La afasia es una de las secuelas con más impacto en la vida cotidiana. Según Brenda Antonela Risso, licenciada en Fonoaudiología, afecta la capacidad de hablar, comprender, leer o escribir. También pueden aparecer disartria, cuando se dificulta el control de los músculos del habla, o apraxia, cuando la persona sabe qué quiere decir pero no logra planificar los movimientos necesarios para producir los sonidos.
“No alcanza con observar simplemente si la persona ‘habla o no habla’. Es importante evaluar qué aspecto de la comunicación está comprometido”, detalla. Algunas personas tienen dificultades para expresarse, pero conservan la comprensión. Otras hablan con fluidez, aunque no encuentran las palabras.
Es que la afasia no es solamente “hablar mal”: el hecho de no poder utilizar un teléfono, pedir ayuda o expresar sentimientos, puede afectar la autonomía, el trabajo y las relaciones. En este punto, la rehabilitación trabaja la comprensión, la denominación, la producción de palabras y oraciones, la lectura, la escritura y la comunicación funcional.
Lo concreto es que la recuperación puede continuar incluso años después del ACV. “Es importante abandonar la idea de que, si durante los primeros meses no hubo una recuperación completa, ya no hay nada para hacer”, aclara Risso.
En cualquier caso, la familia siempre tiene un papel decisivo. Debe dar tiempo, evitar completar automáticamente las frases, hablar directamente con la persona y no asumir que, porque tiene dificultades para expresarse, no comprende o no tiene nada para aportar. “La persona con afasia debe seguir siendo protagonista de su comunicación”.
Después de un ACV también es habitual que aparezcan dificultades para tragar, conocidas como disfagia. Tos durante las comidas, atragantamientos, cambios en la voz después de tragar, pérdida de peso o problemas con determinadas texturas son señales que requieren evaluación.
El desafío, en definitiva, no termina cuando el paciente abandona el hospital ni cuando concluye una primera etapa de tratamiento. “No sé hasta dónde voy a recuperar”, dice Ricardo. “Lo que sí sé es que el ACV no terminó cuando salí del hospital”.
Para Sarasola, volver a vivir significa construir una “nueva normalidad”. Para Jaimes, ese significado lo define cada paciente. Y para Risso, implica volver a ocupar un lugar activo en la propia vida. No se trata de negar lo ocurrido ni de resignarse, sino de encontrar nuevas posibilidades de autonomía, participación y sentido.
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