En las carteleras de La Plata ocurre algo que hasta hace algunos años parecía impensado para buena parte de los cinéfilos: encontrar una película en idioma original es cada vez más difícil. Actualmente hay unas 20 películas en exhibición, con 92 funciones distribuidas en distintas salas de la Ciudad y cerca del 73 por ciento se proyectan dobladas al castellano.
La tendencia no es exclusiva de la capital bonaerense. Según datos de la industria cinematográfica, alrededor del 80 por ciento de las funciones que se exhiben en Argentina se ven dobladas. El fenómeno atraviesa edades, géneros cinematográficos y formatos de consumo, además de abrir interrogantes que van mucho más allá de una simple preferencia lingüística.
¿Se trata de una cuestión de comodidad? ¿De un cambio cultural? ¿O de una transformación más profunda en la forma en que las personas procesan la información audiovisual?
Para el médico especialista en Psiquiatría y Psicología Médica Diego Sarasola, el fenómeno tiene raíces mucho más complejas que una moda pasajera.
“Creo que asistimos a una reconfiguración neurobiológica en las estrategias de asignación atencional, y no ante una simple fluctuación de preferencias culturales”, sostiene. Según explica, el cerebro contemporáneo se encuentra inmerso en un ecosistema saturado de estímulos donde predominan la velocidad y el procesamiento simultáneo de información.
En ese contexto, ver una película subtitulada implica un esfuerzo adicional. “El cerebro humano funciona bajo un presupuesto metabólico estricto y optimiza constantemente el consumo de energía. Ver una obra cinematográfica en su idioma original con traducción escrita impone una penalización atencional constante, que el aparato psíquico interpreta como un estresor de baja intensidad”, afirma.
La explicación encuentra eco en hábitos cada vez más frecuentes. Ver una serie mientras se responde mensajes, consultar redes sociales durante una película o alternar permanentemente entre pantallas son conductas que se volvieron cotidianas.
Para Sarasola, el auge de las redes sociales y de los formatos breves también juega un papel central. “La exposición crónica a narrativas hiperfragmentadas produce alteraciones medibles en la dinámica neurocognitiva y acorta los bloques de atención sostenida”, señala. Frente a una película de dos horas, la lectura permanente de subtítulos puede convertirse en una exigencia que muchos espectadores prefieren evitar.
LA FALTA DE ATENCIÓN
Una mirada similar aporta el realizador audiovisual platense Hernán Moyano, quien observa el fenómeno desde el otro lado de la pantalla. “No me sorprende que cada vez más películas sean dobladas porque es una tendencia en todo el mundo y tiene que ver con la falta de atención cada vez más grande del público”, afirma.
Para el director, el cambio comenzó a hacerse evidente con la expansión de las plataformas de streaming. “La posibilidad de poner pausa, retomar más tarde y hacer varias cosas al mismo tiempo modificó la forma de mirar. Esto está vinculado también con el desarrollo de la telefonía celular. Mucha gente ve una película o una serie mientras presta atención al teléfono”, explica.
Esa conducta doméstica, sostiene, terminó trasladándose a las salas tradicionales. “Según los datos que manejan las plataformas, la mayoría de los usuarios activa el doblaje porque mientras tanto hace otras cosas. La gente ya no quiere leer, ni que las películas tengan demasiado subtexto o un nivel muy complejo”, asegura.
Las opiniones de los espectadores reflejan que el fenómeno no responde a una única causa.
“VOY AL CINE A RELAJARME, NO PARA LEER”
Mariana G., de 38 años, empleada administrativa y madre de dos hijos, forma parte de quienes eligen el doblaje sin dudarlo.
“Siempre elegí las películas dobladas. Voy al cine para relajarme y meterme en la historia, no para estar pendiente de leer. Además, muchas veces voy con mis hijos y es más cómodo para todos”, cuenta. Y agrega: “El doblaje actual tiene muy buena calidad y me permite prestar más atención a la imagen, a los detalles y a la acción”.
Una postura similar expresa Carlos M., jubilado de 67 años. “Nunca me acostumbré a los subtítulos. Me cuesta seguirlos, sobre todo cuando hay escenas rápidas o diálogos muy intensos. Desde que aparecieron más películas dobladas volví a ir al cine con frecuencia”, relata. Para él, la discusión suele cargarse de prejuicios. “A veces parece que preferir el doblaje fuera una falta de cultura, pero no lo veo así. El cine es entretenimiento y cada uno debería poder disfrutarlo de la manera que le resulte más cómoda”.
El especialista Diego Sarasola coincide en que el doblaje también puede cumplir una función inclusiva. Es que facilita el acceso al contenido audiovisual para personas mayores, espectadores con dificultades de lectura o quienes simplemente buscan una experiencia más relajada.
