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El descontrol de los trapitos jaquea la mística familiar de Meridiano V

El concurrido playón de 17 y 71, epicentro del circuito cultural y comercial
Los recitales gratuitos son parte de la identidad de meridiano

Por Redacción

Nació con el siglo XX, en torno a la cabecera del Ferrocarril Provincial, y resucitó con el siglo XXI, merced al impulso comunitario que convirtió muchos años de soledad y olvido en un floreciente polo cultural y gastronómico. Con sus calles de adoquines, casonas recicladas en bares, ferias y espacios artísticos, el circuito de Meridiano V construyó durante décadas una identidad fuertemente familiar, pacífica y autogestionada con epicentro en 17 y 71. Sin embargo, en los últimos meses, la cara de este rincón platense se está desfigurando a partir de hechos que preocupan a vecinos, comerciantes y gestores comunitarios.

Lo que solía ser un espacio de encuentro distendido donde los vecinos y los asistentes a cursos y talleres en la estación transitaban a toda hora, y las familias cenaban al aire libre en las veredas de los diferentes locales, se fue tornando cada vez más hostil. La irrupción de una nueva generación de cuidacoches o “trapitos”, más o menos organizados en grupos que suelen entrar en conflicto, instaló un panorama en el que los episodios de violencia urbana, las amenazas, los robos menores, las dinámicas de extorsión directa, las peleas por el “territorio”, el consumo en exceso de alcohol y otras sustancias, inquietan y convierten al barrio en un escenario mucho menos amable.

Donde antes se caminaba con serenidad a cualquier hora, hoy reina el temor; y a la baja drástica de clientes que puede atribuirse a la prolongada crisis económica, se suma una creciente sensación de desprotección que ciertamente no ayuda a la convocatoria.

LA METAMORFOSIS DEL FENÓMENO

En los comienzos del “nuevo” Meridiano, la relación entre los comerciantes y quienes vigilaban los vehículos estacionados, con la extensa superficie del playón de la otrora terminal ferroviaria albergando varias filas de coches, respondía a un esquema de proximidad y sana convivencia: jóvenes de la zona y algunos de sus familiares o allegados cumplían la labor integrándose a la cotidianeidad del barrio a cambio de propinas. Algunos, incluso, hacían diferentes changas en los boliches a partir de un trato amistoso con sus encargados.

La ampliación del eje comercial, la apertura de nuevos emprendimientos, la multiplicación de la convocatoria y el paso del tiempo trajeron consigo el desplazamiento o la cooptación de los cuidadores tradicionales por parte de facciones con un liderazgo más definido y que operan con un modus operandi al borde de lo delictivo.

“Ayer pasó un episodio en particular... están pasando cosas muy heavies. Entraron a amenazar a la gente para que les diera plata, irrumpiendo como un grupito comando, porque ellos les estaban ‘cuidando’ los autos... la gente comiendo. Encima que no sobran los clientes...” El relato del propietario de una fonda de Meridiano, quien -como todos sus colegas- prefiere no revelar su identidad con precisión, alerta sobre una problemática que ya no se reduce a exigir sumas fijas bajo la intimidación implícita de rayar un auto. La tensión rompió los límites de la calle y avanzó de manera agresiva sobre el interior de los locales de comida y las mesas dispuestas en las veredas.

Donde antes las familias caminaban con serenidad a cualquier hora, hoy reina el temor

“La situación es desesperante”, sigue el emprendedor: “los muchachos se están comportando muy mal, che. Nos están robando muchísimo a todos los negocios, están amenazando a la gente, hay habitués que ya no quieren venir y gente que sale de los talleres tarde que no quiere meterse más en la boca del lobo. Sobre todo mujeres. Estamos con la asamblea del barrio, qué sé yo, pero todo cuesta. Y está influyendo mucho en la facturación... Necesitamos que alguien se mueva”.

