El 4 de octubre de 1976, La Plata amaneció con una noticia extraordinaria. El día anterior habían nacido en una clínica de 2 y 41 los primeros cuatrillizos de la ciudad, en un tiempo sin ecografías que lo anticiparan y con una mamá de 28 años que pasó todo su embarazo convencida de que esperaba un solo hijo. Encima, con mal pronóstico. Es que la panza de Graciela Rigotti (28) no era normal, como tampoco los resultados hormonales de los análisis de laboratorio. Recién a los siete meses una radiografía permitió descubrir que no había uno, sino tres bebés. Y al día siguiente, ya en la sala de parto, se enteraron de que en realidad eran cuatro.
Ana Gabriela, Rogelio Martín, Ana Laura y Juan Francisco Blesa se preparan ahora para celebrar sus 50 años, o el bicentenario -como les gusta decir por la sumatoria de sus edades-, convertidos en adultos con vidas propias, aunque unidos por un vínculo que nació antes que ellos mismos, en una historia familiar extraordinaria.
Cuando Graciela quedó embarazada, en marzo de 1976, ya era madre de Fernanda, de 6 años; Pablo, de 4; y Adriana, de 2. Tenía una beca de investigación en la Facultad de Ciencias Exactas de la UNLP y su marido, Miguel Angel Blesa, era profesor universitario.
Los controles de aquel embarazo eran propios de esa época. No existían las ecografías como las conocemos ahora y los médicos escuchaban los latidos “con una especie de corneta”, recuerda Graciela. En su caso, aquella escucha parecía indicar que había un solo bebé, porque “los cuatro corazoncitos latían al unísono”, concluirían después. Los análisis, sin embargo, mostraban algo extraño: hormonalmente, el embarazo parecía tener varios meses más de los que correspondían. Y la incertidumbre no tardó en transformarse en miedo.
Es que un segundo ginecólogo llegó a plantear la posibilidad de una hidrocefalia, de modo que Graciela atravesó los meses siguientes con una panza que crecía hasta dificultarle los movimientos, tres hijos pequeños y una situación social marcada por el comienzo de la dictadura. En su casa se escuchaban bombas y sirenas y había amigos que desaparecían o eran asesinados. “Muchas veces nos metíamos abajo de la mesa. Teníamos miedo”, recuerda.
A los seis meses, el médico de la universidad le indicó que se fuera a su casa porque consideraba que estaba a punto de parir. Como era becaria, no tenía una licencia laboral convencional. Tampoco había preparado nada para recibir a un bebé. Mucho menos para cuatro.
El parto ocurrió el 3 de octubre, justo después de la radiografía que le habilitaron a los siete meses y que mostró tres bebés. Ese mismo día, Graciela y Miguel fueron a comer un asado. Y terminaron en la por entonces Clínica Integral, de 2 y 41. Primero nació Ana Gabriela, con algo más de 1,6 kilo. Diez minutos después llegó Rogelio Martín, con casi 2 kilos; y, a los diez minutos, Ana Laura, con menos de un kilo y medio. Los médicos comenzaron a retirarse, pero Graciela sentía que el parto no había terminado. Entonces nació Juan Francisco.
Los cuatro fueron llevados a incubadoras en la Clínica del Niño. Rogelio recibió el alta a los 15 días; Ana Gabriela y Juan Francisco, al mes. Ana Laura permaneció tres meses internada, “debatiéndome entre la vida y la muerte”, dice, reconstruyendo esa escena que escuchó tantas veces de boca de sus padres.
Mientras tanto, la noticia impactaba fuerte en El Día, pero también en diarios de Salta y Tandil, de donde son oriundos Miguel y Graciela, y en el resto del país.
“Nos enseñaron a leer con esos artículos”, recuerda Ana Laura; “bah, siempre teníamos algo para leer”, agrega enseguida.
NUEVE EN UN DEPARTAMENTO
La vida cotidiana fue bastante menos extraordinaria que el modo en que habían llegado al mundo, aunque no por eso sencilla. La familia vivía en un edificio de diagonal 80 y 3, con dos dormitorios y una habitación de servicio muy pequeña, en la que apenas entraban las camas cuchetas que mandaron a hacer para los cuatrillizos. En ese departamento convivían nueve personas.
El dinero tampoco alcanzaba con facilidad. Miguel tenía un cargo de profesor adjunto con dedicación exclusiva en Farmacia y Bioquímica de la UBA y viajaba todos los días a CABA. Los pañales descartables recién empezaban a aparecer, “pero mi sueldo completo no alcanza para cubrir los pañales de un mes”, apunta. No quedaba más opción que los de tela, con todo el trabajo que ello implicaba, de modo que la crianza se sostuvo con una red de ayuda.
