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“Qué ganas de llorar, en esta tarde gris”, escribió alguna vez José María Contursi, para poner letra a una melodía inolvidable. Tal como están las cosas en este singular invierno platense, el poeta tanguero no hubiera tenido con qué secar tantas lágrimas, porque el cielo que evocó -como metáfora del alma herida por la ausencia- se convirtió en un dato meteorológico contundente que bate todos los récords.
Agosto llegó para confirmar una tendencia que viene marcando a toda la estación fría: el cielo despejado es la excepción, no la regla. Según los registros horarios de nubosidad, la mayor parte del mes mostró cielos entre “parcialmente nublados” y “cubiertos”, incluso durante las escasas horas de luz solar que ofrece esta época del año.
Estos bloques de nubes no se presentaron como visitantes fugaces, sino como frentes que se sostuvieron durante varios días seguidos: por ejemplo, entre el domingo 2 y el viernes 7, o entre el sábado 15 y el miércoles 19-. La única tregua clara se registró entre los días 9 y 13, y este fin de semana. Las madrugadas, que por supuesto se hacen notar menos, tendieron a ser aún más grises que el resto del día.
Los datos difundidos por el Servicio Meteorológico Nacional para este invierno modelo 2026 adquieren una dimensión notable al compararlos con las estadísticas promedio oficiales del período 1991-2020 para La Plata Aero -la estación de referencia para el SMN en la Región.
En junio, la región tuvo entre doce y dieciséis días de cielo cubierto, una cifra que ya supera el promedio histórico para ese mes, de 10,6 días, y que se aproxima al máximo absoluto registrado en toda la serie: los 19 días de junio de 1992, año que además ostenta el récord histórico de nubosidad total, con un promedio de 5,7 octas, el más alto de cualquier mes en tres décadas de mediciones.
Julio rompió todas las marcas
En julio, el salto fue todavía más impactante: se superaron los veinte días de cielo cubierto, con lo que se igualó o superó el techo histórico absoluto de toda la serie, los 20 días registrados en julio de 2018, muy por encima del promedio normal de 11 días para ese mes.
No es un dato menor: julio es, según el registro histórico, el mes más nublado del año en la Región, tanto en frecuencia de días cubiertos como en promedio de “octas” (u octavas) de nubosidad, y este año no solo confirmó esa tendencia sino que la llevó a su extremo.
Agosto viene por el mismo camino: con catorce días de cielo cubierto sobre los veintiuno transcurridos hasta el momento, la proyección para el mes completo se encamina a superar largamente el promedio histórico de 10,2 días, y podría acercarse al máximo de agosto de toda la serie, los 20 días registrados tanto en 2012 como en 2018.
Uno de cada dos días del invierno en La Plata careció de un cielo mayormente despejado
Si se sostiene el ritmo actual, agosto de 2026 podría sumarse a julio como otro mes de posible récord. El antecedente más parecido es 2016, que fue el año calendario más nublado de toda la serie, con 126 días de cielo cubierto en total, combinando varios meses con valores muy por encima de lo normal.
A esto se suma que el pronóstico del SMN anticipa una significativa nubosidad para los próximos siete días, lo que reforzaría todavía más esta tendencia. Desde ya, vale considerar que los meses de invierno son, históricamente, los que menos jornadas de cielo completamente claro registran: junio y julio comparten el mínimo anual normal, con apenas 9,7 días claros en promedio cada uno, muy por debajo de meses como marzo o diciembre, que rondan los 13 y 14 días claros.
Lo cierto es que con julio ya en terreno de récord y agosto encaminado a serlo, y con nueva nubosidad prevista para los próximos días, este invierno de 2026 se perfila como uno de los más grises de las últimas tres décadas en el AMBA, con chances concretas de quedar registrado entre los períodos invernales con menos cielo despejado desde que existen estadísticas comparables.
Los registros hora por hora relevados para este informe permiten trazar una primera aproximación al fenómeno: de los 81 días transcurridos entre el 1° de junio y el 20 de agosto, cerca de la mitad -entre 37 y 43 jornadas, según una estimación basada en los mapas de nubosidad horaria- tuvieron cielos mayormente nublados o cubiertos durante buena parte del día.
ANOMALÍAS Y SORPRESAS
Esto implica que prácticamente uno de cada dos días invernales en La Plata carecieron de un cielo mayormente despejado, un patrón que, lejos de distribuirse parejo, se acentuó mes a mes: de un junio con semanas de sol sostenido, se pasó a un julio con una semana entera completamente cubierta, y a un agosto donde la nubosidad se volvió la norma antes que la excepción.
