Miles de capitales, pueblos y parajes remotos, conectados por el medio de transporte masivo más eficiente y seguro, el que mejor se integra con el paisaje: el tren. Parece una utopía, pero nuestro país la vio hacerse realidad, y La Plata fue uno de los nodos principales de aquel sistema, con una constelación de localidades pujantes y con identidad propia en su interior productivo. En el corazón histórico de Tolosa, entre árboles añosos y ladrillos mucho más que centenarios, el predio de los antiguos talleres donde se armaban y ponían en marcha esas locomotoras que apuntalaron a la nación conserva un espacio donde la pasión por la historia, los rieles y su barrio de pertenencia tiene su lugar: la sede del Ferroclub.
Allí hay un grupo de personas que desde hace tres décadas se dedica a una tarea que excede largamente la restauración de locomotoras, vagones y viejos elementos ferroviarios. Son los custodios de un patrimonio que no está hecho solamente de hierro, madera y chapa: también está integrado por recuerdos, historias y una forma de entender el tren que todavía conserva intacta su capacidad de fascinar.
Todo comenzó en 1996, cuando varios socios del Ferroclub Argentino -asociación civil fundada en agosto de 1972- que ya participaban de su Centro de Preservación Escalada, pero que vivían en La Plata, Berisso y Ensenada, se enteraron de que una locomotora permanecía en Tolosa y que el galpón donde estaba iba a ser demolido. “Sabíamos que existía la locomotora, pero nos enteramos de que iban a demoler el galpón y que también iban a cortar todo lo que se encontraba adentro. Así se formó el primer grupito que rescató esta locomotora, la 3166. Eso fue el puntapié inicial para que se formara un grupo de socios en Tolosa”, recordó Matías Chiodini.
Los primeros integrantes llegaron desde Escalada y poco después comenzaron a acercarse aficionados que habían conocido la existencia del Ferroclub por revistas especializadas o simplemente por curiosidad. Entre ellos estaba Carlos Di Gilio, vecino de Tolosa: “Siendo vecino de acá, sabía que había una actividad que había comenzado. Me dijeron que viniera y estuve aproximadamente desde el ‘99”.
La historia del Ferroclub es también la de un grupo que se fue renovando con el tiempo, y por lo tanto, preocupa el recambio generacional: “Tratamos de sumar más gente joven, porque cada vez somos menos los que podemos hacer fuerza”.
Después de la 3166 llegó un vagón que se encontraba dentro del predio, y la necesidad de contar con un espacio propio llevó a los socios a gestionar y obtener el viejo galpón de herrería. “Cuando el Ferroclub tomó posesión no tenía portones ni techo; había árboles, maleza y las fosas estaban llenas de petróleo hasta arriba” relatan.
El esfuerzo por mejorar el lugar marcó la filosofía del club: recuperar las piezas y, cuando fuera posible, devolverles movimiento. “Estamos pensando en un ‘trencito’, que apunta a ser turístico”, explicó Chiodini. La construcción de los nuevos talleres de los trenes eléctricos del Roca terminó cerrando la conexión ferroviaria a la red que tenían los ferroclubistas quienes entonces buscaron una alternativa para “rodar” dentro del espacio disponible.
La “trochita” de calle 3
La iniciativa, “armar un trencito interno trocha 60”, cuenta Chiodini, comenzó como entretenimiento, pero la intención es convertirla en una propuesta turística y una puerta de entrada para nuevos socios. El material combina zorras donadas y rieles de diferentes procedencias: “Después tenemos rieles ‘Decauville’, que son más chiquitos, para armar trenes, y la mayor parte de la traza la hicimos con rieles que estaban acá en el predio, que son más grandes y eran los que usaba el ferrocarril”.
