instituciones. Érika, de ascendencia italiana, entiende que las colectividades son pilares fundamentales porque sostienen la historia ante el olvido de quienes caminan por la vida sin saber de dónde vienen sus nombres. En su hogar la diversidad es una realidad cotidiana: su hija crece amando la cultura irlandesa con la misma intensidad que la ucraniana, herencia de su padre. “Eso es lo que en definitiva hace a la cultura argentina”, afirma, subrayando que la identidad no es una pureza estática, sino una convivencia de tradiciones que se eligen y se protegen.

Todos pasan por una colectividad

En Berisso, casi nadie ha pasado su vida sin transitar por alguna colectividad, ya sea por descendencia o por el interés de sentirse parte de una trama colectiva que da sentido a los oficios, las comidas de domingo y los vínculos sociales locales.

Para Carolina Segurola, la respuesta a cómo se sostienen estas instituciones es una sola: el amor. Pertenece al conjunto de baile de la Colectividad Española, con sede en calle 16 Nº 4.483, desde los 8 años. Su vínculo comenzó antes de nacer, afirma, mientras su hermana mayor Juliana ya bailaba. La historia familiar remite a su bisabuelo Regino, quien llegó solo desde Álava, dejando atrás a su familia debido a una enfermedad ocular que les impidió el ingreso al país. En Berisso encontró trabajo y refugio, y ese agradecimiento se transformó en un fanatismo sano que hoy involucra a toda la familia de Carolina en la comisión directiva y la confección artesanal de trajes. “Ser ciudadano de otro país es un sentimiento más que un lugar físico, porque el hogar es un sentimiento y no un espacio”, define.

En una realidad económica argentina que dificulta el sostén de estas instituciones sin subvenciones, es el sacrificio personal y el deseo de honrar a los que ya no están lo que mantiene viva la llama. La colectividad española abre sus puertas no solo a los descendientes, sino a todo aquel que quiera compartir la cultura. Así, la historia de un bisabuelo solitario se transforma en una red de contención para cientos de jóvenes berissenses.

el baile y sus significados

Alexia Sofía Dujmovic, de apellido griego Sotiru, sostiene que mantener las raíces helénicas es un acto de resistencia espiritual. Para la comunidad griega de Berisso, la tradición se apoya en tres pilares: la familia, la iglesia Santos Constantino y Elena.

El baile es más que una coreografía: una forma de lenguaje que conecta a los jóvenes con el ritmo de sus ancestros. En los ensayos del conjunto de baile, se enseña que cada paso tiene un significado de libertad y resiliencia, valores que los inmigrantes griegos trajeron consigo cuando buscaban un futuro en los frigoríficos locales. La mística griega se respira en el esfuerzo por mantener el idioma y las ceremonias ortodoxas, pero sobre todo en la mesa compartida. Alexia destaca que la colectividad funciona como un faro de identidad; allí, el tiempo se detiene para dar paso a la fraternidad. Al igual que en las demás colectividades, la grieta entre el pasado y el presente se cierra cuando un abuelo enseña a un nieto a cocinar o a bailar un sirtaki.

Contra el silencio y la tristeza

La historia de la inmigración también está tejida con hilos de tristeza y silencio. Alicia, hija de inmigrantes ucranianos, recuerda con nitidez el mantra de su abuela: “Ahí no vuelvo más. Ahí ya no hay nada”. Esa nada representaba la aldea rural devastada y la familia que la guerra le había arrebatado. Sus abuelos llegaron con 19 años y una hija pequeña, y aunque vivieron siete décadas en Argentina, la nostalgia fue una sombra que nunca los abandonó. Alicia reflexiona sobre la idea de que “la nostalgia se transmite hasta por tres generaciones” y observa cómo los jóvenes actuales, aun estando cronológicamente lejos de ese origen, sienten un mandato de la memoria que les impide dejar esas raíces.

En Berisso, el monte, el río y la fauna conviven con la cultura de las asociaciones extranjeras. Esa vida en comunidad le permite mantener alma de pueblo: un lugar donde los individuos se conocen y dialogan a través de sus ritos.

Aquellos que participaron activamente en las colectividades quizás lograron, como sugiere Alicia, mitigar y sublimar la tristeza del desarraigo a través del baile o el encuentro. La tradición, en este sentido, no es una mirada hacia atrás por falta de futuro, sino una forma de construir un presente menos solo, donde el origen del vecino es también parte del mapa propio. Lo que sucede en los salones de las colectividades de Berisso es un pequeño acto de rebeldía contra la fragmentación de estos días.

Mientras el mundo empuja a resolver la existencia en soledad, frente a una pantalla o bajo la lógica del consumo personal, Berisso propone el ensayo de un baile, el amasado colectivo de una receta centenaria y el sostén de una bandera que ya no representa un estado político, sino un lazo humano y una forma de estar en este mundo. Sostener la tradición es, paradójicamente, una de las formas más modernas de resistir: es elegir la compañía frente a la intemperie y la memoria frente al vacío. En el abrazo de la danza o en el silencio compartido de una conmemoración, los berissenses recuerdan que la identidad no es un destino individual, sino un refugio que solo se mantiene en pie si lo habitamos entre todos. Al final del camino, cuando el horizonte de la Montevideo parece fundirse con el río, queda la certeza de que no somos sólo individuos aislados, sino herederos de un nosotros que nos salva cada vez que decidimos no olvidar.

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