APRIETES “A LA CARTA”

La irrupción de los cuidacoches dentro de los comercios dinamitó la histórica tranquilidad del ambiente barrial y el trabajo de los gastronómicos. Vecinos y comerciantes coinciden en que no se trata de situaciones aisladas. La violencia física, los enfrentamientos con objetos contundentes e incluso el uso de armas blancas en la vía pública forman parte del relato cotidiano de los trabajadores nocturnos. “Está terrible, terrible, terrible” menea la cabeza el dueño de otro de los bares del polo situado en el sur del casco urbano: “De hecho, hay días en que prefiero caminar varias cuadras hasta el laburo para no comerme ahí a todos los trapitos; está liberado totalmente. El otro día estaba la encargada sola a la noche, era deprimente, una mesa sola ocupada y entraban... y entraban... mirá que les decimos que no entren; pero entraban directo a la mesa. Después, la moza me contó que una mujer se lo dijo literalmente: ‘A la noche no vengo más por todos estos... Se te abalanzan, se pelean entre ellos’”.

Uno de los gestores culturales y referentes del circuito barrial completa la descripción del aciago momento. “Hemos llamado a la policía quinientas millones de veces. Y muchas veces vienen, eh. Pero son muchos, van desde el playón de 17 hasta la esquina de 18. Mafia, mafia. O sea, no son chicos pobres que cuidan y hacen un mango. No cuidan un car....; se pelean, se falopean, afanan”.

“Después, hay un par de borrachos grandes que vienen siempre y se ponen cargosos” continúa la enumeración el vecino: “el otro día teníamos uno tirado en la esquina... muy pero muy reventado, en una escena dantesca. Es decir, no sólo agreden sino que necesitan otro tipo de atención. Y llamás a la cana, y la cana le habla y no lo puede sacar, trata de convencerlo... y si no lo, deja ahí. Parece que uno es el tío de algunos de los trapitos, o algo así. La policía, mucho más que esto, en este tema no puede hacer. Alguna vez los han sacado y a las dos horas los teníamos otra vez”.

UNA CRISIS CON MUCHAS CARAS

Ante esta realidad, la actividad económica del barrio ha comenzado a achicarse. Varios comercios redujeron sus días de apertura semanal, dado que entre la “malaria” generalizada y la exposición a la violencia y las extorsiones, todo es pérdida.

“Amenazaron de muerte a uno de los dueños de un restaurante; rompieron un tacho otra vez... Había una piba con una cuchilla...” repasa el parte del fin de semana largo que pasó uno de los empresarios pioneros en la zona: “cada vez menos días abrimos, ¿viste? Yo abro jueves, viernes, sábado... Chau. Y ahora no voy a abrir los jueves tampoco. Bravísimo. El otro día pasamos por la ex garita de seguridad del barrio, que está abandonada, y adentro estaban haciendo una muestra, ¿entendés? La garita, en vez de reponer a gente para que cuide el barrio, la cedieron para que hagan una movida artística. Es tragicómico”.

“A la noche no vengo más por todos estos... Se te abalanzan, se pelean entre ellos”

“La verdad que no le veo una solución inmediata. Bueno, por lo menos este fin de semana la Municipalidad estuvo atrás nuestro, la Policía estuvo atrás nuestro y mandó algunas motos ...” reconoce otro de los miembros de la red de comerciantes de Meridiano V: “pero apenas miran para otro lado, resurge el desmadre. Entre los comercios vamos a tener que charlar también, porque nos vamos a tener que poner de acuerdo nosotros a ver qué es lo que queremos pedir y qué es lo que no.”

El circuito cultural, recreativo y gastronómico que supo resurgir de las cenizas del abandono ferroviario, creando a partir de la autogestión y el empeño nada menos que un parque público y popular y un espacio de características únicas -donde, por ejemplo, se pueden disfrutar recitales gratuitos al atardecer, al aire libre, en un entorno de belleza evocativa y valor patrimonial-, se encuentra hoy en una encrucijada.

Restablecer el uso pacífico del espacio público, garantizar la seguridad de los vecinos y visitantes y recuperar el flujo familiar a toda hora que caracterizó históricamente a Meridiano V son los desafíos a encarar antes de que la degradación ensombrezca el alma del barrio.

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