La traza tendrá entre 200 y 250 metros, y partirá del galpón y llegará hasta la calle 3, donde está previsto un ‘loop’ para regresar. Ya tienen una locomotora, aunque no es histórica: “A futuro, la idea es conseguir una locomotora a vapor que pueda tirar de este mismo trencito”
Si llegara una inversión importante, las prioridades están definidas. “trataríamos de recuperar bien el techo, sobre todo la parte de canaletas, desagües y pisos”, explicó Di Gilio. Pero también existe un proyecto mayor: convertir parte del predio en un parque temático ferroviario. “El ingreso sería por calle 3 y 526; el trencito llegaría hasta ahí y volvería hacia los galpones por una zona verde. En el parque temático habría elementos ferroviarios para visitar, incluso obras de arte ferroviario”. El proyecto permitiría “recuperar algo del verde que se perdió con los nuevos talleres porque se hormigonó una enorme superficie verde”.
El gran símbolo del lugar es el tanque mirador. “Nos gustaría mucho restaurarlo, pero no lo podemos afrontar por ahora”, admite Chiodini: “tratamos de preservarlo, y evitar que la gente se acerque, porque tiene 140 años”. Entre las restauraciones más importantes encaradas por el grupo está el Guinche 529, una pieza de 1905 que perteneció originalmente al Ferrocarril Oeste y trabajó durante sus últimos años en Tolosa. Hoy, la pérdida de la conexión ferroviaria terminó dejándolo prácticamente inmóvil. “Ya no se pudo sacar más”.
También hay un vagón de 1890 ya restaurado, una casilla ferroviaria y el refugio del tradicional andén de Tolosa. “Se consiguió tal como estaba en la estación y se ubicó en el club con sus dimensiones y bancos de espera, y quedó muy bien”, destaca Chiodini.
De los 24 socios, apenas una parte participa habitualmente de las jornadas de trabajo. El esfuerzo se reparte entre las vías, el material rodante, las visitas guiadas de los sábados entre las 15 y las 18, el mantenimiento edilicio y las tareas administrativas.
En un predio con semejante antigüedad, los hallazgos son parte de la rutina. “Siempre aparece algo”, resume Chiodini: “Sabíamos que estos talleres habían sido fabricados por Otto Krause, con mano de obra francesa, pero eso era algo que habíamos leído en un libro y no teníamos evidencia”. La prueba apareció en el lugar menos pensado: “Había una puerta tapiada desde hacía por lo menos 60 años, que nunca se había abierto. Logramos abrirla y encontramos las placas originales del fabricante francés, escritas en francés, con el nombre del fabricante y el año de los galpones, 1886”.
AISLADOS, PERO NO RESIGNADOS
La construcción de los nuevos talleres ferroviarios cambió para siempre la relación del Ferroclub con las vías. “Con respecto a la instalación de los talleres de lavado y mantenimiento, nos perjudicó”, afirma Di Gilio: “Nos cerró toda la entrada de vías que teníamos al taller, al galpón nuestro. No podemos intercambiar con otro Ferroclub para muestras, vagones, máquinas, etc., porque quedamos aislados”.
Queda pendiente entonces el sueño más difícil: recuperar la salida ferroviaria. “Se puede instalar una vía, no es técnicamente imposible, pero es una inversión, y tiene que haber una decisión política. Nos han escuchado, pero aún no hemos tenido una respuesta favorable” señala Carlos Fernández, un referente histórico del club.
Por encima de las máquinas, los rieles y los edificios, existe una razón más profunda para explicar por qué un grupo de personas continúa entrando cada semana al viejo galpón de Tolosa. Es la fascinación por el tren. “Es algo que me parece que influye desde chico. Cuando uno era pequeño y estaba al lado de semejante monstruo de hierro, con solo escucharlo y verlo andar ya le vibraba algo”, reflexiona Di Gilio. “Al ver lo que ocurría en los pueblos cuando llegaba un tren, cómo se acercaban los nenes y los padres los llevaban a verlo como si fuera un gran festejo, pienso que eso ha quedado. Ha sido algo importante y sigue siéndolo en la vida del ser humano: conocer todo un país en tren es algo hermoso. Y esa sensación, aunque pasen los años y cambien los tiempos, es difícil de olvidar.”
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