Durante años pareció quedar relegado al fondo de los placares, junto a las máquinas de pedal heredadas, los entrañables costureros de alguna abuela, y otros saberes que cada generación pasaba a las siguientes. Pero ahora y aquí, en La Plata, vuelve a despertar el interés por aprender a coser: mujeres de distintas edades y profesiones, y algunos hombres también, se acercan poco a poco a los talleres que no paran de surgir en cada barrio. Los motivos, muchos: aprender a reparar una prenda, diseñar la propia ropa, reencontrarse con el legado de los mayores, tantear una vocación, buscar una salida laboral o, simplemente, recuperar el placer del trabajo manual en tiempos de virtualidad incorpórea.
Al mismo tiempo, la crisis económica que jaquea a la industria textil nacional -entre muchos otros padecimientos-, renueva el atractivo de los oficios: hágalo usted mismo, a su medida, barato y confiable. Los talleres se convierten así en espacios donde confluyen ahorro, creatividad y otro factor: una relación menos descartable con la ropa, a tono con muchas de las filosofías contemporáneas del “buen vivir”.
“Saber un oficio es útil y abre puertas”, sintetiza Daiana Garmendia, quien trabaja en diseño sostenible, corte y confección y dicta talleres. Su propuesta parte de una idea que atraviesa también su manera de enseñar: “Te acompaño a crear y vestir respetando al planeta y a quienes lo habitamos”. En sus talleres se encuentra con personas de perfiles muy diversos, aunque predominan las mujeres. “He tenido dos varones alumnos”, cuenta. Uno tenía 18 o 19 años, estaba en la facultad y comenzaba Diseño de Indumentaria; el otro era mayor. Entre las mujeres, hay desde jóvenes que están terminando el colegio hasta alumnas de 20 años y, después, muchas de 30, 40 años en adelante.
Algo más que una salida laboral
“Hay estudiantes de Diseño y chicas que apuntan a una futura salida laboral, pero también mujeres muy corporativas, muy de oficina, que usan el taller como para bajar unos cambios y conectar con el lado creativo, el hacer y el disfrute”, cuenta: “es una búsqueda que se repite en muchos casos”.
Para Daiana, cuyas coordenadas de IG son @karmen.oka, enseñar es una parte del oficio que disfruta especialmente. “A mí la verdad es que me encanta enseñar, lo re disfruto”, dice. Su propio vínculo con la costura comenzó muy temprano, de la mano de su madre. “Yo aprendí a coser por mi mamá, que me enseñó de bastante chica, creo que no sé ni de 11, 12 años, cuando me hice el primer molde y la primer pollera”.
Más adelante sumó otros aprendizajes: en la facultad, haciendo muestras y trabajando junto a modistas que realizaban prototipos cuando los tiempos no alcanzaban. Antes de Internet, recuerda, el acceso a esos conocimientos era diferente: “Sacabas técnicas de libros y demás o, bueno, en el mano a mano con alguien que sabía. Hoy día, el online es una muy buena opción”.
La tecnología también alcanzó las herramientas y las formas de trabajar. “Hay muchas cosas que facilitan, que hacen todos los procesos más simples y más rápidos y otras que por ahí son muy vistosas pero en los fines prácticos no resuelven tanto. A veces, menos es más; las redes pueden instalar la sensación de que para empezar a coser hay que comprar, y no es así”.
Virginia Pérez es profesora en un taller de la zona de barrio Hipódromo, y observa cómo la costura genera “un punto de encuentro entre personas con edades, experiencias e intereses muy diferentes, desde adolescentes que están terminando la secundaria hasta jubiladas, amas de casa, profesionales, estudiantes...”
En el caso de Virginia, el vínculo con la costura comenzó en la infancia, con fuerte componente familiar. “Aprendí a coser de chica, porque en casa había una máquina a pedal que usaban mi mamá y mi papá”. Gran parte de lo que sabe lo aprendió mirándolos y animándose después a probar, “jugando”.
Ese modo de transmisión familiar, dice ahora, no parece tener la misma fuerza. “Durante mucho tiempo estos conocimientos se transmitieron naturalmente dentro de las familias, pero por distintas razones ese vínculo se fue perdiendo” sentencia: “la paradoja es que muchas personas todavía conservan esas viejas máquinas de sus madres o abuelas”.
