A los 16 años, Mariana Díaz tuvo su primer auto, uno muy particular que reúne miles de historias: un Fiat 600. Creció en Ringuelet, aprendió a “meter mano” en la mecánica y convirtió aquel pequeño vehículo en su compañero de aventuras. Décadas después, la historia vuelve con aura de una felicidad que tiene presente: su hijo en el asiento del acompañante, riendo.
“Tengo 49 años. Cuando cumplí 15, mis papás me regalaron una moto. Con mis amigas salíamos para todos lados” contó Díaz y apuntó que un año después llegó el auto que marcaría su vida: un Fiat 600. “Lo bauticé El Confite”, recordó Díaz.
Su padre era fierrero y ella siguió ese camino. “Primero aprendí a hacer la instalación eléctrica. Después le instalé la radio y los parlantes”, contó. También se animó con la mecánica. “Se me rompió la bomba de nafta y, como mi papá no lo llevaba a arreglar, abrí el motor, me fijé cuál era y me animé a cambiarla”, explicó. Con pega juntas que le prestó un vecino taxista y sus propias herramientas, logró repararla.
Los domingos tenían su ritual. “Nos subíamos al Confite e íbamos con amigos a Punta Lara. Autos, música, charlas. No necesitábamos mucho más”, recordó.
El “Fitito” también la acompañó durante su adolescencia y en sus años de facultad, pero a los 22 sus padres lo vendieron. “Para mí fue durísimo. Lo amaba. Sentía que se iba una parte de mi historia”, admitió.
En 2021, tras la muerte de su mamá, pudo recuperar aquel recuerdo. Una vecina tenía un Fiat 600 guardado en un garaje. “Ella también lo amaba, pero ya no podía ocuparse de él. Se lo compré y así empezó un nuevo proyecto, esta vez con mi papá”, relató.
La restauración llevó más de cinco años. Martín y Esteban Louge, mecánicos de Ringuelet, trabajaron en el motor y Juan, pintor de oficio, en la carrocería. “Fue un proyecto de muchos. Poco a poco, El Confite volvió a la vida”, señaló.
Hoy, Díaz trabaja en tecnología informática y realiza esculturas. Se define como “fierrera” y cuenta que le gusta “arreglar cosas y meterle mano”, aunque aclara: “No soy mecánica. Lo hago porque me gusta y me encanta el Fitito”.
Ahora comparte esa pasión con su hijo, de casi cinco años. Los sábados salen a pasear: “Bajamos las ventanillas, entra el viento, nos despeinamos y nos reímos a carcajadas”. Desde las veredas también llegan los saludos. “Un Fitito nunca es solamente un auto. Es una pequeña máquina del tiempo”, resumió.
Ahora, “El Confite” estará en el 22° Encuentro Nacional de Fiat 600 en la República de los Niños, del viernes al lunes. “Es para juntarnos, viajar, hacer amistades y disfrutar del auto”. Esta vez, junto a su hijo.
SUSCRIBITE a esta promo especial