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¿La ciencia en Argentina hace agua?

Sala de la Biblioteca. Parte del piso cubierto y distintos recipientes para contener las goteras

Por Osvaldo Civitarese *

A lo largo de unas cinco décadas, lapso mediado desde mi graduación en la UNLP hasta el presente, he sido testigo de innumerables reclamos respecto a la situación de la investigación científica en el país, al financiamiento de dichas actividades, etc. También he sido testigo de innumerables reformas al sistema, tanto en organismos del estado nacional como provinciales, todas ellas tendientes a la mejora de las condiciones de trabajo, a la formación de investigadores y a la promoción de actividades científicas con aplicación social.

Varias de estas iniciativas y reformas fueron encaradas de manera burocrática, no siempre atendiendo a las condiciones reales de trabajo, multiplicando secretarías, centros de administración, creando y eliminando ministerios, etc.

Otras iniciativas, en cambio, fueron positivas, entre ellas la creación del Observatorio en Córdoba, de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Técnica (ANPCyT), y de institutos dependientes del CONICET. La constante en todas estas estructuras ha sido la insuficiente financiación.

De esta manera, la imagen que la sociedad adquirió de los investigadores se limitó a algunos ejemplos aislados de científicos relevantes que obtuvieron resultados de alto impacto en condiciones que bien pueden calificarse de caricaturescas y/o patéticas, tal el caso de las famosas sillas atadas con alambre y demás condiciones extremas.

En el día a día, gran parte, sino todos los que nos dedicamos al trabajo de investigación científica, hemos suplido, cuando se pudo y con dinero propio, las necesidades inherentes al trabajo. En otras épocas, la intolerancia política desde extremos brutales como el secuestro y la desaparición de investigadores hasta la expulsión de universidades e institutos por razones ideológicas, se sumó a las limitaciones en financiación, conduciendo ambas circunstancias a la migración de científicos, a la desaparición de líneas de trabajo y al abandono de la actividad, con el consecuente atraso en materia de competitividad y conocimientos de última generación. La consecuente baja de nivel reemplazó las evaluaciones rigurosas por cuestionables consideraciones basadas en permanencia y en burocracia.

Algunos, muy pocos, tanto individuos como grupos, consiguieron mantenerse en el tiempo con razonables niveles de excelencia. Tal el caso de la CNEA, que también ofreció lugar y posibilitó la continuidad del trabajo de investigadores provenientes de ámbitos sometidos a tensiones extremas, como las que pasaron la UBA, la UNLP y otras universidades en épocas oscuras.
Ahora bien, nada de esto es nuevo y el lector puede preguntarse ¿a título de qué viene todo lo dicho?

Pues bien, es algo que la persona de la calle conoce muy bien. Si algo perjudicial o conflictivo, que puede ser pequeño al comienzo, en cualquier orden de la vida, tanto personal, como económico, etc., no se soluciona, tal situación se agravará con el tiempo hasta tornarse imposible de solucionar.

Como ejemplo de la falta de interés en el estado de la ciencia, y espero que el lector interprete lo que sigue como una imagen ilustrativa y no como una mera banalización del tema que nos ocupa, describiré algo que ocurrió el viernes 31 de julio, en ocasión de la reunión mensual de la Academia Nacional de Ciencias Exactas Físicas y Naturales (ANCEFN), fundada por Sarmiento en 1874, en el histórico Edificio de las Academias, en zona de la Recoleta.

La Academia ha bregado desde su fundación por el mejoramiento de las condiciones de trabajo, en el marco de la debida excelencia académica.

Solo que ese día, los académicos presentes hemos tenido que olvidarnos por un momento de las fronteras de la ciencia para ocuparnos en contener las goteras y el flujo de agua proveniente de los techos derruidos del histórico edificio de las academias en Bs.As. (ver las imágenes adjuntas).

Este es el mejor ejemplo de lo dicho: lo que comenzó como una insignificante filtración terminó derrumbando un cielorraso, otro tanto ha ocurrido con los reclamos por mejores condiciones para el trabajo científico en Argentina, la desatención a tales pedidos durante décadas ha llevado a la situación actual.

Sobran las palabras, creo que estas son las mejores y más patéticas imágenes del estado de la ciencia en Argentina.

* Miembro titular de la Academia Nacional de Ciencias Exactas Físicas y Naturales, Profesor Emérito de la UNLP e investigador superior del CONICET

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