Las imágenes recorrieron el mundo en cuestión de horas. Ciudades destruidas, edificios reducidos a escombros y una superficie terrestre que, literalmente, cambió de lugar. Los terremotos gemelos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron a Venezuela el pasado 24 de junio dejaron un saldo devastador desde el punto de vista humano, pero también aportaron una de las evidencias científicas más impactantes de los últimos años: gracias a los satélites Sentinel-1 de la Agencia Espacial Europea y a investigaciones desarrolladas junto a la NASA y el Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología de Italia (INGV), los especialistas comprobaron que algunos sectores del terreno llegaron a desplazarse hasta 4,49 metros a lo largo de la falla geológica.
La escena resulta difícil de imaginar. Un territorio que modifica su posición en cuestión de segundos parece propio de una película de catástrofes, pero ocurrió en la realidad. Las imágenes satelitales mostraron con precisión cómo la corteza terrestre se deformó durante el terremoto, permitiendo medir cada centímetro del desplazamiento mediante interferometría radar, una tecnología que compara imágenes obtenidas antes y después del evento.
El fenómeno despertó inquietud mucho más allá del Caribe. En Argentina, especialmente entre los habitantes de la provincia de Buenos Aires, comenzaron a surgir preguntas inevitables. Si un terremoto puede mover la superficie varios metros en otro país, ¿podría suceder algo parecido en el Gran La Plata? ¿Existe la posibilidad de que un sismo modifique de forma abrupta las costas de Berisso, Ensenada o Punta Lara? ¿Podría alterarse incluso el mapa de la Región?
La respuesta de la comunidad científica es clara y contundente. Aunque la Tierra nunca permanece completamente inmóvil y existen procesos geológicos activos debajo del territorio bonaerense, un terremoto capaz de desplazar varios metros el suelo o cambiar bruscamente la geografía costera del Gran La Plata es, según el conocimiento científico actual, un escenario extremadamente improbable.
Una región asentada sobre uno de los bloques más estables del continente
La diferencia fundamental entre Venezuela y la provincia de Buenos Aires está debajo de nuestros pies. Mientras el norte de Sudamérica se encuentra sobre el límite entre placas tectónicas activas, donde enormes cantidades de energía se acumulan y se liberan mediante grandes terremotos, el territorio bonaerense forma parte del denominado Cratón del Río de la Plata.
El proceso que hoy modifica la geografía del Gran La Plata no ocurre de manera violenta
Se trata de uno de los bloques continentales más antiguos y estables de América del Sur. Su basamento geológico tiene cientos de millones de años y prácticamente no experimenta las deformaciones que caracterizan a las zonas ubicadas sobre los límites entre placas tectónicas. Esa estabilidad explica por qué la actividad sísmica en la región es muy reducida.
El Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES) ubica a la provincia de Buenos Aires dentro de la Zona 0 de peligrosidad sísmica, la categoría de menor riesgo del país. Esto significa que las fallas geológicas presentes en el subsuelo bonaerense carecen de la energía acumulada necesaria para producir desplazamientos superficiales comparables con los registrados recientemente en Venezuela o con los que habitualmente ocurren en Chile, Perú o Japón.
Los especialistas coinciden en que el escenario de una fractura que modifique de manera instantánea la costa del Río de la Plata pertenece más al terreno de la ficción que al de la geología. La estructura tectónica regional simplemente no posee las condiciones necesarias para generar un fenómeno de semejante magnitud.
LA FALLA DEL RÍO DE LA PLATA EXISTE Y CONTINÚA BAJO VIGILANCIA CIENTÍFICA
Que el riesgo sea muy reducido no significa, sin embargo, que el subsuelo permanezca completamente inmóvil. Debajo del enorme estuario que separa Argentina y Uruguay se encuentra la denominada Falla del Río de la Plata, una estructura geológica cuya actividad ha sido documentada desde hace décadas.
Su comportamiento es monitoreado permanentemente por el Observatorio Sismológico de la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas de la Universidad Nacional de La Plata, junto con investigadores del CONICET y otros organismos científicos nacionales. Los registros demuestran que, aunque de forma muy esporádica, la región experimenta movimientos sísmicos.
El episodio más conocido ocurrió el 5 de junio de 1888. Aquel día un terremoto estimado en magnitud 5,5 tuvo su epicentro en el Río de la Plata y fue sentido tanto en Buenos Aires como en La Plata, generando incluso pequeñas anomalías en el nivel del agua que algunos especialistas consideran un modesto tsunami.
Más de un siglo después, el 30 de noviembre de 2018, otro movimiento sísmico sorprendió a miles de vecinos del Gran La Plata y del sur del conurbano bonaerense. El temblor, de magnitud 3,8, se originó a unos 19 kilómetros de profundidad dentro del antiguo cratón y fue percibido claramente por la población. Aunque provocó preocupación y numerosas consultas, no produjo daños estructurales ni modificaciones visibles del terreno.
DESDE BERAZATEGUI TAMBIÉN SE REGISTRÓ EL TERREMOTO VENEZOLANO
La conexión entre ambos países quedó demostrada por otro hecho poco conocido. El Observatorio Argentino Alemán de Geodesia (AGGO), ubicado en Berazategui y administrado conjuntamente por el CONICET y la Agencia Federal de Cartografía y Geodesia de Alemania, registró con sus instrumentos el paso de las ondas sísmicas generadas por los terremotos venezolanos.
Los sismómetros de alta sensibilidad instalados allí detectaron la energía liberada por los terremotos apenas minutos después de ocurridos, pese a que el epicentro se encontraba a más de 5.000 kilómetros de distancia. Para los investigadores fue una demostración de cómo las ondas sísmicas pueden atravesar el interior del planeta y ser registradas incluso en regiones consideradas de baja peligrosidad.
La doctora Romina Galván, especialista en Geofísica de la Universidad Nacional de La Plata, explicó que el fenómeno venezolano constituyó un caso poco habitual de “doblete sísmico”: dos terremotos de magnitudes muy similares ocurridos con apenas unos segundos de diferencia, producto de una rápida redistribución de esfuerzos dentro del sistema de fallas.
Especialistas dicen que hay escenarios que pertenecen más a la ficción que a la geología
Mientras tanto, en la histórica Estación Sismológica La Plata, perteneciente a la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas de la UNLP, los investigadores continúan registrando cada movimiento que ocurre tanto en Argentina como en el resto del mundo, manteniendo una tradición científica iniciada hace casi un siglo.
EL VERDADERO FENÓMENO QUE SÍ ESTÁ CAMBIANDO LA GEOGRAFÍA REGIONAL
Paradójicamente, el proceso que hoy modifica la geografía del Gran La Plata no ocurre de manera violenta sino casi imperceptible. No responde a terremotos, sino a un fenómeno conocido como subsidencia.
Diversas investigaciones publicadas de la Universidad Nacional de La Plata y conservadas en el repositorio SEDICI advierten que amplios sectores costeros de Berisso y Ensenada, ubicados apenas entre dos y cinco metros sobre el nivel del mar, experimentan hundimientos progresivos del terreno.
La subsidencia puede tener origen natural, debido a la compactación de los sedimentos que conforman la llanura costera, pero también puede acelerarse por la actividad humana. La extracción intensiva de agua subterránea, el peso de grandes infraestructuras industriales y urbanas, junto con las modificaciones realizadas sobre el terreno durante décadas, favorecen pequeños hundimientos que, aunque se miden apenas en milímetros por año, terminan acumulándose con el paso del tiempo.
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