Horacio Sarochar, meteorólogo y docente de la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas de la UNLP, explica que “hay básicamente dos condiciones ligadas al pasaje de frentes. Si se trata de uno frío -algo que no se está presentando últimamente con gran intensidad-, en su zona frontal, cuando avanza aproximadamente desde el sudoeste de nuestro país hacia el noreste, hay una región de cielos cubiertos; en ese escenario se pueden dar tormentas o lluvias fuertes, y después el frente pasa y el cielo se despeja”.
“Cuando hay frentes cálidos, en cambio, que se vienen desplazando desde el norte hacia el sur lentamente” precisa el experto, “se pueden estacionar por determinadas condiciones de la atmósfera. Cuando esto pasa, se los denomina frentes estacionarios, y propician sistemas de alta presión en niveles medios de la atmósfera, donde se forman nubes de poco desarrollo vertical -entre los mil metros de base y tres mil a cuatro mil de tope-, que pueden generar precipitaciones no tan fuertes, y que permanecen en vez de irse”.
“Eso es lo que está generando en estas semanas una situación bastante anómala: los sistemas de alta presión no avanzan, y generan, en el centro y norte del país, esta nubosidad constante. A veces la atmósfera tiene estos comportamientos, ligados a patrones que llamamos ‘de bloqueo’: los sistemas se mueven muy lentamente hacia el este, cuando deberían hacerlo más rápido” puntualiza Sarochar: “Para que haya nubosidad, por supuesto, tiene que ingresar vapor de agua, algo que está garantizado cada vez que soplan vientos más o menos regulares del norte; fuertes o débiles, deben ser sostenidos. Si se dan todas estas condiciones mencionadas -con ascensos poco desarrollados y frenados en niveles medios de la atmósfera por sistemas de alta presión- se tienen cielos cubiertos. No es cierto que los sistemas de alta presión siempre estén relacionados con cielos claros y pocas lluvias: puede haber cielos cubiertos, como ocurre ahora, e incluso algunas precipitaciones en regiones amplias”.
Activo desde abril, y cada vez más intenso, el fenómeno de El Niño favoreció durante el invierno, a través de una combinación de centros de alta y baja presión, el ingreso de humedad hacia el centro de Argentina y una mayor persistencia de nubosidad y precipitaciones. La atención está puesta ahora en la inminente primavera, cuando el aumento de la temperatura y la humedad podría potenciar las tormentas, con lluvias abundantes en períodos cortos.
LAS OCTAS: UNA “PIZZA” DE NUBES
La nubosidad se mide mediante un método de observación directa que utiliza como unidad la “octa”. El observador divide mentalmente el cielo visible en ocho partes iguales, como si fuera una pizza, y estima cuántas de esas ocho porciones ocuparían las nubes si se agruparan todas en una misma zona del cielo. Así, un cielo completamente despejado equivale a cero octas, uno con la mitad cubierta de nubes equivale a cuatro, y un cielo totalmente tapado equivale a ocho octas. Cuando hay más de una capa de nubes, la estimación se hace siempre sobre la capa más alta, independientemente de lo que ocurra en las capas inferiores; si son varias capas superpuestas, el observador debe tomarse un tiempo más prolongado para distinguir, a través del movimiento relativo entre ellas, la cobertura real del cielo.
En primavera, El Niño podría potenciar las lluvias y episodios de tiempo severo
A partir de esa medición en octas se establece una escala de referencia: con cero octas, el cielo está despejado; con una a dos, ligeramente nublado; con tres a cuatro, algo nublado; con cinco a siete, parcialmente nublado; y con ocho octas, nublado. Dentro de esa última categoría existe una distinción: si la capa de nubes es lo suficientemente fina como para permitir determinar la posición del sol o luna, se considera “nublado”; si no, se clasifica como “cielo cubierto”.
“Qué ganas de llorar, en esta tarde gris”, escribió Contursi. No estaba errado. La ciencia explica que hay mecanismos biológicos concretos detrás de esa sensación. La exposición a la luz regula el reloj interno del organismo, interviene en la producción de melatonina y serotonina, y organiza los ciclos de sueño y vigilia. Por eso, cuando los días cortos del invierno se combinan con una sucesión inusual de jornadas cubiertas, como las que viene atravesando la región, no es extraño que aparezcan el cansancio, la somnolencia o una menor sensación de bienestar. No hace falta ser poeta para notarlo: basta un día de sol después de tanto gris para que el ánimo, como el paisaje, cambie de golpe.
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