Que los hijos permanezcan en el hogar familiar después de la mayoría de edad no implica, por sí mismo, un problema. Las dificultades aparecen cuando la convivencia deja de favorecer la autonomía o cuando los vínculos se organizan alrededor del temor, la culpa y la sobreprotección.
El psicólogo Mel Gregorini advierte que, en algunas familias, los padres intentan resolver cada dificultad de sus hijos y terminan debilitando sus posibilidades de desenvolverse por sí mismos. En otros casos, los jóvenes sienten que no pueden irse o que no saben cómo hacerlo, mientras los padres creen que no están preparados para enfrentar la vida adulta.
“Cuando se quiere independizar, la persona hace todo para lograrlo. Estudia, practica deportes, tiene vida social, sale de la casa. Cuando no pasa esto, vemos que empiezan a prevalecer los temores, porque muchas veces pasa que en el afán de los padres por sobreproteger neutralizan la actitud de independencia y se genera un conflicto importante a nivel intrapsíquico”.
La psicóloga Nadia Alaguero propone observar la finalidad de esa convivencia. Una relación saludable permite que cada integrante tome decisiones personales, laborales y económicas, con límites claros y respeto por los espacios individuales. En cambio, cuando aparecen el miedo a la soledad, la culpa por alejarse o el boicot inconsciente a la independencia, puede haber una dificultad para aceptar los cambios.
La situación económica agrega una complejidad concreta. Alquileres, servicios, alimentación y transporte pueden volver inviable una mudanza incluso para jóvenes que trabajan, estudian y cuentan con herramientas para organizar su vida.
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