Durante décadas, el club de barrio y la parroquia fueron mucho más que lugares para practicar deportes o asistir a una ceremonia: permitían enterarse de quién estaba enfermo, acompañar a una familia ante una dificultad y sostener relaciones que se extendían fuera de sus paredes. En el recuerdo de Pablo “Colo” Pérez, esa trama cotidiana perdió fuerza, más allá de que algunas vecinas sostienen las “cadenas de oración, también por WhatsApp”, claro. Hoy, dice, la gente ya no va tanto a misa y los clubes dejaron de ser, en muchos casos, el punto de reunión de los adultos.
Pérez distingue, sin embargo, una dinámica diferente en los llamados barrios populares -donde la solidaridad es casi una obligación- y algunas comunidades evangélicas, en las que observa una recuperación de la convocatoria presencial y de la pertenencia colectiva. No se trata de una regla que abarque a todos los barrios ni de una sustitución automática de los espacios tradicionales, sino de una señal de que la necesidad de reunirse sigue existiendo y encuentra nuevos ámbitos.
Los clubes también se adaptaron a otras demandas. En el barrio Hipódromo, Jorge Capraro observa que algunos clubes reciben a muchos chicos, en parte porque sus familias consideran más seguro que estén allí antes que en la calle. El espacio sigue siendo comunitario, aunque su función se haya desplazado: de la sociabilidad espontánea de los vecinos a una actividad organizada, con horarios y adultos responsables.
SUSCRIBITE a esta promo especial