La mamá de Graciela viajaba desde Tandil; una vecina se ofreció a cuidar a los bebés y, más tarde, contrataron a Delfina, una mujer que terminó siendo “como otra integrante de la familia”. Los esperaba para almorzar y los acompañaba hasta que Graciela volvía de trabajar. Para una cena promedio había que cocinar, por ejemplo, tres kilos de milanesas y seis kilos de papas.
La llegada de los cuatrillizos no fue el final de la familia numerosa. Graciela tuvo después a Federico Nicolás (cuando los cuatrillizos tenían tres años), y a Gimena, en 1988, cuando ella tenía 39. En total fueron nueve hermanos. Lo bueno es que para entonces, la familia ya había podido mudarse a una vieja casa chorizo en 15 entre 59 y 60, que compraron con la ayuda de cinco préstamos hipotecarios que el Banco Provincia les otorgó a nombre de distintos parientes, más la venta del departamento y “algunas otras deudas pequeñas”, suma Miguel Angel. En esa misma casa, que fueron adaptando y reconstruyendo de a poco, la familia recibió a este diario.
Mientras tanto, los cuatro crecían con una identidad compartida que no se parecía del todo a la de sus otros hermanos. A los tres años comenzaron a ir a psicólogos y algunos tuvieron dificultades para hablar porque habían desarrollado un lenguaje propio que sólo entendían ellos. También fueron a la fonoaudióloga. Los pediatras recomendaban que no los vistieran iguales, una indicación que apuntaba a ayudarlos a construir individualidades.
“Ser cuatrilliza para mí era lo normal”, dice Ana Gabriela. En segundo grado, cuando iba a la Anexa junto con Rogelio, la llamaron de otro curso para que les contara a unas mellizas de su historia, porque “parece que ellas no estaban muy contentas con eso”, reflexiona.
Si querían el mismo juguete, acordaban turnos. Si uno pedía un par de kickers, la respuesta paterna era “hijo, no es un solo par de zapatos; son nueve”. Compartían baños, mesas, “códigos internos” y horas de juego. Ana Laura recuerda especialmente haber cursado la primaria junto a Juan, en la escuela 8, de diagonal 74, lo que reforzó particularmente su vínculo: “Nos cuidábamos, teníamos secretos”.
Pero el clan no anuló del todo algunas diferencias. De jóvenes tuvieron un bar propio y tres de ellos, Rogelio, Ana Gabriela y Juan, siguen vinculados laboralmente a un emprendimiento gastronómico del que no participa Ana Laura. Ella es empleada administrativa y no le gusta la idea de mezclar “trabajo con familia”, aclara.
Más allá de los matices, el vínculo sigue funcionando como una suerte de red. Desde 2015 tienen su propio grupo de WhatsApp llamado “Los cuatrillizos de La Plata”; han compartido viajes, amigos, convivencia en un mismo departamento siendo jóvenes y anécdotas que los tienen como protagonistas excluyentes, como aquellas incursiones de cada 3 de octubre en tenedores libres chinos que regalaban un almuerzo o cena a quien cumpliera años. “Caíamos los cuatro juntos. Se desmayaron varios…”, dice Rogelio, sin poder contener la risa.
A los 25 años organizaron una fiesta de disfraces para más de 150 personas. El medio siglo los encuentra con planes diferentes: Ana Laura y Ana Gabriela viajarán a España para conocer el pueblo de sus ancestros y celebrar la fecha. Rogelio y Juan bromean con que los “abandonan” para que ellos sigan trabajando, aunque no descartan otra fiesta.
DIEZ NIETOS
Graciela, que es académica y nunca dejó de trabajar, vive hoy en un amplio terreno de Arturo Seguí con sus dos hijos menores (aunque todos en casas distintas) y recuerda aquellos primeros años con una mezcla de distancia y memoria intacta.
Miguel Angel, doctor en Química, especialista en el área nuclear y con reconocimiento internacional, reside actualmente en CABA con su pareja e insiste en recordar a quienes hicieron posible que la familia atravesara aquella primera etapa. Los abuelos, el médico Francisco “Chipo” Ungaro, la vecina que ayudó durante meses y Delfina.
A pesar de los nueve hijos, Graciela y Miguel tienen “sólo” diez nietos y ningún bisnieto. “Es que ya nadie tiene hijos”, apunta él.
Aunque la escena es otra medio siglo después, todos sigan reunidos alrededor de la misma mesa. “Los cuatri” son adultos que construyeron vidas propias y conservaron recuerdos que sólo ellos pueden reconstruir. Ana Laura dice que no sabe qué significa no ser cuatrilliza. Ana Gabriela tampoco. Nacieron juntos, crecieron juntos, se separaron lo suficiente para construir caminos propios y vuelven, cada vez que pueden, al mismo punto.
SUSCRIBITE a esta promo especial