Sigmund Freud entendía la amistad como un tipo de amor en el que los impulsos sexuales (libido) se desvían hacia un fin no sexual, como el afecto, la camaradería o el trabajo intelectual. Para el padre del psicoanálisis, este vínculo tiene como base la identificación con el otro. Dicho de otro modo, nos hacemos amigos de quienes comparten nuestros ideales, valores o rasgos, lo que permite proyectar parte de nuestro propio narcisismo en el amigo. Entiende el psicoanálisis que la capacidad de amar y mantener lazos amistosos es un indicador clave de salud mental y equilibrio emocional.
Jorge Luis Borges también exaltaba los valores de este tipo de vínculos. Afirmaba que la amistad no requiere de frecuencia, ya que se puede tener amigos íntimos a quienes apenas se ve un par de veces al año, y hasta sostener el cariño más allá de la muerte. Decía el genial escritor que, a diferencia del amor -lleno de dudas que vuelven a un solo día de ausencia en un infierno-, la amistad trasciende la necesidad del contacto continuo.
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