Entre quienes se acercan están los que buscan aprender a confeccionar prendas a medida, resolver arreglos y modificaciones o hacer cosas que no encuentran fácilmente en el circuito comercial. “También hay mucho interés en reciclar y transformar prendas: tomar algo que ya tienen y convertirlo en algo nuevo. Esa diversidad es algo que me gusta mucho del taller”, dice Virginia acerca del espacio barrial “De Buena Madera”, que Rosana Lofeudo coordina en 38 y 116.
“Empecé costura por la necesidad de hacer algo más creativo en lo cotidiano, algo que tenga que ver solo con el disfrute y que no me genere carga” resume Laura Leguiza, profesional platense que trabaja en la CABA desde hace más de una década. “No fue la primera opción que me vino a la mente, pero una amiga me recordó que hace mucho había ido a clases de costura y que me gustaba... parece que fue ayer pero pasaron veinte años desde esa vez”.
Recuerdos
Para Leguiza, de 42 años, el atractivo de la actividad está en sus vínculos con el juego creativo, que la conectan con recuerdos de su infancia y con su abuela. “Para mí, las clases son un remanso, tienen algo de magia, me transportan a otro mundo. Cuando estoy armando algo, ya se me ocurre otra cosa que puedo hacer, o cómo adaptar un modelo agregando o quitando detalles. Y está también la satisfacción de ver una prenda terminada, personalizada y a medida. También me recuerdan a mi infancia, cuando acompañaba a mi abuela a la academia” señala.
“Más allá de la satisfacción emocional” advierte la platense, “aprender costura tiene otros beneficios, relacionados con la posibilidad de hacer adaptaciones a prendas compradas y reciclar lo que ya tenés”.
Laura Villalba (@lav_modista) es modista, modelista e instructora. También observa que los motivos de los platenses para acercarse a la costura son variados. “Hay un poco de todo siempre”, resume, “hasta jubiladas que retoman esas ganas que habían quedado postergadas, y quienes ven en la costura una posibilidad de emprender”
“Saber un oficio es útil y abre puertas”, sintetizan las “profes” desde los talleres barriales
Villalba es la prueba de que la transmisión de los oficios no siempre sigue una línea familiar. “En muchos casos se pasan de generación en generación. En mi caso no. En mi familia no tenía nadie que cosiera”, cuenta. Sus primeros pasos fueron como autodidacta: “Clonaba ropa, copiaba ropa”. Recuerda especialmente aquellas primeras prendas que confeccionó para sus sobrinos, cuando todavía eran chicos. “Les hice pintor y también les hacía los disfraces para el jardín”, recuerda.
En su mirada, la costura ofrece múltiples posibilidades. “Para mí este oficio tiene mucho para dar”, sostiene, y destaca que la variedad de tareas posibles es amplia: “Tenés costura manual, costura a máquina, moldería manual, moldería digital, podés crear una prenda desde cero, tomar una prenda, arreglarla, repararla, transformarla...”.
“Se crea un punto de encuentro entre personas con edades e intereses muy diferentes”
La explicación está también vinculada, se subraya, con la economía cotidiana. Cuando comprar una prenda nueva se vuelve difícil, aparece la pregunta por aquello que ya se tiene: “Uno es como que recurre siempre primero al arreglo antes que salir a comprar una prenda para la que por ahí no nos da el presupuesto”. Y entonces, dice, surge otra posibilidad: “¿Qué puedo hacer con lo que tengo? Lo arreglo, le pongo una actualización, lo ‘edito’”.
Para Daiana Garmendia, todo es parte de un fenómeno más amplio: la costura parece estar recuperando un lugar en la vida cotidiana. Y esa vuelta también expresa un regreso a determinados valores y prácticas. Virginia Pérez coincide, y ve algo más profundo aún: “creo que es importante recuperar el valor del oficio en sí mismo. Nos brinda autonomía, nos deja crear, resolver y reparar, pero también puede devolver algo invalorable: el tiempo y el disfrute de hacer algo con nuestras propias manos”. Por eso, considera que el valor de un taller de costura no se agota en el aprendizaje de una técnica. “Es un espacio para aprender haciendo. Compartir con otros. Y recuperar el placer de hacer todas estas cosas, pero a nuestro propio ritmo”.
SUSCRIBITE a esta promo especial