“LA VOZ ES CLAVE”
Adrián Ortíz (47), programador de 200 salas de todo el país, declaró recientemente que, por año, se estrenan en Argentina alrededor de 350 películas, de las cuales “más del ochenta por ciento (de las funciones) se ven dobladas”, aunque también depende del género y del lugar donde se estrena. Por ejemplo, detalló, “el 90 por ciento de las películas subtituladas se ve en Buenos Aires, en salas específicas como el Multiplex Belgrano, Cacodelphia, Lorca, varios horarios del Cinemark Palermo y del Patio Bullrich, alguna sala del Unicenter y del Cinemark Abasto”.
Ese es el público que ve con preocupación la reducción de funciones subtituladas.
“Para mí, una película no es solamente la historia que cuenta, sino también la interpretación de los actores. La voz es parte fundamental de esa actuación”, sostiene Federico, abogado de 58 años que vive en la zona de Plaza Islas Malvinas.
“CUANDO ESCUCHO UNA PELÍCULA DOBLADA NO ME GUSTA”
Su rechazo al doblaje es absoluto. “Cuando escucho una película doblada no me gusta para nada. Incluso a veces parece una película en broma, como si le restara seriedad”, afirma. Además, lamenta que las opciones en idioma original sean cada vez más escasas. “Cada vez encuentro menos funciones subtituladas y más opciones en castellano. En esos casos directamente decido no ir al cine y esperar a que la película llegue a alguna plataforma”.
La docente y aficionada al cine Lucía R., de 29 años, comparte esa preocupación.
“Me preocupa muchísimo esta tendencia. Siento que cada vez es más difícil encontrar funciones subtituladas. Para mí, la voz es una parte fundamental de la interpretación. Hay matices, acentos, silencios y formas de hablar que se pierden”, sostiene.
También Federico P., arquitecto y cinéfilo de 54 años, considera que el problema no es la existencia del doblaje sino la falta de alternativas: “Antes uno podía elegir; hoy muchas veces no. Cuando escucho a actores británicos, franceses o italianos, siento que el idioma forma parte de la identidad de la película”, explica.
Moyano advierte que la pérdida no se limita únicamente a las voces. “Hoy podemos ver las películas respetando el encuadre original gracias a las nuevas pantallas, pero perdemos la inflexión de las voces, la intención de los actores y muchos matices que forman parte de la obra”, señala.
Aun así, reconoce que existen géneros donde el doblaje genera menos resistencia. “La animación y el cine familiar históricamente llegaron doblados. Ahí hay un acostumbramiento que hace que el impacto sea menor”, explica.
En la vida cotidiana, las diferencias de preferencias incluso generan negociaciones familiares. Adela, psicóloga de 53 años, cuenta que en su casa el tema suele discutirse antes de cada película. “Para mirar series o películas en pareja negociamos, porque a él le gusta verlas dobladas porque le da fiaca leer y a mí escuchar el idioma original”, comenta.
Noemí, periodista de 55 años, admite una contradicción personal. “Mi novio las ve dobladas porque le da fiaca leer. A mí el audio original me distrae la vista porque siento que leyendo subtítulos me pierdo fotografía y música”, explica. Aunque reconoce que algunos doblajes son deficientes, considera que la experiencia visual gana protagonismo.
LA ESTIMULACIÓN COGNITIVA
Mientras tanto, la ciencia aporta otro dato interesante al debate. Sarasola sostiene que ver películas subtituladas puede constituir una forma de estimulación cognitiva.
“El consumo regular de productos audiovisuales en versión original con subtítulos constituye un potente ejercicio de estimulación cognitiva”, afirma. Según explica, obliga al cerebro a coordinar simultáneamente el reconocimiento de sonidos, la lectura y la interpretación conceptual, fortaleciendo mecanismos vinculados con la flexibilidad cognitiva y la atención.
La discusión, entonces, parece estar lejos de resolverse. Entre quienes privilegian la comodidad y quienes defienden la fidelidad artística, las salas de cine reflejan una transformación más amplia que atraviesa a toda la cultura digital.
A aquellas personas a las que la sobrecarga de estímulos digitales en redes sociales redujo su capacidad de atención y, por lo tanto, les cuesta seguir una película subtitulada, los especialistas les recomiendan reeducar sus circuitos visuales mediante una transición biológica gradual:
Fase 1 (habituación): comenzar con contenidos de corta duración (series de 20 a 30 minutos) en idioma original y subtítulos en español.
Fase 2 (inmersión dialectal): consumir largometrajes cuya lengua original les resulte familiar o estén estudiando, disminuyendo la velocidad de la traducción mental.
Fase 3 (desconexión): retirar los dispositivos móviles de su campo visual durante el visionado para evitar que la red de atención dividida sabotee la fijación ocular en la pantalla.
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